El prestidigitador

Algunas notas sobre Weekend, de Ariel Aguirre.

En los últimos cinco o seis años una nueva camada de escritores y escritoras santafesinas levantó el guante de lo que parecía ser la forma de expresarse propia de otra época y la actualizó. Parecía que la literatura no presentaba más que trabas, entre vocabularios acartonados y la plata que sale editar un libro “físico”. Pero algo se movió.

Bastante apagada venía la cosa hasta que unos entusiastas se hicieron notar a fuerza de cooperativismo, apostando a fortalecerse en la horizontalidad, armaron cantidad de talleres para trabajar sobre sus escrituras, pero también aprendieron a encuadernar con las propias manos y sacaron a la poesía de las aulas como hasta ahora no habíamos visto. Por lo menos no en Santa Fe.

Y fueron ganando cuerpo, algunos con una poesía ligada a lo performativo, con especial esfuerzo en el manejo de las entonaciones, los volúmenes y el movimiento. Si te interpela algo de lo que van leyendo, chasqueás los dedos, que equivale a una risa o a decir “same”.

«El prestidigitador», un cuadro atribuído a El Bosco (año 1502, aproximadamente).

En otro tanto se agregan quienes le dieron una vuelta de rosca a ese discurso grisáceo de verbos como “comenzar” (¿quién dice “comenzar”?) o falto de puteadas silvestres y escenas de sexo. Esas formas parecían ser inevitables y propias de poemas y cuentos, arrastradas hasta hoy por una gran mayoría de autores. Por suerte apareció el qué te pasa cuando vivís con tu gata y recién perdiste el laburo, si preferís acompañar la birra con maní o con porro, que tu vieja te echó de casa pero antes te mandó a comprar forros. La poesía no es evidente, pero nos rodea.

Claro está que para encontrarse con estos textos hay que patear ferias o ir a librerías que se preocupen más por sus clientes que por lo mucho que se puedan llegar a vender los libros del imbécil que dibuja a ese gato estúpido que se vive copiando de Mafalda. Si van a Del Otro Lado, encontrarán de la buena, seguro.

Pero bien, este cambio de paradigma en cuanto a la producción y presencia de los literatos no se quedó en los títulos ingeniosos de sus eventos de Facebook y sus flyers con chanchitos, sino que caló hasta en la agenda pública que tuvo que empezar a facilitar a los artistas infraestructura de sonido y tablas y fierros que sirvan como escenario, amén de los incentivos económicos y editoriales. Justamente a través de uno de estos concursos fue que se pudo editar este libro, Weekend, ganador del Premio Literario Municipal 2016. Los ocho cuentos con los que Ariel Aguirre armó este libro se parecen en su diferencia. Es decir, que en lo que no se ve, en su falta de pretensión, en su perfil bajo, en lo que se encanuta hasta último momento es en donde el escritor hace su gracia. Es como sentarse a ver una película. El libro empieza: “Julián va en moto por una avenida que costea el mar” y el paneo se abre, suena The Clash o Intoxicados, lo mismo da, mientras logramos ver a un banana vestido de blanco, que sabe mucho de motos, pero que, bueno, ¿está o no abriendo una película? Con una resolución tan modesta como puntual, ya compramos. También hay algunas escenas largas con los personajes haciendo tareas muy poco destacables. El ejercicio de esa licencia para mostrar lo que se quiere en vez de lo que le reclaman desde la tribuna le llevó menos a Aguirre que a varios grandes artistas de esta y de otras disciplinas.

Hace algunos días, Weekend se presentó como una de las “Novedades de la laguna” en una jornada organizada por Contramar Editora, una editorial que consta de un grupo de platenses interesados en “la literatura y el pensamiento” y que, a propósito de este libro, reseñan, en palabras de Javier Yanantuoni, que “Aguirre narra en medio de la precariedad, la precariedad que ingresa en la clase media y muerde sus pequeños lujos, la precariedad que medra el lenguaje correcto, y que también adelgaza los límites y desinfla las aspiraciones profesionales. No lo hace desde la crítica, sino asumiendo esas nuevas condiciones para la juventud de los años dos mil con la suficiente fatalidad como para captar los nuevos movimientos del deseo y de las relaciones”.

Aunque es claro que no todos los relatos de Weekend son iguales superficialmente porque, de nuevo, el truco está escondido en un movimiento de muñeca, en el desafío de ensayar un giro inesperado que nos agarre por sorpresa cual pase mágico. “No se puede hacer más lento”. Las resoluciones son dispares: por ahí narra a través de una carta para los pibes o desde el cuerpo de una gata, a veces aparece lo fantástico mezclado con lo terrorífico, a lo Quiroga. Aguirre no le esquiva al bulto y tampoco es condescendiente, consigue ser políticamente incorrecto con una habilidad notable para tampoco patear al perro: violaciones, un tipo que tiene sueños eróticos con su hija adolescente, exploraciones sexuales y parejas heteronormadas.

Estos condimentos a veces están velados y otras veces son explícitos. En todos los casos, hay un intento de hacer notar que elegir o predecir qué es lo que va a pasar no es una decisión del público, sino del escritor.

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