Solo llamo para pagar

Arranqué mi día tomando tres mates medio fríos y llamando a la corpo de cable e internet más chiquita pero con nombre de gigante (ni loco le hago publicidad gratuita) porque estoy adherido al débito automático pero hace dos meses que no me cobran la factura… y hace dos meses que soy cliente de ellos. ¿Recuerdan que hace dos meses y medio, oh casualidad, les conté de mi nefasta conversación con Emiliano, un telemarketer de la corpo verdadera para darme de baja del servicio? Si no se acuerdan, es porque no leen la web del periódico, así que ajo y agua. Bueno, ya me arrepentí: quiero volver a ser un esclavo de Magneto. Y sí chiques, leyeron bien: llamo para pagar y no tener deudas. Y el otro día le dije al mozo del bar donde almuerzo con mi viejo cada tanto que no me habían cobrado una gaseosa. Los que tenemos plata hacemos lo que queremos, ¿y? La gaseosa la pagó mi viejo, obvio.

La cosa es que llamo y me atiende “un tal Lucas”. Muy, muy amable. Le explico que no quería que se me siguiera acumulando una deuda que no tengo por qué pagar, ya que me adherí al coso ese en el que tienen tu tarjeta y hacen lo que se les canta. Me dijo que tenía razón y que por eso me pasaba al área de cobranzas. “Qué operativo”, pensé yo. Esto con Clarín no pasaba. Canté victoria antes de tiempo, desde luego. Y en ese momento fue que me di cuenta que en toda corpo hay un Emiliano, pero a veces le decimos “Nancy”.

Empecé a explicarle a Nancy (después del correspondiente “Buenos días”), cuando de golpe me interrumpe en seco para pedirme mi DNI, sino no podíamos seguir con el trámite. Tenía razón, pero el tonito me encolerizó. Retomo la explicación y me vuelve a interrumpir para decirme que yo no estaba adherido a ningún débito automático y que el incumplimiento del pago se debe a un problema con el banco o la tarjeta. Quizás yo no tenía fondos para pagar, pero la empresa no tenía nada que ver con ese problema.

No me gusta que me interrumpan cuando estoy hablando, ni que me hablen encima de lo que digo. Me pone nervioso. Tragué saliva, me tomé un mate lavado, y le dije: “Nancy, por favor, ¿puedo terminar?”. Me dejó hablar no más de 15 segundos en los que alcancé a explicarle a las apuradas que es imposible que me sucediera eso porque por lo general no uso la tarjeta y lo que pago por mes es muy poco y siempre los últimos días del mes preveo tener dinero en mi cuenta para no olvidarme de pagar la tarjeta cuando vence.

Como si con todo eso (que ella no tenía por qué saber) no alcanzara, le dije además que soy una persona muy culposa que no tolera psicológicamente tener deudas. Y le conté que en la Genealogía de la Moral, Nietzsche explica muy bien el origen de la “culpa” que, en alemán, se escribe “schuld” y significa “deuda”. Que no me deja tranquilo deber y que, justamente por eso, era imposible no tener fondos.

A Nancy le importó tres pitos mi neurosis obsesiva, Nietzsche y si soy o no un pequeño burgués propietario. Me volvió a interrumpir de mala manera con un tono ya acusador: “Acá usted incumplió por un pago y lo tiene que solucionar en el banco. No hay registros de que usted esté adherido a débito automático”. Y me lo dijo ignorando que yo en mi poder tengo una factura que dice que estoy adherido, un cuaderno Gloria y testigos que lo pueden confirmar.

Me enojé. Pero para no terminar discutiendo con Nancy, le dije que me pasara con otro/a operador/a porque me estaba tratando mal y no me quería poner nervioso ni tratarla mal yo a ella. Me dijo que tenía que volver a llamar. “Perfecto. Chau.” Corté y volví a llamar.

No conozco a nadie que llame dos veces seguida a una de estas empresas que se manejan con call center y le pase esto: “Hola, buenos días. Mi nombre es Nancy, ¿en qué puedo ayudarle?”. El acento caribeño volvió posible lo imposible. “¿Otra vez vos?”, me quejé en formato de pregunta. Dos segundos de silencio: “¿Señor Ramiro?” Celebré que no me haya dicho Rodrigo.

Le dije que si quería no atenderme ella, yo no tendría problemas. Que me pidiera que vuelva a llamar y lo hacía. No me dijo nada, así que le pedí que me escuchara. Que yo solo quería resolver mi deuda. Lo hizo. En dos minutos tenía resuelto el problema. Pero ahora el problema es que no me descontaron los “gastos administrativos” por el atraso en el pago porque el problema era mío y no de ellos.

Fin del trámite. Me despedí disculpándome por si le había faltado el respeto o se había sentido ofendida. Solo me dijo “Que tenga un buen día”. Esta conversación me demostró una cosa: que Nietzsche tiene razón con lo que dice sobre la culpa. Porque corté y lo primero que pensé es en no haberle cagado yo el día a Nancy.

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