Más tropiezos para la Selección en la previa de un esperado Mundial.

Ya está. Ya llegó. Estamos en Rusia, aunque estemos en Santa Fe. El Mundial es hoy. Este mismo 14 de junio que Pausa sale a jugar otra década de juego colectivo. Hoy el mundo es Moscú.

Sampaoli y sus muchachos ya están en los nervios que preanuncian un debut, aunque para la Selección Argentina los acontecimientos recientes, por su propio peso y repercusión, quizá hicieron desviar la atención a otros puntos, lejanos a cualquier objetivo de concentración futbolística previa a un Mundial.

Las decisiones políticas/empresariales del encuentro pactado en Israel y la visita al papa Francisco que nunca se concretaron fueron dos obstáculos más a escasos días de la máxima cita del fútbol. El partido que no se jugó terminó siendo una cuestión de Estado, quizá un día nos enteraremos si tendrá algún vuelto de la tradicional derecha judía. En cambio, la cuestión con Bergoglio puede ser más liviana, aunque los vínculos del fútbol con el catolicismo en estos tiempos se agrandan a una escala inimaginable. Estamos hablando del líder católico mundial que es argentino, futbolero y peronista, un presidente profundamente gorila y el mejor jugador del mundo. Sobran actores para hacer un buen guión de película.

A todo esto, Jerusalén, Palestina, Israel, el Papa y cualquier cuestión de Estado están absolutamente lejos del objetivo futbolístico de este grupo que lidera Messi.

¿Y cuál es el objetivo? Ganar el Mundial. Se lee exitista, pero no lo es. En otro momento el discurso unificado de la Selección hubiese sido el de hacer un buen Mundial. Pero… ¿A ustedes les parece que Lionel Messi tiene como objetivo hacer un buen Mundial después de perder tres finales al hilo con la albiceleste? ¿Se lo imaginan conforme dentro de algunos años recordando cuántos fueron los mundiales que no ganó?

Este grupo de buenos jugadores están en Rusia para ganar una Copa del Mundo, pero ese objetivo les pesa mucho. Es una mochila que ni siquiera la pueden comparar con los que son los verdaderos candidatos: Alemania, España y Brasil. No la pueden comparar porque los alemanes vienen de ganar la última Copa, porque España lo hizo en la anterior y Brasil, que podría ser el que lleva un peso similar al argentino, cuenta con la mochila un poco más liviana porque no tiene esas finales perdidas en tan corto tiempo y al menos fue campeón en este siglo (Corea-Japón 2002).

Lo que debería ser un valor para ellos, es un peso. Lo acaba de reconocer Javier Mascherano en una entrevista desde Rusia: “La deuda es con nosotros mismos”.

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