Mi hermano está de visita en casa, vino de Suecia hace unos días, y lo llama, hoy, después del café, a un amigo mío. Le dice: “¿Vos te acordás de un tal Pepe López, un militante que había matado a su padre cuando era un adolescente, que vivía por calle Gutiérrez?”. “No, no sé”, le contesta el otro. Y mi hermano dice: “Hace muchos años que quiero encontrarlo porque él me ayudó cuando yo estaba guardado en una casucha en Mar del Plata, allá a fines de los 70”. Yo fumo, lo miro y lo escucho. Pienso: ¿cuántas veces llegó mi hermano a Santa Fe y le preguntó a los amigos si sabían algo del Pepe López a lo largo de todos estos años? Al Pepe lo encontró cuando estaba prófugo en Mar del Plata, y no tenía un mango y el Pepe peló un montón de guita y de una se la dio ahí nomás, casi sin conocerlo, y mi hermano quiere agradecérselo alguna vez, de nuevo.

Recién se fue, con Ricardo, un amigo, que estuvo contándome cómo lo torturaban. Y dos cosas quiero apuntar acá: un milico que le dijo “Está bien, no querés hablar hoy tampoco. Pero no te preocupés, vas a cantar. Porque acá no hay abogados ni habeas corpus; el tiempo es mío, yo sé que vas a cantar”. Y la otra es un relato de cómo conversaban acerca de un hombre viejo –porque traían gente todos los días, hombres, mujeres, niños– de cómo torturarlo sin que se les muera enseguida.  Y se les ocurrió traer una barra de hielo, porque, dice Ricardo, los viejos tienen agrandados los huevos, y lo sentaron arriba, y cuando se les congelaron, se los tickeaban con los dedos. “Todo el tiempo inventaban cosas para torturar”, dice.

Le pregunto si se acuerda seguido de cómo lo hicieron sufrir. Dice que trata de no acordarse, que guarda esos recuerdos en un rinconcito (se toca la cabeza) pero cuando aparecen es como vivirlo de nuevo. Dice que le da mucha vergüenza acordarse de cuando intentó suicidarse. Dice que se golpeaba la cabeza contra la pared, creyendo que estaba solo, porque ya había comprobado que, si bien tenía lastimadas las muñecas por las ligaduras, no podía cortarse las venas con las uñas. Así que se dio tremendos golpes contra la pared –tres veces– hasta que una voz de mujer, a su lado, dijo: “¿No te parece que estás haciendo la tarea de ellos?”. Y él se avergonzó mucho, y todavía le está pesando.

No es que todo vuelve. Es que nada se ha ido. Nada se va. Aunque no lo veas ni lo sientas. Ni lo recuerdes, porque, en todo caso, está en el olvido. Y por algún lado va a saltar, en algún momento va a aparecer quizá bajo la forma de un fantasma o un espectro. Pero nunca se va.  Una vez puesta en el mundo, la cosa, al principio bullente, enfermizamente llena de vida que explota por todos lados, se expone como la herida del enfermo de Un médico rural, obscena y abierta. Con el tiempo, se las arregla para jugar, siniestra, con uno. Te ataca de pronto, te asalta, se esconde, parece desvanecerse. Su obstinación es de otro mundo, del mundo de los asesinos.

Por suerte hubo algo de la famosa década ganada que nos salva. El repudio casi unánime contra el 2×1. Ese repudio es posible porque se ganó un alto grado de conciencia política en esos años K. Así que veremos hoy cómo, una vez más, se expresa, para que sepan bien que el tiempo, ahora, es nuestro.

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