Otra vez negado antes de las elecciones, el ajuste llegó para apretar a los más vulnerables.

Cambiemos reveló la segunda parte de su programa de gobierno del mismo modo en que implementó la primera: negó todo lo que iba a hacer durante la campaña electoral y, luego, justificó todo lo que hizo por la fuerza de ominosas circunstancias que inocentemente desconocía. Hay que decirlo, en 2017 sí se adelantó en algo: la reforma tributaria estaba anunciada antes de la contienda electoral de octubre. Pero la laboral fue repetidas veces desmentida por el ministro de Trabajo Jorge Triaca, tanto como la previsional por parte del jefe de Gabinete Marcos Peña.

El gobierno hilvanó con eficacia las dos primeras. Para la tributaria encuadró a fuerza de chequera a todos los gobernadores, demostrando una correlación de fuerza que es estructural en el funcionamiento de la relación escalonada entre las ciudades, las provincias y la Nación. No importa cuánta entereza simule quien gobierne, la dependencia de fondos es abrumadora, los márgenes de autonomía son mínimos. Si Santa Fe o Córdoba tienen que pensarlo dos veces antes de cacarearle a la Rosada, menos hilo propio tiene el presupuesto de Entre Ríos, La Pampa, Salta. La esencia de la reforma es que más personas paguen más impuestos a las ganancias y que más empresas, sobre todo las más grandes, paguen menos contribuciones patronales. Todo lo demás son fueguitos artificiales, excepto por la fuerte ajustada de cinturón que se impone a los impuestos provinciales.  

Con la reforma laboral no se utilizó la chequera sino los Tribunales y las gelatinosas cualidades de conducción del triunvirato de la CGT, que ingresará al parnaso de los Luis Barrionuevo, Armando Cavallieri, Momo Venegas, José Pedraza y otros tantos horribles de ayer y de hoy. Sonsacaron algunas líneas del proyecto original, salvando algunos trapitos, y dieron su visto bueno a un proyecto que es un retraso abismal en los derechos de los trabajadores como no se vio en la avanzada del menemismo o en la ley Banelco de la Alianza. Con su propio culo como principal preocupación, adujeron como excusa que el liderazgo de cualquier oposición debe ser asumido por las conducciones partidarias. Semejante presupuesto olvida la historia próxima de su propio sector del movimiento obrero –el rol de Hugo Moyano a mediados de los 90 con el Movimiento de Trabajadores Argentinos– y expresa una renuncia total a la dimensión política de la representación de los trabajadores, reduciendo los sindicatos a campings con obra social y servicios –bastante poco eficaces– de negociación salarial. No es nueva esta realidad, 2017 la reafirma y la expone, más todavía por la activa disidencia de las CTA, las organizaciones sociales como la CTEP y la Corriente Federal de los Trabajadores, que encabezaron la resistencia social al ajuste.

Trabada en el Senado, la reforma laboral se tratará en 2018 bajo la sombra de lo que fue la segunda gran derrota política del gobierno (la primera fue el recule con el 2×1 a los genocidas). Con excesiva arrogancia, humillando gobernadores con su apretada, la reforma en la seguridad social se convirtió en una victoria legislativa y una derrota política y se convertirá en un desastre social y un grosero error económico.

Los diputados de Cambiemos no pudieron revertir un argumento simple: los viejos, los pobres, los discapacitados, los veteranos de guerra ganarán menos dinero para sostener las arcas del Estado y financiar la riqueza de los empresarios. La militarización y la represión desatada en Capital Federal nunca se vio desde 1983, excepto en los estallidos sociales. Después de cierto punto, el volumen de la fuerza represiva es inversamente proporcional a la solidez de la hegemonía política. Si te pasas de palazos no mostrás fortaleza de conducción sino debilidad a la hora de ganar consenso social. Los adherentes y los medios gubernamentales harán hincapié en cualquier otra cosa, lo único cierto es que Cambiemos le hincó el diente a parte importante de su base electoral y unió por primera vez al kirchnerismo, la izquierda y el massismo tanto en las cámaras como en la calle.

Los magros aumentos que recibirán los afectados en 2018 van a traducirse en una fuerte caída del consumo privado y, con ello, de la producción. Además, la jubilación a los 70 años presionará en contra del ingreso de los más jóvenes al mercado laboral. Estas dos medidas solas alcanzan para generar una crisis. Acaso el servilismo con el FMI, el mentor de las reformas, sirva para inyectar un poco más de combustible financiero… al fuego.

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