El verano se está yendo otra vez, y aunque odiamos un poco su ferocidad, no queremos que se vaya. La gente lo despide sentándose en las veredas, bajo los atardeceres más templados. Como mi vecina. Baja la luz y sale a montar guardia. Si abro la puerta lo primero que veo es a ella, erguida en su trono plegable. Se hamaca muy levemente; para darse cuenta hay que mirarla sin sacarle la vista de encima durante medio minuto. Lo que parecía estar quieto en realidad se mueve.

Mi vecina usa ropa cómoda, tiene el pelo corto teñido de rubio. Es querida. Los vecinos que pasan se frenan un ratito para conversar con ella. Por eso sé que se llama Tita. Una tarde, una mujer le gritó desde la vereda de enfrente: “¿Cómo estás, Tita?”, y las dos se pusieron a charlar a los gritos, separadas por la pista de la calle.

Sé que tiene, por lo menos, una hija. Pasa siempre a verla. Casi nunca se baja del auto, toca bocinazos hasta que su madre aparece en la puerta. Muchas veces pensé que un día Tita no va a aparecer y la hija tendrá que apagar su auto y entrar a la casa, enojada por el esfuerzo, pero también con el miedo de encontrar a su madre tirada en el piso. La hija está divorciada, vive a la vuelta, en una linda casa; la vi entrar y salir varias veces de una puerta verde. Tiene hijas idénticas a ella en su juventud, altas y un poco encorvadas.

Esta semana hay un detalle en Tita: tiene el tobillo vendado. ¿Se habrá caído? ¿Habrá hecho un mal movimiento cuando salía de la ducha? ¿Se habrá resbalado en el patio? Espero que se mejore. La puerta de su casa tiene estampitas, un escudo para espantar ateos, vampiros o testigos de Jehová. Me pregunto si enviudó hace muchos años, o se separó, como su hija. Le compra frutas y verduras al verdulero que pasa por la calle con su carrito. Va al mismo supermercado que yo, con su bolso. A veces se para en la puerta y mira fijo para los dos lados, como si estuviera esperando a alguien. Yo también lo hago, y entonces somos como dobles, los dos parados a la misma altura de la cuadra, en veredas opuestas.

Es raro pensar que a algunos vecinos los vemos más que a parientes cercanos. Más allá de los límites impuestos por la propiedad privada, conviven con nosotros, están ahí, del otro lado de la pared, y si gritáramos fuerte nos escucharían. En uno de sus poemas, Xi Chuan escribe: “Hay goteras en mi casa, debe haber goteras en las casas vecinas; se me ha cortado la luz, se debe haber cortado también en las casas vecinas. Camino en un ambiente de 38º, todos los vecinos caminan en un ambiente de 38º; me desvisto dentro de mi casa, mis vecinos deben estar haciendo lo mismo en las suyas”. Nuestros vecinos están siempre ahí, y aunque parezca que nuestras vidas no les importan, siempre querrán saber si seguimos vivos: “Durante siete días, ovillado sobre mí mismo, me quedo encerrado en mi cuarto. Sin decir palabra, sin tararear, sin tirarme pedos. Al término de siete días, la mujer de al lado se asoma por la puerta. Viene para ver si me ha pasado algo”.

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