Este texto no es un editorial de presentación: es apenas la crónica de cómo fuimos pensando y construyendo un proyecto que ahora, después de muchos meses de esfuerzo, está en tus manos. A menudo los periodistas creemos que nuestro trabajo acaba cuando ponemos el punto final y enviamos la página a imprenta. Pero lo cierto es que el círculo recién se cierra una vez que los textos dejan ser tales y se convierten en una excusa para el diálogo y para la elaboración de nuevos textos. Leer, escribir, ser leídos y ser escritos: ahí la verdadera comunicación, en el más amplio sentido del término.

Entonces, cuando ese intercambio se materializa, podemos dejar de hablar de círculos cerrados y empezar a pensar en un flujo permanente de ideas y de información. No aspiramos a otra cosa.

Una necesidad

¿Por qué un nuevo periódico? ¿Por qué así, por qué ahora? No hay una única respuesta. Pausa surgió como una necesidad y como tal se nos fue imponiendo. Hay un diagnóstico en el que todos los que hacemos este periódico coincidimos: el vértigo, la inmediatez, las urgencias del periodismo del día a día socavan nuestra capacidad de análisis y atentan contra la profundidad.

Bajar un cambio, parar la pelota, hacer una pausa: hay innumerables figuras del lenguaje que definen el estilo de este periódico y las búsquedas que iremos encarando. La elección de la palabra necesidad no es inocente: eso es lo que Pausa representa para nosotros como profesionales, pero también define el contexto en el que elegimos forjar el proyecto y sacarlo adelante. Este periódico surgió como una necesidad, decíamos, y ahora es una feliz realidad. Pero a la par de esa necesidad íntima, individual y profesional, Pausa también se erige como la respuesta a una necesidad colectiva: un pedido que nunca fue formulado en términos concretos, pero que se puede percibir con solo salir a la vereda. La locura, la velocidad, la gente que habla y no dice nada, los diálogos de sordos y la dificultad de escuchar con atención al otro constituyen el panorama habitual de esta época.

En paralelo, ese vértigo se fue colando en los medios de prensa y día a día somos testigos de cómo se multiplican casi hasta el infinito las noticias y las urgencias. Pero, ¿qué hay detrás de ese afán de decir todo antes, todo más rápido? A menudo, cada vez más a menudo, nos preguntamos nosotros mismos –trabajadores de prensa– por la parte de responsabilidad que nos cabe, que no es poca, en este contexto de sobreabundancia de la información.

Taladrar, machacar, repetir una y mil veces lo mismo, tratar de abarcar el todo sin detenernos en cada una de las partes, ¿no es acaso una forma de desinformar?

El proceso

Estas y otras dudas nos acechan a diario. Como resultado del ejercicio de la autocrítica –y no sólo del esfuerzo del que antes hablamos– surge este periódico. A mediados del año pasado comenzó a tomar forma y en todos los meses que pasaron pulimos detalles, incorporamos ideas, desechamos algunos lugares comunes (es fatal descubrir cómo se nos pegan los peores vicios del oficio, pero es tan satisfactorio descubrirlos a tiempo…), creamos y desechamos secciones y discutimos mucho acerca de cómo abordar los temas que proponemos para la lectura.

El resultado está en tus manos ahora y, creemos, todo ese trabajo previo se nota. Este periódico tiene como objetivo un tratamiento a fondo de una muy variada cantidad de temas que hacen a la época y no sólo a la mera coyuntura. El criterio de edición va a privilegiar siempre la profundidad de ese tratamiento por sobre las urgencias de la agenda mediática. Vamos a aportar a la discusión pública un abanico de voces y miradas distintas y vamos a reflejar, en todos sus matices y con el mayor rigor posible, ese “ente inabarcable que es la realidad” (la definición, que hacemos propia, es de Claudio Chiuchquievich).

No nos propusimos algo imposible, pero sí novedoso. Con la edición de este primer número, inauguramos un segmento en medios, inexplorado hasta el momento: un periódico semanal que atienda tanto la coyuntura urgente como aquellos otros temas que no son tratados en profundidad en las publicaciones diarias.

El impulso

El diálogo tuvo lugar en la casa donde editamos Pausa. Uno de nuestros colaboradores cavilaba sobre la viabilidad del proyecto; estábamos haciendo números, especulábamos sobre los costos, quitábamos y agregábamos pliegos y volvíamos a calcular las posibilidades reales no sólo de poder sacar el periódico, sino de sostenerlo en el tiempo.

Entonces, el periodista en cuestión le descerrajó al editor:

—No hay caso. De vos se puede decir lo que dijo Bianchi sobre Palermo: sos un optimista del gol.

Acto seguido, juntó las anotaciones y partió a producir el material de base que luego iba transformarse en algunas de las notas que vas a leer en los próximos números.

