El ñoqui militante es la versión nueva de la subversión apátrida. Ante un Congreso impotente y mudo, el macrismo avanza haciendo de sus decisiones políticas la ley misma, amparando su estado de excepción en la "emergencia" generalizada. 

Durante los últimos cuatro años, después de que el Grupo A en el Congreso, entre 2009 y 2011, actuara como sistemático levantamanos opositor –mucho más organizado y compacto que el propio oficialismo, aunque torpe e ineficaz en sus fines–, poco a poco se sedimentaron tres términos para identificarse en la vereda opuesta del gobierno, o diktadura: diálogo, consenso, república.

Hoy esa oposición triunfó. En lugar de llamar a sesiones extraordinarias de las Cámaras, el presidente decidió gobernar amparado en los decretos de necesidad y urgencia. La facultad la enmarca la Constitución Nacional, sus límites también. Pero el derecho es cosa de los hombres y del lenguaje y, por lo tanto, del malentendido y la confusión. En un tono más realista: de la fuerza y la violencia.

El punto es que no existe el consenso así como un prístino encuentro “sí señor”, “no señor”, “muy bien señor”, “muchas gracias, señor”. Toda relación social es asimétrica, así que uno empuja hasta donde puede, el otro también, y el más fuerte establece condiciones. Cuando un acuerdo luce como un hermoso cuadro de armonía hay que buscar quién está apuntando con qué fierro en la nuca de quién.

(Si Ítalo Argentino Luder hubiera triunfado en 1983, la continuidad jurídica de la dictadura hubiera sido diferente y ahora estaríamos discutiendo, en términos ya históricos, cómo hicimos para vivir con la autoamnistía que los militares se habían aplicado a sí mismos, antes de dejar el poder. En Chile ese fue el caso: Pinochet ocupó en el Estado democrático una función puramente monárquica. El jefe de la dictadura fue senador de por vida. A la inversa, cuatro años después, en 1987, delante de una plaza colmada de manifestantes en su favor y con todo, todo el arco político detrás suyo –un hermoso cuadro de armonía–, Alfonsín dice “La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Le pido al pueblo que ha ingresado a la Plaza de Mayo que vuelva a sus casas a besar a sus hijos y a celebrar las Pascuas en paz en la Argentina” y después con la Obediencia Debida y el Punto Final –esa es la parte donde hay que mirar quién está apuntando a quién con qué fierro– derrumba todo el edificio de Justicia que había armado desde que en las urnas la mayoría eligiera su boleta).

Los bobos y la emergencia

Así como el kirchnerismo bobo fue una insoportable forma de concebir la política como una frívola fiesta de groupies que se movía al compás inefable de la música cristinista, el republicanismo bobo es la adormecida manera de creer que el Estado existe fuera de las relaciones económicas. Usemos palabras tabú: para el republicano bobo el capitalismo no existe y las instituciones flotan en un mar de bondad y transparentes intenciones.

Una biblioteca del derecho avalará las prácticas del macrismo, otra biblioteca las repudiará. El triunfo de una de las dos bibliotecas –de las fuerzas que sostengan a cada biblioteca– será la consecuencia del resultado político de esta avanzada de las fuerzas desnudas del mercado sobre lo público.

[quote_box_left]No existe el consenso así como un prístino encuentro “sí señor”, “no señor”, “muy bien señor”, “muchas gracias, señor”. Toda relación social es asimétrica, así que uno empuja hasta donde puede, el otro también, y el más fuerte establece condiciones.

Cuando un acuerdo luce como un hermoso cuadro de armonía hay que buscar quién está apuntando con qué fierro en la nuca de quién.[/quote_box_left] Fuerzas desnudas: el Estado es siempre la sede de las disputas de los poderes reales. Pero una cosa es esa disputa cuando el Estado se postula como un actor más interviniendo, otra cuando se postula como el principal, otra cuando se implanta como el único y otra cuando se disuelve hasta en el nivel mismo de los cuerpos. Prácticamente no hay un solo funcionario macrista que no sea un ejecutivo de empresa. Es más: un ejecutivo sentado en el rol público encargado de su sector económico de proveniencia. ¿Quién aprobó las semillas transgénicas de Monsanto en el mundo, es decir, en la Food & Drugs Agency, el área de seguridad alimentaria norteamericana? Un ex CEO de Monsanto. Ante la imposibilidad política de vender las empresas públicas –no así de vaciarlas por medio de la tercerización laboral– la gestión misma del Estado es el modelo privatizador del nuevo milenio.

En consecuencia, el republicanismo bobo queda pedaleando en el vacío ante la nueva lógica de gestión. A lo sumo clama por revisar el pasado del gobierno saliente, para establecer comparaciones con poco sustento, y por “dejar tranquilo al presidente que recién asume”. Pero el mando privado difiere sustantivamente del mando público: el diálogo, el consenso y la república –la división del poder– le son absolutamente ajenos. El mando privado es despótico, unidireccional y compacto, cualquier pérdida en los designios de su voluntad sólo pudo obtenerse por medio de la continuidad persistente de las luchas de los trabajadores.

Los ñoquis galácticos.
Los ñoquis galácticos.

Por ello, la primera estrategia del macrismo fue la expansión a todo el Estado del término “emergencia”.  Toda la gestión está en emergencia. Emergencia de seguridad, emergencia estadística, emergencia energética, son algunas de ellas. La emergencia justifica las situaciones de excepción: el momento donde se disuelve lo que la ley instituida enmarca y contiene para las acciones. Cualquier gesto es fundante, cualquier medida es posible, cualquier dictado se vuelve institución. En la excepción es en donde se producen las fundaciones; toda excepción obra como si viviera en el albur de un origen, de una primera vez. De ahora en más se abre la posibilidad de repetir la designación de cortesanos por decreto, de repetir la anulación de una ley discutida durante años, por decreto, de suponer la culpabilidad y la ineficiencia de todo trabajador público no alineado, por decreto.

