El final es donde partí

Adelita llevó a los viajeros hasta San Miguel, en la selva
de Chiapas. Las historias de un lugar en el mundo poblado de niños, rituales,
viejos relatos, licores y huellas del zapatismo.
Por Pato Che
San Miguel, un ejido indígena enclavado en la selva
chiapaneca, es nuestro pequeño escondite del mundo. Allí regresamos, después de
la primera parada del proyecto Polo a Polo, en la Aldea Infantil SOS
de Comitán.
Tras surcar la meseta comiteca-tojolabal, pasamos junto a
Altamirano, una de las cinco ciudades tomadas por los zapatistas en 1994, y
donde el 21 de diciembre de 2012 miles de encapuchados volvieron a marchar, en
silencio, sin armas, anunciando el despertar de una nueva era maya.
Al acercarnos a la región tzeltal de Ocosingo, piso con
ganas el acelerador, intentando dejar atrás el recuerdo de la vez en que
Adelita, nuestra combi, fue vilmente saqueada. Atrás quedan Los Altos de
Chiapas. Es hora de poner punto muerto y que la gravedad nos deposite en tierra
ch’ol.
Los techos de chapa de las casitas de San Miguel se asoman
sobre el telón de la selva grande. Adelita desciende por la entrada principal
del pueblo y pasa por la flamante cancha de básquet, que según el gobierno
costó 4 millones de pesos mexicanos (sí, claro). Los jugadores reconocen “la
combi del gringo” y la noticia vuela hasta la casa de los Ortiz, donde nos
esperan el Ruco (viejo, en mexicano), Crucita, la Xuxu (abuelita en ch’ol) y
los niños, “nuestros niños”.
Chai reconoce el lugar y salta por la ventanilla. Llegamos a
casa, una vez más, antes de partir hacia Alaska.
Los orígenes
Del equipo de Polo a Polo, la Beba y el Mihi fueron los
primeros en visitar San Miguel, allá por 1996, cuando aun retumbaban los ecos
del levantamiento zapatista y prevalecía el espíritu de autonomía entre el
campesinado. De aquella resistencia, apenas queda un letrero despintado que
reza: “aquí el pueblo manda y el gobierno obedece”.
Pero la verdadera magia de San Miguel la descubrimos en
otras cosas: al calor del fogón que arropa a la familia Ortiz, y gracias a
Martín, quien pasó más de veinticinco años en la selva de cemento, cuidando a
los hermanos Mihit.
Cuando aun no era el Ruco, el destino llevó a Martín hacia
el desierto del norte de México, junto “la tía Mary”, quien en su juventud fue
trabajadora social en Chiapas. Empezó como monja, pero al no encontrar a dios
en este rincón olvidado del mundo, cambió los hábitos por la formación social.
En 2007, el Ruco decidió volver a sus raíces, así que las
visitas de los Mihit al ejido se hicieron más frecuentes. Y mucho más desde que
el equipo escogió San Cristóbal de las Casas como base de operaciones.
En los últimos años, muchos viajeros nos han acompañado a la
casa de los Ortiz, y aunque sean mexicanos, españoles, italianos,
estadounidenses, finlandeses o croatas, siguen siendo simples “gringos” para la
gente del pueblo.
Uno de esos viajeros fue el argentino que escribe esta
crónica. En su primera visita fue bautizado como “Pato Che” por un grupo de
niños que se amotinaba junto a su guitarra, esperando el anochecer para que le
diera vida al “Señor Coco”. “Che”, por su origen y quizás por la barba. “Pato”,
por lo gracioso, aunque también le sienta eso de “a cada paso una cagada”.
Muchos de esos niños ya han crecido y se avergüenzan de
participar en los juegos, pero siguen conservado un alma pura, que es la más
grande inspiración de este sueño que viaja en cuatro ruedas.
A contrarreloj
Como sabemos que pasará un largo tiempo antes de volver,
decidimos llevar los niños al río. “El de Roberto Barrios está bonito”, dice
alguien, y antes de que acabe la frase, la horda infantil ya está subida a
Adelita.
