No me grites, alentame

En Santa Fe también hay escenas repudiables protagonizadas por padres descontrolados.

Qué se hace para evitar la violencia sobre los menores en el fútbol infantil.

Cuando los padres pasan a ser noticia por su violencia en las canchas de inferiores o en los encuentros de escuelitas fútbol es porque hay una línea que se ha superado. Es el momento donde se desbordó la pasión y el entusiasmo de ver a un hijo jugando al fútbol y los padres caen en un fanatismo que se transforma en grito, que puede estar dirigido al árbitro, al entrenador, a otro niño, a un padre o al mismísimo hijo. Y si el límite de la línea se cruza hasta llegar a ese lado oscuro, la noticia hablará de agresiones físicas.

Cuando la violencia verbal y física gana, también se transforma en noticia cuando los chicos salen a la cancha con una bandera que dice: “No me grites, alentame”. Esa frase, que actúa como ruego de un infante a un adulto, también se puede encontrar en las camisetas de los clubes o en carteles con consignas similares, como las que usaron los chicos del club Dowdall de Pozo del Molle (Córdoba), de las categorías de 8, 9, 10 y 11 años. Salieron a su cancha con un cartel que decía: “#Yo así no juego más: no me grites”.

Los hijos terminan educando a sus padres, forzados por situaciones inexplicables, como la que sucedió este año en Capital Federal, cuando se enfrentaban los chicos de la categoría 2004 de Lamadrid y Brown de Adrogué.  Al finalizar el partido, el padre de un jugador se dirigió a la salida del vestuario visitante, esperó a que salga el pequeño rival de su hijo, instigó a su propio hijo para que lo golpeara y tras la negativa del chico decidió aplicarle una trompada en señal de venganza por un incidente –propio del juego– que se había dado durante el partido. El niño golpeado debió realizarse placas que descartaron una lesión ósea, pero dirigentes de Brown de Adrogué confirmaron que permanecía con mucho dolor y dificultades para comer.

Las noticias que abordan la violencia en el fútbol infantil protagonizadas por los padres se multiplican a lo largo y ancho del país. En Santa Fe, también se dieron y se dan casos violentos. Sobre esta cuestión dialogamos con un experimentado docente deportivo que actualmente dirige la Primera División de Juventud de Laguna Paiva y está al frente de la Escuela de fútbol del Club Atlético Gimnasia de Ciudadela: Ernesto Sosa.

“Hay que hacer una inserción de los chicos al deporte, hay una primera etapa que arranca con la escuelita de fútbol, con 4 años de edad inician la actividad deportiva”, es lo primero que subraya Sosa. “Se debe separar entre la actividad recreativa y competitiva, desde esta segunda etapa los chicos ingresan a las inferiores de la Liga Santafesina de Fútbol”.

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Al profundizar en los motivos que pueden derivar en violencia, explica: “cuando no hay un diálogo entre el docente, el técnico y los padres se pueden producir problemas, sobre todo porque los padres están ansiosos para que sus chicos jueguen”. Y destaca: “Llevo 24 años como docente deportivo y ví de todo, está la presión de los padres que se transforman cuando ven a sus hijos jugar y es ahí donde comienza el trabajo del docente deportivo para que no interfieran”. Más adelante agrega que “llegar al seno familiar es complicado, hay que ver de dónde viene cada chico, pero hay que hacer una investigación previa para que los niños no lleguen a un grado de violencia importante, que todos puedan comprender que se trata de una etapa formativa”.

¿Y el Estado?

En la radicación de este mal imperante, Ernesto Sosa apunta a los conductores y al rol del Estado: “Hay técnicos de fútbol que están preparados y hay otros que son papás de chicos que dirigen. Al tener esa situación, todavía nos encontramos en un retroceso. Hay que tener gente especializada para ejercer la actividad, no hay que poner a cualquiera para conducir a los chicos, solamente en fútbol pasa eso. El ámbito del niño debe ser el correcto, un conductor no se debe dejar atraer por todo el aspecto social que lo rodea. Siempre se trabaja, se habla con los padres, se hacen congresos formativos y se hacen charlas con los padres, pero no hay un apoyo del gobierno. El Estado debe estar presente en estas actividades deportivas, por eso todavía nos falta mucho”.

