Salarios e inflación. Pocos temas son más ríspidos y debatidos.

Propuesta de lectura: bajo el primer subtítulo, encontrará una serie de argumentos que son el meollo del este texto, y que se resuelven en pocas líneas. Luego, encontrará otros subtítulos que sirven de aclaración, con explicaciones y desarrollos claros y extendidos. Si considera que la cuestión es árida, vaya hasta la imagen de un jamón cocido y arranque a leer a partir de “Rudimentos”, y luego vuelva al comienzo. Sino, amárguese rápidamente.

Comprarás menos y serás baratito

Esa es la fórmula gubernamental para parar la inflación.

El anuncio de campaña de quita del cepo, más la devaluación en sí misma –encima, las cerealeras siguen presionando para que el dólar esté más alto– tuvieron dos efectos inmediatos: un fuerte brote inflacionario en noviembre y diciembre, que continúa en enero y seguirá en febrero con la misma virulencia, y el inmediato abaratamiento de los salarios medidos en dólares.

La promesa nunca dicha de bajar los costos laborales es la primera que cumplió el macrismo: para las empresas extranjeras ahora tu sueldo sale chaucha y palito. El segundo elemento que necesitan estas empresas para volver a ponerle más pornografía al enfieste al que nos someten es la reducción a cero de la inflación. Con precios estables es más fácil tanto evitar los aumentos de salarios como obtener mayores beneficios en las diversas bicicletas financieras que ofrece el Banco Central, que ya no obliga más a los capitales externos a dejar por un año un 30% de lo que vienen a especular.

Cambiemos va a bajar la inflación sacando el dinero de tu bolsillo. Suena muy Bu! decirlo, pero bueno, es así. Tanto como era cierto el hecho de que sacar el cepo significaba devaluar, y que una devaluación siempre trae inflación. Y que una devaluación en shock no es igual que una gradual. Y que un shock combinado con quita de retenciones casi es un knock out.

¿Cómo van a sacar dinero de tu bolsillo? Es fácil: en las próximas paritarias, que ya se van a largar en febrero, los aumentos salariales van a estar muy, muy, pero muy por debajo de la inflación de 2015. No sólo no vamos a recomponer capacidad de compra: vamos a perder. Y lo vamos a notar. Y vamos a seguir perdiendo en 2016. Entonces, como la demanda va a bajar, los precios de a poquito irán calmando su aumento. Baja la demanda, se abarata la oferta ¿Viste qué fácil y rápido se equilibra el mercado cuando la variable es tu billetera?

Tres herramientas utilizará el gobierno para planchar las paritarias: la emergencia estadística, el ajuste y, aunque suene paradójico, el aumento de las tarifas de los servicios públicos.

Empecemos por el último. El aumento de tarifas impactará, sobre todo, en el área metropolitana de Buenos Aires. En su primer golpe, disparará la inflación. En ese territorio se sentirá directamente por los aumentos, que serán feroces. En el resto de país se notará, por ejemplo, en el precio de las manufacturas que se elaboran en Buenos Aires: se trasladarán los costos. Pero, a la larga, el impacto será otro. Los bonaerenses utilizarán menos dinero en el almacén porque ocuparán más dinero en pagar la luz. Eso resta al mercado interno y traslada fondos a las grandes empresas de servicios.

La emergencia estadística tiene que ver con las expectativas. Los medios de comunicación y los funcionarios vienen señalando que la inflación del año que se va se mueve cerca del 28%, el máximo líder gremial, Hugo Moyano, también. Jorge Todesca, el titular del Indec, habla de una inflación de 23% al 24%, mientras que el ministro de Hacienda Prat Gay la sitúa en un 30%. Ajá. Dos corolarios: o Kicillof llevó adelante en 2015 la política anti inflacionaria más exitosa de la historia nacional –lo suficiente como para que la inflación antes de noviembre haya sido de un 15% aproximadamente– o el gobierno ingresante miente más que el Indec de Moreno. ¡Esas cifras de la inflación del 30% eran las que se utilizaban en plena campaña, antes de que el kilo de asado se fuera arriba de los 150 pesos! ¡Y ya las paritarias de 2015 cerraron en el 27%! Como sea: al no haber más cifra oficial de inflación, las paritarias se harán a ojímetro, como se venía haciendo desde 2007 para acá. El tema es cómo los guarismos de los medios, de Moyano, de Todesca y de Prat Gay dan la pauta de máxima. Y todos cantan lo mismo: de 30% para abajo.

