El Flaco y la Solapa

En la resolana de la siesta, sentado bajo un sauce, el Flaco escribe en su cuaderno: “Una ola que crece a nuestras espaldas en una foto. Una ola que se rompe en espuma verde, la espuma y tu cuerpo y el mundo que es nuestro y se rompe, es una ola. Estabas ahí, ¿te acordás?”  

El Flaco recuerda con cierta melancolía a una novia que se llamaba Guadalupe en una playa cuyo nombre no recuerda, hasta que una patada voladora en la nuca lo saca de sus cavilaciones y lo desplaza casi dos metros hasta la orilla de la laguna química y putrefacta. Se seca desesperado las manos con la remera, después se la saca y la tira al agua burbujeante, donde unos bichos fosforescentes tironean la tela en distintas direcciones hasta deshacerla en pocos segundos. Recién después de hacer todo eso mira tratando de entender quién le pegó, primero no ve nada y luego tampoco, pero escucha un chiflido, viene del caño de desagüe.  

Entre la oscuridad de la sombra ve un chico, amarillento. Se acerca, desconfiado, mientras va descubriendo que no es un chico amarillento sino más bien un enano rubio con una mano de lana y otra de hierro, tiene unos borcegos Ringo destartalados que le llegan hasta la rodilla, de donde asoma un 38 tumbero, también luce una musculosa de V8 y sombrero de paja.

“Cómo andá, Flaco”, dice con voz cascada y el Flaco no sabe si conoce su apodo o es casualidad, aunque empieza a temer lo primero. Antes de que el Flaco conteste, el Porá continúa:

“Veníte, amigo que tengo un balde lleno de birra helada, acá a un toque nomás, venite amigo”.

El Flaco no puede dejar de mirar el pito duro y enorme del enano, que se levanta bajo su pantalón de arpillera como un cañón venoso.

“Lo que pasa es que así con el estómago vacío y el viento norte me va a hacer mal, acompáñeme a comer algo primero y después, si quiere, vamos” alcanza a balbucear el Flaco como si el trato formal le ofreciera alguna distancia. Camina hasta el árbol donde dejó el morral, volviendo la cabeza casi a cada paso, el enano lo sigue contento, como dando saltitos.

Saca una bolsa con galletitas de agua y otra con cucumelos, dispone todo sobre un trapo. El Flaco se sienta como chinito, el Enano se queda parado, con el pito que parece más parado que antes. Cuando ve los hongos se abalanza y se llena la boca con la mano de lana y con la de hierro, angurriento como un cerdo.

Después se quedan dos horas mirando un timbó, después cantan y bailan, hasta que el Flaco se saca el pantalón y agita una carrera hasta el agua. El Enano corre como un remolino, gritando y disparando al aire.

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