En su idea de un Estado protagonista, dice: “A los clubes los manejan los socios. Tiene que haber más apoyo, tienen que traer docentes para que nos guíen en el cómo desarrollarnos y manejarnos con los pibes de hoy. Nosotros tenemos un contacto diario con los chicos, pero como máximo estamos dos horas con ellos, todo lo demás viene de la casa y la escuela, nosotros sólo hacemos una formación deportiva. La formación social debe ser parte de la familia y del Estado, por eso digo que tiene que estar presente en este tipo de actividades. El Estado tiene que crear el ámbito para que los docentes deportivos estén en las instituciones deportivas, debemos tener en los clubes a personas formadas para que ejecuten un plan desde las escuelas de fútbol”.

Marcha atrás

“Debemos brindarle muchas más cosas a nuestros jóvenes, y para eso nos debemos involucrar todos, los padres, los docentes, las instituciones y el gobierno. Es el Estado el que nos debe crear el ámbito para ir mejorando una adolescencia que no tiene nada que ver con la que teníamos hace 20 años atrás”, le afirma Sosa a Pausa. “Los cambios más importantes que vi en todos estos años de trabajo con los chicos tienen que ver con las familias ensambladas, eso ya nos dificulta más nuestra tarea, es más complejo saber qué pasa en el seno familiar. Falta más investigación sobre esa cuestión, falta más docencia, y es en este punto donde digo que los gobiernos nos deben dar la ayuda de la ciencia de la psicología, para que los profesionales en dicha ciencia vayan canalizando los problemas de muchos pibes. Entre todos debemos estar más cerca de los chicos, con una planificación que nos involucre a todos”.

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Sosa asegura que “otro de los cambios significativos fueron las adicciones. Cuando yo empecé este problema tan grave no estaba, pero hoy es moneda corriente”. Ante esta situación destaca: “Hay que hablar mucho, tenemos que tratar de entendernos, ponernos en la piel de ellos”. Frente a la complejidad del tema, recomienda que “la inserción del niño en el deporte debe ser temprana”.

—¿Por qué el fútbol es el deporte más complejo en las relaciones entre los familiares, jugadores, técnicos, dirigentes y árbitros?

—Porque es el deporte más popular. Un chico nace y un familiar le compra una pelota de fútbol. Es el único deporte donde todos opinan y son pocos los que realmente saben. Estas cosas pasan solamente en el fútbol, no hay ninguna otra actividad donde los padres se metan para decir de qué manera tienen que enseñarle. No le vas a decir a un profesor o profesora de patín cómo debe enseñarle, no existe esa injerencia de los padres. Pasa en el fútbol porque también tenemos poca capacitación en nuestros dirigentes, los que se arriman a los clubes es porque son vecinos de la institución, porque son padres de los pibes o porque quedaron con el correr del tiempo en los clubes, a esa gente también hay que capacitarla para que todo mejore.

No me grites

Con respecto a la campaña que se difundió en todo el territorio argentino, “No me grites, alentame”, dijo que “sirve, siempre los ejemplos sirven”. Y recuerda: “En Gimnasia tuvimos un técnico, Silvio Azoge, que perdió la final de Liga Santafesina y colocó a todos sus jugadores en un lugar de la cancha para que despidan con aplausos al rival que le había ganado. Eso da una enseñanza hacia abajo, recuerda que ganar no es todo en la vida, y mucho menos en el deporte”.

La ilusión del salvataje económico con el pibe es otro de los temas que colabora para que todo sea más complejo. “Lo importante es cómo se insertan en los clubes, cómo el club forma el sentido de pertenencia, que se identifique con el club y con el barrio, recién después aparecen los clubes profesionales que tientan a los jóvenes para que vayan, pero nosotros, los que trabajamos en los clubes de barrio, tenemos que trabajar en esa pertenencia y hablar mucho con los padres, para hacerles entender que este es un proceso, porque nadie sabe si va a llegar a jugar en el fútbol profesional, el profesionalismo es otra cosa, es muy diferente. En Santa Fe sólo tenemos dos instituciones que trabajan en el profesionalismo, Colón y Unión, ellos seleccionan a los chicos que juegan muy bien y nosotros tenemos la obligación de hacer jugar al resto, porque todos los pibes tienen derecho a jugar”.

Por último asegura que “es una tarea ardua, hay que trabajar mucho de verdad, por eso pido un compromiso general, pero por sobre todas las cosas hay que dar el mensaje a los padres que el lugar de los clubes es de esparcimiento, el chico tiene que ser feliz y no venir presionado por algún familiar”. Y subraya: “en la niñez hay que jugar, es una etapa única e irrepetible en la vida, nuestros chicos deben tener un espacio para jugar y divertirse, más allá de las presiones que pueden existir de la familia”.

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