Una manzana

Como no sé qué escribir, como estoy atontado, decido hacer un ejercicio. Voy a ponerme la campera para salir a dar una vuelta a la manzana. Voy a escribir lo que veo. Apenas pongo un pie en la vereda una señora se queja: “tuve que estacionar en el centro, me cobraron un dineral… la próxima vez me tomo un taxi”. Su interlocutora es una mujer con peinado de peluquería, que está a años luz de estas coordenadas espacio temporales, ni siquiera la escucha. Es un día hermoso, hay sol, detrás de las fachadas de estas casas está la primavera que todos esperamos. Este fue un invierno duro.

La empleada de mis vecinos barre con energía la vereda. Es alta y está encorvada, tiene la misma postura que yo. La manguera está abierta, desperdiciando litros agua. Le cerraría la canilla.

Más adelante caminan dos chicas de pelo largo. Una lleva una bolsa blanca de cartón, de una tienda. En letras gigantes se lee: “MONA”. Pero yo no leo “Mona”, leo “nona”, esa palabra tan familiar. Mi nostalgia siempre alterando las cosas. El error dispara las mismas imágenes, como si la cabeza fuera una máquina: frente de la casa de los abuelos, patio, pileta, vestidos floreados de la abuela, olor de la cocina, calma de la siesta.

En la veterinaria de la esquina alguien pegó un cartel con la foto de su gato perdido. Es irreconocible, igual a mil gatos. Hace un tiempo, un gato perdido se escondió en mi patio y lo descubrí en la oscuridad, cuando sus ojos delatores brillaron detrás de unas plantas, por la luz de la linterna de mi celular. Sigo. A mitad de cuadra el vivero confirma que ya existen flores. La dueña, que me enseñó casi todo lo que sé sobre las plantas, también barre su vereda. Cuando paso me dice: “¿Cómo estás, nene?”. “Nene”, le agradezco con una tierna sonrisa. Al lado aparece la sede de Cambiemos, con ese arco iris que me asusta.

Durante una cuadra no pasa nada. Unos chicos vuelven de la escuela, y cuando nos cruzamos ni siquiera me ven, para ellos soy un fantasma que llega desde el mundo de los adultos. Doblo en la esquina y paso por la rotisería. La dueña está dura detrás del mostrador, como todos los días, con la cabeza apenas levantada, mirando las imágenes que tira un televisor que cuelga de la pared. Por atrás pasa uno de los cocineros, vestido de blanco como una virgen.  

Vuelvo a entrar en mi casa. El ejercicio que acabo de hacer me hace pensar en Georges Perec: “Claro que vivimos, claro que respiramos; caminamos, abrimos puertas, descendemos escaleras, nos sentamos a una mesa para comer, nos acostamos en una cama para dormir. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? Describa su calle. Describa otra. Compare. Haga el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguese sobre el lugar de donde provienen, el uso y el devenir de cada uno de los objetos que saca de ahí. Interrogue a sus cucharitas. ¿Qué hay debajo de su empapelado? ¿Cuántos gestos son necesarios para discar un número de teléfono? ¿Por qué? ¿Por qué no hay cigarrillos en los almacenes? ¿Por qué no?”.

 

Foto: Gerardo Dell’Oro.

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