La segunda herramienta está curso. Los despidos en el Estado se dan en todas las áreas: desde los recortes en el Senado propiciados por la vicepresidenta Gabriela Michetti hasta el achicamiento en distritos municipales, como los mil echados por el chef Martiniano Molina en Quilmes, pasando por lo que se agita en los ministerios. (Los empleados públicos de Santa Fe adherentes a la ola amarilla… ¿se imaginan adónde tendrían las manos ahora si hubiera ganado Miguel Del Sel?).

En los 90, estos recortes se efectuaron mediante la venta de las empresas públicas. La nueva modalidad, mucho más moderna, se fundamenta en el supuesto criterio de eficiencia que traen de por sí la horda de CEOs que han desembarcado en el Estado. ¿Cuál es ese criterio? Todo empleado público será declarado ñoqui hasta que se demuestre lo contrario.

El método es completamente policial. En la gestión privada tiene un fundamento: el mando económico capitalista es, por definición, despótico (hasta en la etimología: economía viene del oikos griego, casa o espacio privado; déspota era en Roma el dueño de la casa). Las leyes laborales son, justamente, el sedimento del esfuerzo histórico acumulado del movimiento obrero –donde acumulación significa movilizaciones, represión y sangre– para ponerle coto al mando del capital. Pues bien: el gobierno del Estado, lo público, por medio de un decreto –ya da costumbre esto de los decretos, ¿no?– demanda la revisión de todos los concursos en todo el Estado efectuados durante los últimos dos años y de todos los contratos de los últimos tres años.

El procedimiento no tiene antecedentes. Todos los trabajadores incorporados en los últimos años son sospechosos. Es pasmosa la pasividad con la que los gremios han tomado esta decisión del ministro de Modernización Andrés Ibarra. El Estado ha declarado abiertamente una situación de excepción en las leyes laborales.

¿Qué no hay ñoquis en el Estado? Está lleno. El sector privado no deja de tener los suyos. ¿O nadie se tiene que aguantar al hijito o el amigote del dueño? El punto es: se detecta una razón fehaciente de despido y se obra en consecuencia. ¡El mero hecho de haber entrado a trabajar en el Estado en los últimos años no es causal suficiente!

Sólo en este marco cobra real dimensión la sonada declaración del ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay: “Cada sindicato sabrá hasta qué punto puede arriesgar salarios a cambio de empleos”.  La apretada es real. El mismo ministro de Hacienda le está diciendo a los empresarios que saquen el rebenque, que el Estado los avala.

En resumen: el verdadero objetivo de todas estas amenazas no sólo es el ajuste, es la paritaria que se avecina.

Pero no termina acá.

[quote_box_right]Las leyes laborales son, justamente, el sedimento del esfuerzo histórico acumulado del movimiento obrero –donde acumulación significa movilizaciones, represión y sangre– para ponerle coto al mando del capital.[/quote_box_right]Prat Gay también señaló que prevé una inflación del 25% para el 2016. Esa será la cifra que buscarán sellar para las paritarias porque ahora el procedimiento de negociación será al revés. Antes el Estado buscaba recomponer lo perdido por inflación y estirar un poco más. Durante algunos meses el salario real crecía, hasta que la inflación lo alcanzaba y sobrepasaba. Ahora, el gobierno dirá cuál será la cifra de inflación del año que vendrá (¿?) porque así de capos son los CEOs (¡!) y entonces los trabajadores cerrarán paritaria alrededor de esa cifra, pues de ese monto serán los futuros aumentos. Y si no te gusta te vas, tosco y gordo ñoqui negro. Acuerdo social le llamarán a ese procedimiento.

Si todo sale bien, Prat Gay predecirá en el 2017 una inflación aún más baja, por lo que la paritaria será aún menor. Entonces, de a poquito, año tras año, el salario real caerá sin detenerse mientras la inflación, al mismo tiempo irá bajando.

