Detalles e historias de la tercera edición del festival más santafesino.

¿Por qué habremos demorado tanto en tener un festival de cumbia? Cuesta encontrar una razón puntual, a lo mejor podríamos decir que la idea de montar infraestructuras de gran porte estuvo bastante disociada de la humildad técnica de la que “la movida tropical” dispone regularmente. Pensemos en que en su época de más alto vuelo musical, todavía con Sergio Torres como cantante, Grupo Cali ensayaba en un patio a cielo abierto (la evidencia está en YouTube). La profesionalización de los artistas se cristaliza en las big bands que dirigen los solistas más importantes y parece haber a un público que estaba preparado para portarse de la mejor manera: no se podrá jugar un clásico con las hinchadas de Colón y Unión juntas, pero esto sí.

La organización de la 3ra Fiesta Nacional de la Cumbia Santafesina se enfocó en lograr masividad (todas las noches con 15 mil personas, en promedio) pero sobre todo, accesibilidad popular: el regalo y los canjes de entradas a cambio de donaciones, así como la gratuidad para menores de 12 años le dieron forma a un público lleno de familias, que bailaban alrededor de montañas de ropa con sus nenes durmiendo, pasaban con bandejas llenas de hamburguesas y se abrazaban al ritmo de Los Lirios, que llegaron desde Las Parejas como uno de los grandes números del viernes, dirigido desde 1984 por el acordeonista Tito Pennesi.

Un policía prejuicioso intentando dejar el pucho, una enfermera aburrida, una chica llamando la atención de Marcos Castelló al grito de “¡Compañero!”. Algunas de las escenas que se podían ver paseando por el Hipódromo la segunda noche, que empezó con el show de Gabriel Pastor y La Band, uno de los artistas jóvenes que llegaron por el certamen Cumbia Solidaria.

Al término del show de Grupo Cali, en la zona de conferencias, su líder Darío Zanco no hacía un paso sin sacarse una foto, una buena onda que resultaba corriente en casi todos los músicos. Al mismo tiempo, un fotógrafo de Pausa accedía a sacarse una selfie con el Teto Medina, quien descubrió un idéntico en nuestro colega.

En el escenario, se pasaban las mismas imágenes del año pasado en memoria de los músicos fallecidos, lo que ató nudos en las gargantas de la mayoría, sobre todo cuando se proyectaba la estampa de Leo Mattioli. Este momento de homenaje se hizo en las tres noches. En algunos momentos se puso tenso el clima con el público por el excesivo protagonismo que, de tanto en tanto, se cobraban los presentadores.

En la entrada al Hipódromo, por Circunvalación, las motos en fila parecían fichas de dominó, rojas, azules y negras brillando debajo de un toldo de humo anaranjado por las luces de la calle, con olor a grasa.
Algunas de las casas aledañas también armaron sus puestitos, sacaron parlantes a la vereda y colgaron focos en los ceibos. La primera noche, muchos puesteros quedaron mirando al suelo: “Vinieron a las 8 de la noche con una resolución de que no podíamos vender alcohol… Ahora me tengo que quedar toda la noche sentado arriba de los cajones”, le contó Darío a Pausa, ante el gesto blando de su esposa, mientras su hijo jugaba entre los puestos. Por suerte, alguna estrategia –que desconocemos– se ejecutó y los tragos pudieron expenderse con algo más de cintura.

Sergio Torres, Mario Pereyra y Coty Hernández fueron los headliners, los que clausuraron y culminaron cada una de las noches, respectivamente y, aunque no estuvieron Los Palmeras (homenajeados por Los Bam Band), estos tres solistas tienen voces increíbles y clásicos para tirar para arriba. Dijo una pareja doble a la salida, caminando por Blas Parera: “Sergio la rompió, pero es más corte para escucharlo, de calidad. Con Coty te cantás todo, hasta allá arriba. Y Mario, el más popular, con Mario la gente bailaba a morir”.

La cobertura fotográfica de Pausa, acá:

Cumbia, baile y porrón

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