Tristezas

Foto: Gabriela Carvalho

Quería escribir una columnita sobre el tema éste del aborto seguro, legal y gratuito. Quería formular una opinión responsable porque he leído demasiadas barbaridades sobre la cuestión. Una breve conversación en la facultad bastó para que el pequeño grupo de amistades y familiares con quienes comparto valores y creencias se sintiera como una islita escuálida en medio de un océano. No me lo esperaba. Preguntas como: ¿por qué no un proceso de educación antes que la ley? O: ¿y qué pasa si la pareja de la embarazada que pretende abortar quiere tener un hijo y formar una familia? Me dejaron sin palabras.

Después, la cuestión de las opiniones en la web. No quiero referirme a los católicos que de buena fe, supongo, creen que hay vida en un feto de pocos días y no en el espermatozoide y el óvulo que se juntan para lograrlo, como quien dice: de la nada surge. Porque si uno tuviera que tomarse en serio esas opiniones, vería que no hacen nada más que repetir lo que dice la iglesia y no resisten ni un mínimo análisis puesto que de pronto estaríamos en el siglo III discutiendo en qué momento aparece el alma en el feto, y si aparece cuánto antes en los que van a ser hombres que en los que serán mujeres.

Me quería referir más bien a algunas opiniones de quienes uno considera personas formadas, inteligentes y lúcidas y que declaran la necesidad de asegurar que se cumplan requisitos previos a la ley, como educación, o recursos para contener a adolescentes que ignoran de qué va la cosa, o que los hombres deberían cuidarse porque para ellos es más fácil, etcétera. Es decir, ignoran olímpicamente que acá se trata de algo urgentísimo: basta de muertes de mujeres que no pueden acceder a un aborto seguro por tratarse de un asunto ilegal.

No creo en lo que acabo de decir. No lo ignoran. Cada uno tiene su propia experiencia, sus propios valores, sus propias religiones. Desde esa cima ven el mundo. En el centro de toda cuestión pública hay un corazón privado, cerrado, sufriente, eventualmente. Y es lo que me da tristeza. Y es lo que me impide escribir la columna que hubiera querido escribir. Que iba a empezar con un breve barrido histórico de la cuestión, desde San Agustín, que entendía que el aborto de un feto no constituía delito, hasta la quema de brujas y otros castigos atroces con que se liquidaba a las mujeres por abortar a lo largo de la historia. Porque, quería decir, es la historia la que ilumina el presente. Pero no, no lo voy a escribir. A nadie le importa.

Quizá porque esas muertes actuales son de otras mujeres que no somos “nosotras”, las que todavía pasamos los inviernos protegidas por ropas y calefactores, las que sabemos prevenir a nuestras hijas para que no queden embarazadas sin desearlo, las que tenemos para pagarnos un aborto seguro. Pero tampoco estoy segura de esto. Quizá me falta entender a mí que las mujeres deberían haberse procurado una educación para vivir una sexualidad responsable o haberles pedido a sus maridos que se hagan una vasectomía antes de llegar a los hospitales desangrándose por haber intentado abortar con agujas de tejer.

Lo dejo acá porque de inmediato recuerdo a Vallejo: “más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos”.

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