Un gran lector adolescente tiene fijaciones sucesivas con los autores. Recuerdo a mi hija buscando todos los libros de Conan Doyle. Me acuerdo de mí leyendo todo Agatha Christie. Un amigo, Walter Scott. En mí ha sido una constante toda la vida. Recuerdo mis etapas Vallejo, Kafka, Salinger, Faulkner, Foucault, Bolaño,  Fitzgerald, etc. Y muchas veces, una vez leída toda la obra de un autor, volvés a leer alguna parte. Es como cuando te gusta un poema que lo leés una y otra vez hasta que, en soledad, lo sabés de memoria y te lo decís en cualquier momento en que aparezca su recuerdo. Una vez conocí a un tipo que se sabía decenas de poemas de Borges que te decía en ocasiones de encuentro y vinos, con el mismo placer que seguramente había tenido al leerlos por primera vez. Momentos en que las palabras son objeto de caricia y amor.

Agatha Christie fue la primera de una larga serie de autores policiales que seguí a lo largo del tiempo. Y si bien leí toda la obra de Raymond Chandler y Dashiell Hammett y alguno de Charles Williams y Patricia Highsmith y Ruth Rendell y Stieg Larson, etc., nunca volví a leer ninguna, excepto El largo adiós, que creo que leí como cinco o seis veces. Casi todas las semanas me bajo alguna policial que, a esta altura, muchas veces desecho antes de la página 10. Y ésa es la ventaja de los libros que bajás de internet: los podés dejar sin ningún costo.

Pero lo que quiero decir, es que ahora lo que ando buscando es una serie policial. Lo bueno de la serie policial es que funge como una novela. Anoche, bah, esta mañana a las siete, terminé de ver una. Como siempre, después del primer capítulo vi los quince minutos finales del último. Quiero saber cómo termina una obra literaria o del cine. En general, a las personas no les gusta saber el final de una obra.  A mí eso no me pasa. No me importa cómo termina, y no soporto estar ansiosa por saber cuál es ese final durante el proceso de lectura. Quiero decir, si podés volver a ver El padrino unas cuantas veces, o volver a leer El largo adiós, no podés decirme que es porque el final te interesa. Te interesa el proceso. No es como una lámpara de vitraux, que sólo al final la ves completa en su encantadora idiosincrasia. Es sólo buscar la última página, y listo, ya la puedo leer tranquila. Un gran ejemplo es The fall. Al empezar ya sabés quién es el asesino.  

No saber te obliga a buscar el significado de manera retrospectiva. Doble trabajo. Por ej., el final de Sexto sentido. El tipo había estado muerto todo el tiempo. Yo la vi con mi amiga Flopy, que dijo, ante mi total sorpresa: “Me había dado cuenta”. ¿Cuándo, cómo, dónde? Tenés que volver a ver la peli y vas diciendo: ah, claro, cómo no me di cuenta.

Debería haber reglas para este tipo de cosas. Debería haber una que impida que las novelas y las películas de amor terminen mal. Para eso está la vida. Shakespeare se equivoca. Romeo y Julieta no es una obra que trate del amor sino que trata de la desgracia que se cierne sobre las personas que pelean por tonterías. El amor no es lo más fuerte, dice. Y a mí eso no me gusta. Y debería haber otra regla que impida que los thrillers terminen a lo Agatha Christie. Que después de leer varias de sus novelas sabés que tenés que sospechar del menos sospechoso y ya estás adivinando cómo será el final, lo cual no tiene, eventualmente, mucha gracia. Excepto la serie que terminé hoy temprano. Porque ese final, por inesperado, vuelve loco a alguien. Pero tiene una vuelta de tuerca interesante. Porque los asesinos resultan ser todos. Como en la vida misma.

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