En Argentina amamos volvernos pueblo no a través de nuestros representantes ni de nuestros panelistas, sino a través de nuestros pies y nuestros dedos. Amamos marchar por las plazas, no nos ofrecemos como una población dócil. Y creemos que no hay otros que las llenen como las llenamos nosotros, sea quien sea ese nosotros, o que si las llenan, lo hacen de manera espuria: porque van engañados por los medios, globoludos, porque van en arriados en micro, chorizombies.

Pero resulta complicado encontrar un sector social que no llene la plaza. La llenaron los movimientos sociales de los más abandonados, y la llenaron los ruralistas vestidos de gauchetos, el ingeniero Blumberg y el Bicentenario, los cacerolazos contra la diktadura y las marchas contra el 2×1 a los genocidas, los policías enfierrados y los maestros con sus tizas, ambos por su salario, a favor y en contra del aborto y del matrimonio igualitario, por la Selección y por Nisman, porque Cristina se va y porque Macri llegó (no en igual medida), por el 24 de marzo con y sin unidad, contra el FMI, un millón de personas y ninguna foto de tapa.

La diferencia entre unos, otros y aquellos está en las balas de goma, los gases lacrimógenos, las motos pasándote por encima, los palazos, celebrados por los medios gubernamentales. No todas las plazas reciben semejante respuesta y no siempre esa fue la respuesta a las plazas. Presos políticos y políticos apaleados en Jujuy, Rosario o la plaza del Congreso convergen con una política represiva paranoica que persigue hasta a los partisanos digitales, los que no usan los pies, sino los dedos, abriendo causas judiciales y controlando las redes sociales a lo Orwell. Como diría en su 1984: así es el triunfo de la alegría.

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