Un cuento chino de la inflación

—Buenas, ¿cómo anda?

—Muy bien, hasta contento le diría.

—Ah, bueno. Digamos que no está viendo la realidad… o al menos no la que se vive en la diaria.

—Para nada, usted conoce el cuento chino.

—¿Cuál, la peli de Darín donde cuenta una caja de tornillos, Philips, de industria argentina y luego se pelea por teléfono porque le enviaron 330 en vez de 350 tornillos como decía en la caja?

—No, la peli no.

—Ah porque en esa película los 100 gramos de tornillos lo cobraba 5 pesos. Vaya con 5 pesos ahora a un kiosco y capaz que le dan unos caramelos.

—No, no compro tornillos. Así que no podría asegurar a qué precio están hoy. Yo me refiero a un cuento popular chino que puede ayudarlo a mirar la realidad de otra manera.

—Ah, las fuentes orientales tamizadas por Osho y releídas por Durán Barba. Listo, cerrame la 8.

—¿Suerte o desgracia?

—¿Qué?

—El cuento empieza así. Había una vez un pobre campesino chino muy sabio que trabajaba la tierra duramente con su hijo.

—Bueno para arrancar, de salario por trabajo realizado no estaríamos hablando.

—Déjeme continuar, yo lo escuché a usted ahora déjeme hablar a mí.

—Pero…

—Un día el hijo le dijo: “¡Padre, qué desgracia! Se nos ha ido el caballo”. “¿Por qué le llamas desgracia?”, respondió el padre, veremos lo que trae el tiempo…

—Está bien, la inflación de enero a septiembre en el Indec confiable es del 24,3. Se les escapó el caballo.

—A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. “¡Padre, qué suerte!”, exclamó esta vez el muchacho. “Nuestro caballo ha traído otro caballo”.

—En 2018 se registran 154 despidos por día. Cuántos caballos serían…

—“¿Por qué le llamas suerte?”, repuso el padre. “Veamos qué nos trae el tiempo”. En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se enojó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró una pierna. “¡Padre, qué desgracia!”, exclamó ahora el muchacho. “¡Me he quebrado la pierna!”. Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció: “¿Por qué le llamás desgracia? Veamos lo que trae el tiempo”. El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, solo se quejaba en su cama.

—¿Usted me está comparando la realidad que estamos viviendo, con dos trabajadores, uno que debería estar jubilado, y que pierden un caballo, luego encuentran uno y el más joven se fractura y no disponen ningún derecho a la salud?

—No, volvieron el caballo viejo y uno nuevo.

—¿Usted me está jodiendo?

—Escuche, escuche. Pocos días después, pasaron por la aldea los enviados del rey buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo. Con el tiempo se enteró que todos esos soldados murieron en la guerra. El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver que lo malo no era tan malo y que siempre hay algo bueno esperando.

—Disculpe pero estoy atónito. No hay índice que pueda servir para medir lo que estoy escuchando.

—Gandhi dijo: Lo importante es la acción, no el resultado de la acción. Debes hacer lo correcto. Tal vez no esté dentro de tu capacidad. Tal vez no esté dentro de tu tiempo que haya algún resultado. Por ejemplo, si usted le saca los componentes de dólar y tarifas, la inflación es más baja que en cualquier de los momentos de los años anteriores.

—Queremos ser parte del mundo. Queremos ser el parte del siglo XXI.

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