La fuga de capitales es una de las tantas variables que explican por qué pierde valor el peso y se devalúa. El año pasado fue un año récord de fuga. Y 2018 está rompiendo marcas. Cómo es el relato político de la vieja tradición de sacar los dólares del país.

Argentina no produce dólares. Sólo los obtiene de cuatro formas: por las exportaciones, por la inversión extranjera, por el endeudamiento o por las apuestas financieras de los timberos en nuestra economía casino. Las dos primeras tienen rasgos positivos, o pueden tenerlos, las dos segundas generalmente tienen rasgos negativos, casi inevitablemente.

A las exportaciones se contraponen las importaciones, que en el último año crecieron tanto que se llegó a la marca más alta en toda la historia argentina de rojo en el comercio exterior. A la inversión extranjera se le pone en el rojo la remisión de utilidades de esas empresas hacia sus casas matrices. Al endeudamiento se le opone el pago de esas deudas. En este punto, la explosión de endeudamiento iniciada en 2016 hace que hoy el pago de intereses haya vuelto a ser una de las más abultadas líneas del presupuesto. Lo que se ajusta en despidos y salarios va a pagar deuda, casi en proporción equivalente. Y la timba así como viene, así como se va y te deja desplumado.

Especulación y política: cómo el campo trae los dólares al país (o no)

En este punto específico, el cambio que hubo en los últimos tiempos fue el levantamiento de todo tipo de control y regulación para que los timberos tengan que inmovilizar su dinero en el país al menos por un tiempito. Como ministro de economía de Néstor Kirchner, Roberto Lavagna le había impuesto a los capitales golondrina la obligación de quedarse en Argentina por un año. Junto a Mauricio Macri, Alfonso Prat Gay redujo a 120 días esa obligación. en enero de 2017, el comentarista de Carlos Pagni en funciones de ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, directamente eliminó la regulación. Se pueden ir y venir en el día.

Sin embargo, todas estas cuentas, más o menos virtuosas, empalidecen ante lo que el Banco Central de la República Argentina contabiliza como “Formación de activos externos del sector privado no financiero”. Literalmente quiere decir: plata de los privados no timberos puesta en el exterior. O, como mejor se lo conoce, fuga de capitales.

Cuando hay confianza de los que deciden en el mando económico real, o control de cambios y regulaciones a la timba financiera, los dólares se quedan. Cuando hay temores en los que deciden, o voluntad de apretar políticamente, descontrol total del cambio, cero regulación, los dólares se fugan. En promedio, entre 2003 y 2015 se fugaban 7.858 millones de dólares al año. Ese promedio sube en la era Cambiemos a 16.049 millones. En 2017 se fugaron 22.148 millones de dólares. Equivale grosso modo a casi 90 presupuestos de la ciudad de Santa Fe. Lo querrán mucho al presidente, pero los negocios son negocios.

Se dice, con razón, que la mercancía expresa como síntesis el conflicto social y político. Una historia reciente de la fuga de capitales es, también, una historia de cómo estos capitales operan empujando a la inestabilidad y la devaluación (o no) y una historia de cómo los gobiernos facilitan el vaciamiento del país (o no).

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