Dos lenguajes y miradas diferentes sobre Santa Fe, la muestra de Héctor Bruschini y Ana Fabry.

Héctor Bruschini, Tito, creció sus primeros años en el barrio Palermo de Buenos Aires. Hijo de fotógrafo, ni se acuerda de las primeras veces que disparó, pero sí se acuerda de que colgó la cámara cuando se metió con los libros, las películas y la música. No tenía todavía 15 años. Se instruyó en flauta y saxo, cuenta mientras en todo el museo suena Miles Davis.

Mudarse a Santa Fe a los 17 años no le fue muy fácil en su momento: “Yo amaba vivir en Buenos Aires, tenía mis amigos y todo eso. Hasta fui monaguillo en la Abadía de San Benito en el casamiento de Palito Ortega. Nos dieron 100 pesos cuando terminó la ceremonia, me alcanzaba para comprarme una bicicleta, imaginate. Pero así como me los estaba guardando viene el padre José María y tac tac, para el fondo de acólitos, chau a los 100 pesos. Nunca más pisé una iglesia”, sentenció.

Primo del Dippy Segovia, baterista de Them, se pasaba veranos de los sesenta en los ensayos. Había un afecto que empezaba a crecer. Mientras eso seguía gestándose, otras cosas iban pasando, como la resignación a que tocar Charlie Parker era imposible, una separación que derivó en la compra de la primera computadora y el descubrimiento de la fotografía digital: “Yo digo a mis amigos fotógrafos que son buenísimos, a diferencia mía, que ni siquiera lo soy. Yo soy artista. A pesar mío muchas veces sí, porque creo que mi mirada no es algo que yo controlo, sino que está cargada de todo mi bagaje cultural”.

—Hace poco, hablando con unos músicos punks, decían no aspirar a una “perfección artística”, sino a hacer las cosas que los entusiasman…

—¡Claro! Si tuviera que decir que soy fotógrafo diría exactamente eso, ¡soy un fotógrafo punk! –grita como preámbulo a una carcajada airosa.

En un cuarto negro, hay unas sillas repartidas en las que acomodarse para ver en una pantalla una extensión de la muestra, compuesta por 18 fotos colgadas en las paredes de afuera, que se expresan casi totalmente en blancos y negros. A ellas se agregan 15 pinturas de Ana Fabry que recuperan elementos y nociones puntuales expuestas en las fotos de Tito, en el contraste remarcado de sus luces forcejeando contra las sombras, con suerte dispar.  

Como sea, si no le hace sentir el calor propio del estar comprometido emocionalmente, Tito no arranca. Así fue que empezó la idea para la muestra que armaron con Ana, mayormente por email, aunque también se pueden seguir las reacciones de ella mientras él iba subiendo las imágenes a Facebook: “Yo un poco renegado, pero acepté porque la admiro muchísimo, aparte de que es grossísima”. Tito pone al servicio todo su buen humor cuando se mete en algo, cuando comparte las fotos que saca durante sus paseos por Candioti y cuando se sienta frente a los micrófonos de FM Ochava Roma con amigos. Ahora, Tito llega y charla con la chica de la entrada del museo, que le muestra unas cosas en el celu. Al final, lo termina diciendo: “creo que lo que nos hermana con Ana, a  pesar de las diferencias lógicas que hay entre la fotografía y la pintura, es que tenemos una misma mirada. Hay algo de la emoción que le imprimimos, miramos la ciudad con ojos muy amorosos, no somos indiferentes.” Si no hay cariño que no haya nada, entonces.

Fabry, desde la pintura, y Héctor Bruschini, desde la fotografía, le ponen su sensibilidad a un nuevo registro de nuestra ciudad.

El sillón de la sala de Zaraga, los márgenes de una pileta con agua verdosa, Zaraga mismo, texturas diversas, vegetaciones a través de toda una paleta de verdes, son algunas etiquetas posibles para las pinturas de la artista, que expuso en galerías de México, Londres, París.

Las imágenes en las paredes presentan una ciudad a través de los distintos recortes, a veces identificables sin más como el Puente Colgante, otras más misteriosas, con distintas temperaturas, sin dificultad percibida por la predilección a no registrar en colores. Por ahí se podría leer que se trata de la confluencia de dos artistas expresionistas, acaso los elementos detectables coincidan para soportar esa acusación. Mientras, Bruschini recrea la charla con un amigo que le recrimina la falta de cohesión entre sus fotos: “Roberto, yo no quiero narrar una historia, le dije. Aunque ahora vamos a hacer un libro juntos y estuve pensando, y sí voy a contar algo ahora, o mejor, voy a armar una serie. El año pasado tuve un ACV y cuando salí del Cullen y empecé rehabilitación, me tomaba el 16 para ir hasta Guadalupe y viajaba con la cámara, así que sacaba en el camino, a las 8 de la mañana, la Costanera con niebla y el colectivo y la gente”.

Aunque diga que no hay historia, que la única intuición que lo guía es lo que ha leído y visto, hay un motivo que termina siendo declarado: “Yo quiero que la gente quiera a la ciudad. Nosotros lo tuvimos al Brigadier López que tenía la cabeza de Pancho Ramírez en la puerta del Cabildo, capital de Argentina y de América Latina, ¡lejos! Acá pasó de todo, A Rosario nadie la fundó, ¡nosotros tenemos 400 años de historia! La música de los 60, Birri, Saer, qué te puedo decir. Ahora, si la ves con ojos de gordo tomacerveza bueno… mi propósito es que terminemos enamorados de Santa Fe”.

Nuestra vuelta por la sala, entre comentarios, se frena cuando nos paramos enfrente a la siguiente imagen: un hombre camina descalzo en medio de la niebla, de espaldas a la cámara, con un blanco invierno comiéndose la escena de arriba hacia abajo.

—Eran las 7 de la mañana, me parece una mierda aprovecharme de una situación para ser efectista, pero después de pensar en eso, la disparé –cuenta Tito–. Lo hablé con gente y me decían que no me preocupe, que estaba bien. No sé.

Dónde

 

La muestra se puede ver en el Museo Municipal de Artes Visuales Sor Josefa Díaz y Clucellas (San Martín 2068), de miércoles a domingos hasta las 20. Sábados y domingos de 17 a 20 hay visita y taller “De la foto a la pintura y de la pintura a la foto”.

 

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