A los niños bien el berretín se les fue de las manos

Rebo Pérez.

Habló el presidente y el dólar se disparó. En 31 meses de Cambiemos el peso se devaluó más que en 12 años de kirchnerismo. Macri rebajó la presidencia a una representación del FMI. La diferencia entre la rapiña y los errores.

Mauricio Macri arrastró la investidura presidencial –que tanto costó reconstruir después del 2001– hasta remendar en su función la de un vocero del Fondo Monetario Internacional. Ayer por la mañana ofició una suerte de cadena nacional de redes sociales –es el presidente youtuber– para comunicar que el FMI garantizó la entrega de dólares frescos para satisfacer todas las necesidades financieras de este año y del año que viene.

El anunció fue nafta en la hoguera. Más que traer calma, fue la ratificación de que seguirá habiendo fluidez de verdes para la fuga, de que el ajuste va a continuar asfixiando cada vez más –así lo demanda el gobierno real, el FMI– y de que la timba tiene que acelerar su ritmo, porque la máquina hace ruido, los tornillos están saltando y el aceite caliente ya quema. No hay ni plan ni proyecto ni meta económica más que ajustar todo lo posible hacia abajo y meterle dólares en el bolsillo a los que pueden comprarlos. No, no sos vos.

Pero sí te das cuenta de que los propios le dieron la espalda a Mauricio. Que les habló con el corazón y le respondieron con el bolsillo. ¿Te suena la frase? Si no, gugleala. Es parecida a esa otra, «el que apuesta al dólar pierde», o similar a la promesa de Elisa Carrió de que el dólar no iba a superar los $23. Nicolás Dujovne merece su propio apartado, que consista en cómo sus promesas se dieron vuelta, sus medidas fueron luego contrarrestadas por otras opuestas y sus vaticinios nunca se cumplieron.

El trabajador no compra dólares, de suerte paga las tarifas sin sacar créditos, pero el vértigo está en la calle y en el laburo, donde el jefecito recibe cada vez más cheques sin fondos. El desmoronamiento hace ruido y, por la televisión, la kiosquera que trabaja cerca las cuevas cambiarias remarca los precios delante de la cámara, «¿O no ves cómo van subiendo las pizarras?».

Amor, ¿y si hablamos del colonialismo?

Argentina tiene que afrontar las deudas en divisas, que en su mayor parte este gobierno contrajo. Según el Observatorio de Deuda del Instituto de Economía y Trabajo Germán Abdala, en 2018 vence deuda por 75.159 millones de dólares, de los cuales el 83% es deuda contraída por el propio gobierno de Cambiemos. ¿En qué se fue esa deuda? ¿En qué se ven los cientos de miles de millones de dólares de hipoteca que se contrajeron después de que se le pagó a los fondos buitre?

Argentina tiene que hacer frente al déficit de comercio exterior, que en 2017 fue el más alto de la historia y que en 2018 será el más alto de la historia, doble récord de pena de la gestión Cambiemos. Y no es porque se importa maquinaria para mejorar su capacidad productiva: la desindustrialización no para, en favor de lo menos dinámico de la renta. El campo, las mineras, las energéticas y los bancos son los ganadores del modelo. Cero valor agregado, cero desarrollo. Capaz que ahora sí se entienda que no somos todos el campo y que el campo no es ni puede ser el que mueve al país.

Argentina no tiene cómo conseguir esos dólares y a eso los timberos lo saben, por eso huyen en manada. Y todavía falta la bola que salga enojada en el próximo vencimiento de Lebacs.

Según datos del Banco Central, el dólar costaba $2,90 el 23 de mayo de 2003. El 10 de diciembre de 2015 el valor de la moneda verde era de $9,75. Al otro día, ya con Cambiemos plenamente en el gobierno, el dólar costaba 9,77%. Ayer, el dólar de Banco Nación costaba $34,50. Pues bien: en 12 años el dólar se encareció un 236,2%, en menos de tres años subió el 253%.

Y eso es hasta ahora. Porque se va a devaluar más. Y los precios de la comida, de las tarifas, entonces, de todo, van a subir más, mucho más, hasta enterrarnos vivos, de qué valen mayores precisiones ya.

Estallido, la palabra que no se dice

El programa de timba y ajuste actual convierte en coloridos unicornios de felpa a Rodrigo, Martínez de Hoz, Sourrouille o Cavallo. El gobierno es duro hasta la burrada con su línea porque en el fondo carece totalmente de pragmatismo, acaso de conocimiento, ni qué hablar de empatía. Una cosa es hacer negocios para la propia clase, otra cosa es cargarse un país entero haciendo esos negocios. El objetivo era estabilizar el gobierno de los CEO, más sencillamente, volver a la oligarquía. Sin desprecio en su acepción, significa literalmente el gobierno de los pocos y sirve dentro de la historiografía argentina como un nombre potable para el orden nacional previo Yrigoyen. Un orden salvaje, pero que supo, al menos, durar.

Se cansan de tratar de ajustar la realidad a sus marcos teóricos, que eran viejos ya en la década de los 90. Fallaron todos, en todas las áreas. Todos. Hiper deuda externa, hiperinflación, tarifazos, pérdida de empleo, parate en la obra pública, crisis energética. Y sí, son fallas: podrían haber convertido en durables sus negocios de rapiña, tuvieron lo necesario para hacerlo, como ningún otro gobierno democrático posterior al 83. Llegaron con poquísimo desempleo, poca deuda (¡Poca deuda! ¡Dilapidaron una excepción histórica!), un déficit fiscal que siempre fue menor al actual, apoyo en bloque del sistema de información, apoyo de las potencias internacionales, apoyo, dos veces, del electorado. Pudieron ser eternos, destrozar de a poco, hervir como sapo a la gilada, acostumbrar al trabajador a la vida de mierda o el exilio. Pero repiten tanto los errores tan continuamente porque en su visión del mundo esos errores son aciertos, y así llevan al orden –y a la democracia– al borde de la explosión. Torcer la realidad a los propios deseos, cueste lo que cueste. Berretines de niños bien, toscamente brutos como un Esteban Bullrich, arrogantes como para haber dicho que eran el mejor equipo de los últimos 50 años. Al final, no era más que eso.

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