La vuelta al FMI cambia la dirección del análisis sobre la última década: por encima de los partidos, se juega la independencia política.

La inminencia de un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional cierra un brevísimo y excepcional período de la historia argentina reciente. Por sobre las identificaciones partidarias gruesas, las adhesiones y los rechazos a las corrientes de opinión y sus variadas sutilezas, la repugnancia por los estilos grasas o garcas, la presencia (o no) de un prestamista dentro de tu propia casa ordenando las líneas maestras de tu vida doméstica según sus propios intereses y con una capacidad de mando completamente extorsiva ubica exactamente el peso, la dimensión y el alcance de la palabra política como expresión del funcionamiento del Estado y la sociedad.

Los que están por terminar fueron 12 años en los que el sistema político tuvo que soportarse a sí mismo. Da vértigo notar, ahora por contraste, la densidad, la interpelación que significa la ausencia de una institución virreinal regulando los avatares nacionales. Desde que Arturo Frondizi estampara su firma en 1958 hasta que Néstor Kirchner liquidara lo adeudado de un saque en 2006, siempre estuvo presente el Fondo, sus cortesanos y su protocolo, su autoridad y su sombra dominante.

Poco antes, Lula Da Silva había concretado el mismo esfuerzo financiero. Otra vez por contraste se revela que el sistema político continental todavía está demasiado lejos del gobierno de sus propios destinos. Pasó poco más de una década y como fichitas fueron cayendo uno a uno los candidatos de Washington en Argentina, Brasilia, Santiago, tras haberse emplazado por la fuerza en Asunción.  

Negar las operación global del capital es caer en el romanticismo sin gracia de un primitivo y folklórico nacionalismo. Las corporaciones transnacionales tecnológicas deciden la producción de los bienes y los símbolos y la distribución de los cuerpos que consumen y que explotan. Pero negar la diferencia específica entre un virreinato financiero y una ventana de independencia política propia para –al menos– poder elegir estrategias de inserción en las relaciones globales es el obtuso resultado de una pereza sin voluntad de poder.

América Latina pudo abrir esa ventana mientras Estados Unidos se ocupaba de sus grandes guerras orientales de comienzos de siglo. Con esos conflictos deshilachados en la sangre de sus masacres, la política exterior del imperio, su ojo, se volvió más decidido al sur del continente. El tiempo no alcanzó para que la coordinación de proyectos políticos se tradujera en instituciones legislativas comunes y, mucho menos, en organismos monetarios propios. Sin banco del sur nunca habrá gobierno del sur.      

La historia local es una pincelada de las mareas mundiales. Sobre fuerzas que nos superan buscamos cómo forjar un destino. Por un ratito un gobierno lanzó un desafío a todo el sistema partidario: por una vez podemos intentar que la política nacional supere a la gestión financiera colonial. Habrá sido el nuevo lugar de China en el comercio internacional, habrá sido el fortalecimiento de las relaciones económicas del Mercosur. Habrá sido lo que sea, pero el desafío que no encontró traducción en el continente tampoco terminó de cuajar en el país.

Son innumerables las políticas de gobierno que no se transforman en políticas de Estado. En verdad, ese pasaje sólo sucede cuando un conflicto tiene un resultado definitivo: en el conteo de daños y botines se traza una nueva regla y se comienza otro juego. Todo pacto de consenso se arma sobre la tumba de los derrotados.

La política no derrotó a las fuerzas locales del colonialismo financiero en estos 12 años, acaso ni siquiera tomó consciencia del tamaño de la interpelación. Pudimos haber construido una independencia. Vocabulario antiguo, se cree, como el que contiene a la palabra colonia.

Ahora, qué modernos somos, volverá la claque global, las babosas reverencias para los emisarios de ocasión, la postración, el frote, el miedo al justo castigo que merecemos por renunciar a la política.

 

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