Miedo a la policía empresarial

Y las situaciones de excepción son el prado donde pastan las prácticas policiales. La policía juega en esa zona gris donde las leyes se aplican. Es paradójica la aplicación de una ley, porque requiere de una norma que diga cómo se ha de aplicar. Como se comprende rápidamente, esta lógica se puede replicar al infinito (se hace necesaria una norma que diga cómo se aplica la norma que dice cómo se aplica la ley, y así). La práctica policial es el punto donde interviene la fuerza y dice “la ley se aplica así y asá, palo y a la bolsa”. Por eso no importa si hay un marco legal (o no) respecto de si la policía puede (o no) pedirle documentación a cualquier ciudadano: es la fuerza de aplicación de la ley –o el espacio que se abre a la excepción– la que en los hechos, en lo fáctico, dictamina si es posible (o no) que la yuta haga gala de sus prejuicios de portación de cara.

[quote_box_right]El presidente decidió gobernar amparado en los decretos de necesidad y urgencia. La facultad la enmarca la Constitución Nacional, sus límites también. Pero el derecho es cosa de los hombres y del lenguaje y, por lo tanto, del malentendido y la confusión. En un tono más realista: de la fuerza y la violencia.[/quote_box_right]Porque, claro, para que se abra la excepción y sea festejada –por el republicanismo bobo– son necesarias varias capas de sentido que justifiquen las prácticas policiales excepcionales a partir una necesidad. La necesidad, la extrema necesidad, es la justificación pura de la excepción.

En el punto extremo: un exterminio es necesario por un motivo X, luego el exterminio acontece. En realidad, la gracia es que la fundamentación es inversa: porque tiene que darse un exterminio se crea la necesidad que lo justifica. Esto funciona en toda práctica policial. La policía primero tiene que pegar, después viene la justificación por la necesidad.

Ahora, la necesidad es exterminar a la subversión apátrida. Oh, no, perdón, vamos de nuevo: limpiar el Estado y dejar a la parte sana. No, no, tampoco. La necesidad es echar del estado a los ñoquis negros militantes. Ahí sí. Es que a veces las similitudes sintácticas me confunden.

Así luce un subversivo modelo milenio. Tenga cuidado, puede haber uno en su propia casa.
Así luce un subversivo modelo milenio. Tenga cuidado, puede haber uno en su propia casa.

Policía y gestión privada comparten un dispositivo: la cámara de seguridad. La cámara de seguridad en los negocios resguarda la caja de cobranza. Pero no de los ladrones, de los empleados. Las cámaras están más para controlar a los empleados que para darles seguridad alguna. La cámara de seguridad es la práctica policial del gerente de empresa. Como tal, parte de una presunción fundante: porque me hurtan –justificación– es necesario el control continuo –excepción– de los empleados.

Así llegamos al ñoqui galáctico, uno de los ñoquis negros militantes. El decreto de ajuste del ministro de Modernización Andrés Ibarra es un ejemplo de práctica policial de un Estado de excepción. Se presume la incompetencia de los empleados públicos –son ñoquis– y por ello se revisan –se pasan por la cámara de seguridad– los contratos de últimos tres años y los concursos de los últimos dos. La necesidad justifica: hay que hacer eficiente el Estado. Pero entonces: ¿no habría que revisar toda la gestión pública, la actividad de todos y cada uno de los agentes del Estado? ¿Por qué sólo los de los últimos años? ¿Y por qué la medida es echar a los ñoquis en lugar de ponerlos a trabajar o refuncionalizar sus tareas? ¿No es acaso necesario un mejor y mayor Estado? ¿Se busca un mejor Estado o un ajuste clásico entonces?

No hay que rascar mucho para observar que se trata de una persecución política y una estigmatización ideológica lisa y llana, como criterios de base para achicar las funciones y capacidades del Estado y, de paso, clavar un ajuste.

https://www.youtube.com/watch?v=YfL15QCyMbE

El resultado: en la turbamulta de despidos, un ataque directo a Argentina Satelital, cuyos empleados denuncian acosos que van desde el fisgoneo de sus cuentas en redes sociales hasta la confección de listas negras. Más que un síntoma, la avanzada sobre Arsat es un signo. Pese a las excusas que ofrece el presidente de Arsat, Rodrigo de Loredo, yerno su jefe, el ministro de Comunicaciones Oscar Aguad, si el plantel que lanzó dos satélites al espacio supuestamente está conformado por ñoquis, poco resguardo le queda al resto. Es la calle o el ajuste salarial. El jefe del Estado policial fue claro: ante las paritarias, Mauricio Macri quiere “Que seamos todos responsables. Que abonemos a cuidar el empleo”. La avanzada sobre Arsat es un signo de que hay que temer. Hay que tener miedo.

El Estado policial macrista se basa en el miedo. No sólo aquel que –por sí mismo– proviene de la amenaza de perder el trabajo por razones brumosas, sino el miedo que produce la masa que celebra los despidos. Esa masa ha perdido todo bozal (sus adherentes iniciales ya lo habían hecho durante los cacerolazos contra la diktadura). Y regurgita, gruñe, babea. Mientras te aprieta las muñecas contra el piso.

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