(Bonus track: el consumo en el mercado interno es el motor de la mayor porción de fuentes de trabajo de nuestra economía, sobre todo en la pequeña y mediana empresa. El achicamiento del mercado interno para enfriar los precios y bajar la inflación producirá quiebre de empresas y, con ello, más desempleo. Y ni siquiera versamos sobre el impacto de la apertura de importaciones. Más gente sin trabajo equivale a menos consumo y, por ende, menos inflación)

El cuento termina así: si tenés trabajo y cobrás un salario, en 2019 vos estás parado delante de la góndola de la fiambrería y comentás con una jubilada el logro del gobierno, que bajó la inflación a menos del 5%. “Además aumentó mucho la inversión extranjera”, decís, porque sos un tipo muy informado. Después te acordás de que hace cinco años comprabas jamón natural, después bajaste al jamón cocido, después a la paleta y ahora comprás algunos gramos de una pastosa infamia con el honesto y lacónico rótulo de “fiambre de cerdo”. Sin notar que la vieja se aleja sin meter siquiera un pedazo del queso cremoso que sabe a papa y plástico en la canasta, pensás que la culpa es tuya, porque los precios son estables y todo está marchando de maravillas, dicen. Menos vos.

Ni siquiera es jamón natural, es jamón cocido.
Ni siquiera es jamón natural, es jamón cocido.
Rudimentos

Todos los que cobramos salarios, cobramos diferentes montos. Existe un salario que funciona como un piso, que es el salario mínimo, vital y móvil (SMVM). Se llama así porque ese límite varía y porque indica cuánto es necesario meter en el bolsillo como para sobrevivir. También existen referencias, promedios, que se calculan tomando todas las diferencias salariales y agrupándolas. Así se sabe cuánto cobra en promedio un trabajador registrado (en blanco) y uno no registrado (en negro) y cuál es el promedio general de los que cobramos salarios.

Estas cifras son difíciles de adulterar. No se trata sólo de una encuesta (como las cifras que corresponden al nivel de empleo o a la inflación) sino que hay referencias como los Convenios Colectivos de Trabajo (CCT). Entre otras cuestiones, como la seguridad laboral, las vacaciones u otras prestaciones, los CCT se actualizan todos los años –desde hace 12 años, ya que durante el menemismo se habían suspendido– para establecer cuáles son los salarios de cada sector. Esas son las paritarias. Los gremios se sientan a la mesa con el Estado y de la negociación resulta el aumento salarial. Entonces, el CCT es una sólida referencia sobre cuánto se cobra.

En 2014, el salario promedio de todos los trabajadores fue de $6858, mientras que los que  estaban en blanco alcanzaban $12.124. Por otro lado, entre 2003 y 2015 el SMVM aumentó 2930%. Subió de 200 pesos a 6.060 pesos. Aun con estos datos duros, de fundamento sólido, usted tiene el derecho a bramar por la inflación, porque usted sabe que su capacidad adquisitiva no creció casi 30 veces en 12 años.

Quizá no lo sepa, pero la inflación siempre, en cualquier lugar del mundo, tiene el mismo valor: 5%. O es de 3%. O es de 4%. ¿Qué significa esta sandez? Que el problema no es la cifra, sino la velocidad. Dicho de otro modo: la inflación siempre es del 5%, pero una cosa es si es del 5% anual, mensual o diario.

Es importante tener en claro el temita de la inflación porque de ella depende el salario real. El salario real es la diferencia entre el porcentaje en que aumentan los salarios y el porcentaje en que aumenta la inflación.

Desde la intervención del Indec los datos sobre la inflación se volvieron mucho más disparatados que antes. Recordemos: siempre marcaron cifras muy por debajo de lo que uno parecía sufrir más o menos. Cada uno tiene sus propias medidas. El fiambre es una medida adecuada: si usted pasó de la paleta al jamón cocido, o del jamón cocido al jamón natural, es porque su salario real aumentó. Y viceversa.

