Manos

Hace algunas noches vi un documental sobre la escritora norteamericana Joan Didion. Es raquítica, se pinta los labios, usa el pelo más bien corto. Lo que más llamó la atención fueron sus manos. Humanas, pero al mismo tiempo robóticas: huesudas, con tendones pronunciados y venas casi negras que aparecen debajo de la piel traslúcida como si fueran cables. Parecen dos máquinas diseñadas como una imitación perfecta. Cuando Didion relata la muerte de su marido, o cuando habla sobre la muerte de su hija Quintana, levanta en el aire esas manos que atravesaron décadas, las hace volar como si pudieran ayudarla a explicar lo que quiere explicar.

Nunca miro las manos de los otros pero sí recuerdo algunas. Sobre todo las de mi papá: enormes, toscas como las mías. De otras tengo un recuerdo menos visual que táctil. Manos que increíblemente reconozco cuando me vuelven a tocar, por la presión o por su temperatura. Siempre pienso que en las manos está uno de los logros de nuestra especie; sirven para demasiadas cosas, son prácticas. Pero además son especiales. “Cortad al hombre las manos y restaréis al cuerpo humano toda la gracia terminal y la sutilidad de su infinita armonía”, escribe Alfonsina Storni en Las manicuras, uno de los Bocetos femeninos que publica en el diario La Nación. El texto regala delicadeza y femineidad, pero aparece firmado por un tal “Tao Lao”.

A veces me pongo a mirar mis propias manos. Son dos piezas raras, los dedos se mueven como si tuvieran vida propia. Como me como las uñas casi compulsivamente, los dedos se volvieron más anchos; los pulgares son espátulas. El índice de la izquierda está atravesado por unas líneas extrañas, parece un pollo arrollado cocido con una tanza. Hay una explicación: cuando era chico, estaba obsesionado con los ventiladores, y una noche metí el dedo en uno. Me acuerdo de la sangre y de la desesperación de mi hermana.

El protagonista del primer cuento de Winnesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, es Wing Biddlebaum, un hombre que “hablaba mucho con las manos. Sus dedos expresivos y delgados, siempre activos, siempre luchando por disimularse en sus bolsillos o detrás de su espalda, emergían y se convertían en las bielas de su maquinaria de la expresión. La historia de Wing Biddlebaum es la historia de sus manos. Su actividad incesante, como el aletear de un pájaro enjaulado, le había valido su apodo. Se le había ocurrido a algún poeta conocido del pueblo. Las manos alarmaban a su dueño. Él quería mantenerlas escondidas y miraba con asombro las manos tranquilas e inexpresivas de otros hombres que trabajaban con él en los campos o pasaban por los caminos, conduciendo somnolientas yuntas de animales”. Si Biddlebaum se esfuerza por esconderlas, es porque esas manos fueron su ruina, y lo transformaron en un ermitaño.  No voy a decir por qué. Pero cuando uno lo sabe, siente una piedad enorme, pero también una gran ternura por alguien que, como todos nosotros, a veces intenta escapar de sí mismo pero nunca lo logra.

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