Y estaba en Babia, como quien dice, mirando el movimiento del aeropuerto, con la valija al lado, y viene una piba, de mi edad, sonriendo, y me pregunta: ¿Vos sos argentina, no?  Y mientras yo sonreía y le decía que sí, iba sintiendo en el cuerpo un recorrido raro, como un investimiento nuevo, casi bautismal. Siempre detestando los nacionalismos, yo me estremezco reconociéndome en una identidad que desdeñaba hasta entonces.

Lo mismo me pasa cada cuatro años, no sé por qué. Y el 2014 me encontró en Nueva York. Llegamos dos días antes del partido contra Holanda, y, de las cinco, yo era la que tenía más urgencia para verlo. Así que me mandé por la Séptima Av. hacia el lado de Times Square para buscar y reservar un bar donde poder mirar el partido. Encontré un pub tipo irlandés, de esos que tienen estantes con un millón de botellas de todos colores y banquetas altas junto a la barra más un número interesante, pero parco, de mesitas. Me dijeron “Vengan una hora antes”.

Escribís esto con la mitad de la cabeza. Y en la otra mitad, pensás en el paro del lunes, pensás que ojalá el martes la Selección le gane a Nigeria, porque te encanta ver la alegría de la gente, y cuánta alegría necesita este pueblo en estos días aciagos.

Partí rigurosamente una hora antes, y, antes de que llegaran Silvina y Susana, ya estaba tomando algo y tratando de reconocer lenguajes desconocidos que pululaban alrededor, y viendo que un grupito de argentinos con banderas en los hombros eran rosarinos, y cómo se iba calentando el ambiente, mientras que los tres mil televisores que había en todas las paredes repetían el rostro de Messi en primer plano, en inglés.

Cómo se podrá impedir la reforma laboral, le pregunto a la Flopi. Natacha estaba mirando el celular y la Flopi decía: “Llenando el Congreso con un millón de personas, como pasó con la ley de aborto”. “Pero la reforma laboral es un sine qua non del FMI”. “Sí, pero el Congreso, cuando tanta gente se moviliza, hace que unos cuantos se den vuelta”.

Llegaron las chicas, había gente por todos lados, yo me empecé a poner incómoda. Y unos quince minutos antes de que terminara el partido me fui a la mierda. Un poco porque tanta gente me mataba, otro poco porque no podía fumar y otro tercio porque los nervios me hacían temblar entera.

Volvía para el hotel cuando me digo que no podés ser tan cobarde, entro al bar de la esquina, me siento, pido un sándwich, me traen un coso así de grande lleno de panceta y huevos fritos que ni pensé en comer. Y de nuevo los nervios, vienen los penales, no me aguanto, salgo, fumo, vuelvo a entrar, me paro en la puerta, miro el televisor, dejo de respirar y cuando ganamos me puse a llorar.

No creo que el Mundial tape una mierda. La gente también se siente dividida, entre sus muchos problemas, propios y de los otros, y su deseo de que la Selección gane el Mundial. La reforma laboral nos va a dejar antes del primer peronismo, porque el aguinaldo es una conquista de esa época. Parece mentira, decimos todos y todas o todes, (a practicar el lenguaje inclusivo, santo dios), nos están matando, gente en la calle, literal y metafóricamente, se repite como una pesadilla, el sufrimiento mata neuronas, leo por allí, afecta hasta la capacidad cognitiva.

Me puse a llorar histéricamente, y un grupo de personas que habían deseado que gane Holanda me palmeaban el hombro, “Es argentina”, dijo uno, algunos me abrazaron.

A la noche recibimos un wa que, según interpreté, era una broma: en la cúpula del Empire State una bandera argentina festeja el triunfo de hoy. Nos mandaron una foto. Y se veía, efectivamente, la cúpula con los colores azul celeste y blanco y yo flasheé un buen rato con esa alegría, hasta que, al otro día, me enteré que la bandera era por el 9 de julio y no por el partido.

El paro de mañana tiene que ser unánime, absoluto, que sea un verdadero pronunciamiento popular en contra de este gobierno infernal.

Domingo 24 de junio de 2018.

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