¿Hay algo de ese optimismo palermiano (o palermista) en todo esto? Claro que sí. Pero también hay la certeza de que el proyecto se va a sostener y va a crecer a medida que pase el tiempo. Hacer periodismo gráfico no es barato; la proliferación de los medios digitales es una prueba cabal. El papel es un soporte cada vez más caro, pero la verdad es que no hay satisfacción mayor que poner sobre ese papel el torrente de ideas que nos brota en forma permanente.

La palabra impresa tiene un valor superior al de la palabra dicha: es inalterable. Esta circunstancia nos pone ante la feliz obligación de pensar mucho antes de escribir porque, obviamente, a ninguno de nosotros nos gustaría toparnos en el futuro con una nota vieja y tener que decir:

—¡Qué porquería! ¡Cómo puede ser que haya escrito esto!

Nos mueve eso: el impulso de dejar un testimonio de la época.

Lo que no somos

Una regla no escrita pero harto conocida dice que no es elegante definirse a uno mismo desde la negativa. Pero vamos a hacer una excepción.

Está muy instalada la idea de que el periodismo es un apéndice del poder. Sobre esa premisa falsa se erigen y se reproducen a diario una innumerable cantidad de prácticas, de vicios y de facilismos cuya única consecuencia –o cuya consecuencia más notoria– es el descrédito que, cada vez con mayor intensidad, acecha al periodismo.

En la jerga periodística se habla de pegar cuando se hace una crítica y el verbo trepa a matar cuando esa crítica es más dura de lo habitual. Este periódico no pega, ni mata: sólo pone al alcance del lector algunas informaciones que, pensamos, pueden ser de interés público. Los espacios de opinión (y esto ya lo habrás advertido) están debidamente señalados. Este periódico no busca pensar por el lector; busca algo mucho más modesto o complejo, según como se lo mire: ayudar a que cada uno piense por su propia cuenta.

En la jerga también se habla de amigos y enemigos, para referir simpatías políticas o compromisos en los que se mezclan (para desventura de los lectores) la opinión editorial y los modos en que el medio financia su actividad. Puesta la cosa en esos términos, hemos que decir que este periódico no tiene amigos ni enemigos. Es un medio de comunicación. Ni más ni menos. Todas las personas, los grupos sociales, los sectores políticos son a la vez objeto y fuente de la información. La relación vamos a mantener con ellos será siempre de distancia profesional.

Definición

Enumerado lo que no somos, es tiempo de decir hacia dónde apuntamos. Hay dos conceptos que deberían ser la máxima aspiración de cualquier profesional de la comunicación: ser creíbles y ser serios. Pausa nació bajo ese signo y con esos objetivos.

Oscar Wilde se mofaba de los diarios de su época, pero advertía que el amarillismo en ciernes era un manotazo de ahogado de la industria periodística cuyo único objeto era lograr lectores-compradores. Si la realidad es aburrida, entones ¿quién va a querer leerla?, razonaba el escritor inglés.

Casi un siglo más tarde el uruguayo Eduardo Galeano retomó y reformuló la idea: la realidad es muy rica, decía, pero el desdén con el que se la aborda acaba por convertir todo hecho curioso en una noticia aburrida y todo proceso importante en un libro aburrido. Así, el aburrimiento cumple la doble función de desalentar la búsqueda del conocimiento y opera como elemento legitimador del actual orden de las cosas. Cada vez que alguien cree estar seguro de que el tedio es el único precio a pagar por la profundidad, esa faena está cumplida.

Pausa es un periódico serio, pero no aburrido. Y –aunque esto convenga ejercitarlo antes que declamarlo– también es un periódico creíble.

Contra lo que piensen los popes de muchos otros medios, la credibilidad es un capital que el lector reconoce y valora. En el primer mundo (o al menos en una parte de él) el asunto está blanqueado: hay publicaciones que se definen partidarias de un sector determinado, otras que buscan el impacto inmediato y la venta a gran escala (y por tanto reniegan de cualquier tipo de seriedad) y el resto se inscribe en el siempre difícil de delimitar terreno de la independencia.

A principios de año, el director de un diario español dijo a un colega porteño que ser independiente resulta caro, porque supone por un lado el rechazo de todo tipo de prebenda y, por el otro, la necesidad permanente de solventar los costos de funcionamiento y de capacitación (que bien vista no es un costo sino una inversión).

Hace dos años (no tenemos a mano el dato, y poco importa), el responsable de un periódico estadounidense dijo en una charla para periodistas (fue en Rosario) que la credibilidad vende. “La credibilidad también es un buen negocio”, fueron sus palabras. Es cierto: por ese camino todo se hace más difícil, más largo… pero igual lo vamos a seguir eligiendo, una, dos y mil veces.

Porque, hay que decirlo, no hay mayor placer que acostarse cada noche con la conciencia tranquila y con la certeza de que no estamos vendiendo basura.

Publicado en Pausa #1, viernes 16 de mayo de 2008

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