[quote_box_right] El problema no es la cifra, sino la velocidad. Dicho de otro modo: la inflación siempre es del 5%, pero una cosa es si es del 5% anual, mensual o diario.[/quote_box_right]La primera gran escalada inflacionaria fue durante el lock out patronal agrario en 2008. En el debate por la Resolución 125 hubo un conato de desabastecimiento –de mayor impacto en Capital Federal– que los comerciantes mayoristas y supermercadistas, molineros y aceiteros también, aprovecharon para convertir lo que venía siendo una inflación de un dígito en una inflación de dos dígitos anuales, que nunca se pudo bajar. En enero de 2014, el ministro de Economía Axel Kicillof devaluó en un 22% la moneda y ahí tuvimos un segundo brote de inflación (es decir: la inflación se aceleró, tomó más velocidad). Al final del año, de enero de 2014 a enero de 2015, la devaluación fue de un 32% en total.

¿Por qué una devaluación impacta en la inflación? Porque muchos bienes que se venden en el mercado interno también se venden al exterior, se exportan. Entonces un vendedor de trigo, por ejemplo, aumenta el precio a nivel local para equiparar lo que ganaría a nivel internacional. Con la carne pasa lo mismo. Con cualquier cosa que se exporte.

[quote_box_left]Todos los que cobramos salarios, cobramos diferentes montos. Existe un salario que funciona como un piso, que es el salario mínimo, vital y móvil (SMVM). Se llama así porque ese límite varía y porque indica cuánto es necesario meter en el bolsillo como para sobrevivir. También existen referencias, promedios, que se calculan tomando todas las diferencias salariales y agrupándolas.[/quote_box_left]Un dato interesante: en diciembre de 2014 La Nación señaló que la inflación de ese año rondó el 40% anual. ¡Un montón! Ahora La Nación no dice lo mismo, dice que la inflación del año que se fue ronda el 27%. Y eso que la devaluación de Cambiemos fue de un saque, de un día para el otro, y superior al 35% (la de Kicillof fue de 22% en un mes y 32% en el año). Y que se le sacaron las retenciones a todos los productos, por lo que todavía tiene más impacto en los precios. Y que estábamos sumidos en una horrenda espiral de descontrol inflacionario. Así y todo, en 2014, con menos devaluación, parece que hubo más inflación que en 2015, con una brutal devaluación con quita de retenciones, algo sin antecedentes.

Queda un último dato. A falta de medición confiable del Indec, surgieron múltiples alternativas para medir el aumento de los precios. Una de ellas, la mejor para quien suscribe, se dio en llamar IPC 9 provincias. ¿En qué consistía? En la medición de los precios que hacían los institutos de estadísticas provinciales no afectados por la intervención.

¿Ya paró de gritar por el tema del aumento del 2930% del SMVM? Bueno. El punto es que si se comparan los aumentos nominales del salario con el aumento de la inflación (según esa medición alternativa), en los últimos 12 años el SMVM real –el salario real– aumentó cerca de un 300%. Es decir: la capacidad de compra se triplicó.

¿Otra vez gritando?

Oiga, relájese. Recuerde su historia personal con el consumo de fiambres en la última década. O si se fue de vacaciones o si compró electrodomésticos. Piense cuántos comedores y restoranes había en barrio Candioti a comienzos del milenio. Y piense en cómo, pese a que aumentaron en número hasta la letanía –aburre ya la repetición de tablitas de milanesa cortada–, los tradicionales patios cerveceros como El Parque siguen tapados de comensales.

Quizá trabajó siempre en negro, quizá trabaja como monotributista, esa aberración impositiva y laboral que creó el menemismo y que nunca se modificó. En ese caso es probable que usted ahora este leyendo con muchísima desconfianza este texto. Y que tenga razón.

Sin embargo, recuerde cómo entre febrero y mayo se discutían, cada año, las paritarias. ¿Por qué? Porque en esas discusiones se ponía en juego el monto real de la inflación. El Indec daba sus cifras increíbles, pero en las paritarias los gremios decían si el sueldo aumentaba 20%, 25% o 30%, y de qué modo se daban esos aumentos. El Estado siempre tiraba un poco más abajo, pero la conflictividad nunca –jamás– llegó a un paro mayor en demanda de aumentos salariales. De hecho: el reclamo que más movilizó a los gremios en los últimos años fue el de la quita del impuesto a las ganancias, que recae sobre la crema de los trabajadores en blanco.