Cuento a Rosi, Yeni, Cristian, “Papi”, Rubí, Iris, Ingrid,
Karina, Mildrett, Hugito y Sandrita. Faltan algunos “grandes” y Erika, que está
en Cancún, ayudando a su hermana. La Riviera Maya es el escape predilecto para los
chiapanecos que buscan una vida mejor. Pero no tardan mucho antes de dar con la
cara en la realidad.
El vocho (escarabajo) de Mihi, que también va hacinado, le
marca el camino a Adelita. Miguel Ángel, proveniente de una de las últimas
familias en resistencia, conoce el camino, porque en la zona hay un caracol de
información zapatista.
Al llegar al riachuelo, el Ruco bocifera desesperadas
medidas preventivas, sin éxito: los niños ya están en cuero y tienen medio
cuerpo sumergido en el agua cristalina. Se desata la guerra de agua y Chai huye
despavorida, mientras “Papi”, Manuel y Ángel usan botellas de plástico para
atrapar la cena: langostinos y cangrejos.
El atardecer corona una tarde perfecta. Es el mejor momento
para que los chicos suban al techo de Adelita y manden un saludo con motivo del
Día del Niño a los peques latinos de Gran Rapids, Michigan, a través de una
estación de radio amiga.
En el camino de vuelta, los rostros dormidos nos provocan
una mezcla de sensaciones, ya que no sabemos muy bien cuándo volveremos a
compartir un día mágico con ellos.
A la mañana siguiente, Rosi, “Papi” y Juanito le piden a
Roberto que cuelgue la tela del árbol de tamarindo y el patio de María se
convierte en escenario de un show acrobático. José Andrés, “Niño”, no está
interesado en subirse, así que se dedica a esparcir el terror con la máscara de
Anonymous que al Pato Che le regalaron en una manifestación en Londres.
Adiós temporal
A sabiendas de que las lágrimas corren como río en las
despedidas, el Pato Che se apresta a adelantarse a Villahermosa, donde un amigo
ha prometido rotular a Adelita. Ni siquiera el Ruco, el más fuerte y gruñón de
todos, puede ocultar su tristeza.
A escondidas, Crucita prepara un altar con veladoras y
flores silvestres para los viajeros. Luisa sacrifica pavos para el caldo,
mientras los niños llegan ofreciendo naranjas, tamarindos y dulces, y las
mujeres apilan un cerro de tortillas. El clan está reunido.
El l’embal (licor de caña) toca la Pachamama y luego
comienza su periplo de boca en boca. De repente, aparece Armando, el catequista
del pueblo, quien también es el más rico, pues su tienda “El buen samaritano”
es el Wal-Mart del ejido (pero sin “precios bajos”, todo lo contrario).
El Ruco sabe de nuestra aversión a la religión, pero apuesta
a que no despreciaremos el gesto de la
Xuxu. “Esta vez, sí te persignas, hija”, le dice la abuelita
a Emma. Hasta Roberto, quien de manera abierta ha cuestionado la economía
religiosa local, se sienta a escuchar el ritual en ch’ol, que mezcla lo
católico y lo indígena.
Todos oran voz alta, pero cada uno su propia plegaria, lo
que genera un trance casi hipnótico. Luego extienden sus manos sobre las
cabezas de los agasajados y la energía fluye como el agua. Besos y lágrimas
llueven a la hora de la paz. La pureza con la que le imploran a dios que nos
anticipe un buen camino, y la fuerza de sus intenciones, conmueven al más ateo.
Hay quienes dicen que uno sabe que encontró su lugar en el
mundo, cuando ya no lo puede abandonar, pero quizás también sea cuando se tiene
la certeza de volver. Y así es San Miguel para nosotros, donde la Xuxu y el Ruco todavía tienen
muchas más historias que contarnos.
En unos años, cuando esta travesía haya llegado a los
confines del continente, el ejido volverá a ser el punto de retorno y allí
edificaremos el “circo de la selva”. Y si, como dice el himno rengo, “el final es
donde partí”, entonces ya sabemos muy bien hacia donde sopla nuestro viento.
Publicada en Pausa #122, miércoles 25 de septiembre de 2013

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