Con la clara excepción de 2014 –el año de la devaluación de Kicillof– prácticamente todos los años en que se celebraron paritarias hubo aumentos de salario real. El porcentaje de aumento de bolsillo superó al porcentaje de aumento de góndola, en un año.

Un detalle sobre la percepción: los precios crecen de manera continuada, mientras que el salario pega saltos de una o dos veces al año. Piense en una escalera en la cual pueden subir dos personas. Una persona se llama salario, la otra inflación. En un marzo, inflación sube un escalón, salarios ninguno. En abril, inflación sube dos escalones más, salarios ninguno. En mayo, inflación saca otro escalón de ventaja. Entonces, entre marzo y mayo, los salarios perdieron –en términos reales– respecto de la inflación. Pero en junio ¡llega el aumento salarial! Inflación sube un escalón más (ya va cinco en total respecto de marzo), pero salarios ¡sube ocho escalones de un saque y queda tres escalones arriba!

[quote_box_right]Prácticamente todos los años en que se celebraron paritarias hubo aumentos de salario real. El porcentaje de aumento de bolsillo superó al porcentaje de aumento de góndola, en un año.[/quote_box_right]¿Qué significa esta historia? Que entre un aumento salarial y el otro, el trabajador pierde salario real. Y que con el aumento, recompone y queda un poco más arriba, gana salario real (si lo negociado en el CCT es en su favor. Los docentes universitarios en 2014, por ejemplo, quedaron muy para atrás). Por eso hay partes del año más duras que otras. La capacidad de compra de un asalariado sube y baja –en términos relativos– a lo largo del año. Y en períodos más largos de tiempo, en algunos años se pierde (2014) y en otros se gana. En los últimos 12 años, comparando cifras confiables, el salario real creció. Y mucho. Se haga la comparación con cualquier indicador: con la inflación del Indec da un aumento que sabemos que no es real. Pero también da aumento real comparado con el IPC 9 provincias. ¡Y hasta da aumento comparado con la inflación del Congreso!

¡Pero no se aguanta!

Las percepciones juegan un rol importante en la economía. Ver todos los días cómo aumentan los precios en el super genera un aluvión de conversaciones. En los últimos años, sobre todo, la charla de cola de almacén es una constante. Varias veces a la semana se habla acerca del tema. Se instala, agobia, quema la cabeza mucho más allá de que en términos reales vivamos mejor o igual que hace un año, o cinco o quince. Para el caso, esa mejora se vive como un éxito individual, ya que cada uno desarrolla sus propias estrategias para superar los aumentos de precios. Pero, en verdad, eso que se vive como un logro personal es, más que nada, el resultado de una política pública y un esfuerzo colectivo: sostener las paritarias.

Con la desocupación sucede exactamente lo opuesto. Es lo que no se comenta con nadie. ¿Acaso le contás a todo el mundo que, de todos los compañeros de tu oficina, justo a vos te dejaron en la calle? La inflación irrita públicamente, el desempleo avergüenza en lo privado. Seis años se demoró, en la década del 90, la organización más o menos estructurada de los desocupados, pese a que eran públicas las olas de despidos. Con la excepción de la Asociación de Trabajadores del Estado, los gremios más institucionalizados no los incorporaron ni representaron de ningún modo. Carecían de herramientas para saber qué hacer con ese sujeto que ya no es un empleado, pero que antes lo era.

Ya incorporamos al desempleo –más bien, a la ocupación y el empleo– que es el último elemento que faltaba. Se habló de inflación, de salarios, de tipo de cambio (eso es el precio de la moneda en relación a otras monedas: devaluar significa que nuestra moneda se abarata respecto de otras).

Una última cuestión: si la inflación y el salario –y el salario real– crecen por encima del precio de dólar, tenemos un crecimiento del salario real en dólares. Eso quiere decir que, en un determinado período de tiempo, podemos comprar más dólares que antes. Y que los bienes y servicios son más caros en dólares que antes.

Eso hace que nuestros salarios –que nuestro país– sea más caro para las empresas extranjeras. Y ahora sí, la explicación está completa.

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