La nueva gestión del Banco Central promueve una timba financiera salvaje y demasiado peligrosa, con un ritmo cada vez más veloz.

Si las “metas de inflación” del ex presidente del Banco Central Federico Sturzenegger generaron una bola de Lebacs, que le explotó a él y a su sucesos, Nicolás Caputo El Breve, el actual presidente Guido Sandleris con su rústica aspiradora de pesos marca Leliq no parece figurar un horizonte distinto, sino peor. En el camino, la moneda se depreció en menos de tres años de ortodoxia monetaria mucho más que en 12 años de heterodoxia populista, el estallido de capitales en fuga demostró que al dinero poco le importa que un presidente hable (mal) el inglés, los picos de inflación van arruinando a los trabajadores y a todo el sistema productivo, porque el salario no sube al mismo ritmo y el poder adquisitivo cae, y la deuda externa se multiplicó como nunca, superando a la hipoteca histórica de la última dictadura.

Son cuatro torpedos que van a requerir muchos, muchos años de reconstrucción. Si es que hay posibilidad de reconstrucción alguna.

Igual, más rápido

Como sucedió con la burbuja de Lebacs, la burbuja de Leliqs va creciendo sin que los medios gubernamentales le presten mayor atención, hasta que se vuelva inocultable y entonces los periodistas puedan manifestar un falso desconcierto ante la inminente explosión. Con gusto ahora hablan de la “calma cambiaria”, como si no perteneciera al ámbito del delirio el nivel de tasas de interés que paga el nuevo instrumento de moda.

La mecánica no es demasiado diferente a las de Lebacs, excepto por algunos puntos no menores. Las Lebacs eran unos pagarés del Banco Central que daban jugosos intereses y que podían ser compradas por cualquiera –al menos, a través de un banco o de un operador de bolsa–, mientras que las Letras de Liquidez sólo pueden ser compradas por los bancos. La otra diferencia sustantiva: las Lebacs vencían al mes (y a los 60, 90 y más días), mientras que las Leliqs vencen en apenas ¡siete días! Una tercera diferencia: antes de la gestión Sandleris, las Lebacs tuvieron una tasa máxima del 47%; con la gestión Sandleris, las Leliqs arrancaron con tasas del 60%, que rápidamente se fueron a más del 70% y allí se quedaron merodeando. A veces esa tasa llega a 72%, ahora está un poco arriba de 68%. 

Vale aclarar que Sandleris también le otorgó al remanente de Lebacs, que se tienen que disolver para fin de año por orden del FMI, una tasa del 57%.

En términos simples, la tasa de interés es la ganancia que se obtiene por la especulación financiera. No son los términos precisos, sí es la descripción exacta. El dinero –más bien, los dueños del dinero, no seamos fetichistas– elige dónde volcarse de acuerdo a dónde puede obtener mayor ganancia. Si un Banco Central –garante último de un país– ofrece semejante tasa, el dinero va en esa dirección, nunca en el camino de la inversión directa en fierros, maquinarias, un galpón: nada da una ganancia del 70%. Si el Banco Central luego moviese esa bola de guita prestada en función de facilitar el otorgamiento de créditos blandos y populistas, o de financiar obra pública, sería otro el cantar. Pero esa bola de dinero no tiene otro fin que ofrecer algo más atractivo que el dólar, hasta en términos internacionales: las Leliqs están atrayendo verdes del exterior, quizá los mismos que se fueron cuando explotaron las Lebacs, cuando el tipo de cambio se fue a las nubes. La bicicleta financiera con los capitales golondrina está andando de nuevo, pero ahora tiene motor a explosión y es mucho más rápida.

Historia en cifras

Tras la devaluación con la que arrancó el gobierno de Cambiemos, Sturzenegger creyó que ofreciendo fuertes intereses financieros iba a lograr contener el dólar por dos vías: atrayendo dólares del exterior (más oferta de dólares) y ofreciendo ganancias en pesos que no podía ofrecer ningún sector productivo real de la economía. Por eso las tasas de las Lebacs en mayo de 2016 eran de 30%, el pico de interés hasta que se desató la crisis cambiaria en abril pasado.

El sistema era simple y se lo conoce como bicicleta. Consiste en vender dólares, comprar pesos, obtener un interés formidable en pesos y, luego, ante la mínima vibración, duda o constatación de que la economía no tiene ningún fundamento sólido, volver a cambiar los pesos por dólares y huir.

Cuando asumió, Sturzenegger tenía 337.177 millones de pesos de deuda en Lebacs. Representaba el 80% de las reservas y el 53% de todo el dinero circulante en la economía. Cuando la burbuja le estalló, tenía 1.148.668 millones de pesos en Lebacs, que representaban el 90% de las reservas y el 112% de todo el circulante en la economía. Con el gesto desesperado, Sturzenegger llevó la tasa de las Lebacs del 26% en abril de 2018 a 40% en mayo. Había que impedir que todos los pesos se fueran al dólar en masa. Fue imposible: el tipo de cambio de referencia el 15 de mayo, cuando saltaron todos los resortes y se ofreció esa tasa ridícula, de quebrado, era de $24,79. El año había arrancado en $18. Para cuando se fue Luis Caputo –que prefería liquidar reservas en lugar de elevar la tasa– el dólar estaba a $38,40. Sandleris llegó para repetir el esquema de las Lebacs, pero con una timba mucho más veloz, las Leliqs.

A la fecha, los especuladores ganaron en intereses por jugar con las Lebacs la absurda suma de 465.463 millones de pesos, entre enero de 2016 y la última licitación de octubre. La bola se redujo por dos factores: la huida al dólar, la devaluación –que licúa la deuda en pesos– y la orden del FMI de achicar la bomba. Al 1 de noviembre apenas quedan 190.584 millones de pesos de deuda en Lebacs.

La nueva bomba

Como 2018 ya había arrancado con la bomba Lebac creada, comenzaron a ofrecerse estas nuevas letras, las Leliq. Pero hasta el 14 de agosto la deuda de Leliqs nunca superó los 188 mil millones de pesos. Se puntúa esa fecha porque ahí comienza a activarse la bomba: el stock de deuda en Leliq se disparó de 97.032 millones de pesos ese día a los 602.090 millones de hoy: en 56 jornadas financieras creció un 521%. Si a las Lebacs le tomó casi tres años multiplicarse tres veces, a las Leliqs les tomó tres meses multiplicarse seis veces y alcanzar más de la mitad de lo que fue el stock de las Lebacs antes de la explosión. A este paso, en muy poco tiempo las Leliqs van alcanzar el mismo volumen. Aunque sea en pesos –un peso tan devaluado– seguirá siendo una deuda inmanejable por lo volátil: todo lo que está allí está esperando el momento de rajar y convertise a dólar.

¿Y por qué crece tanto la bola Leliq? Porque la aspiradora Sandleris empezó a pagar tasas superiores al 70%. Y el stock actual –que representa más de la mitad de la bomba de las Lebacs, pero con casi el doble de tasa– tiene con un único deudor: el sistema bancario, que ofrece a la gilada plazos fijos por arriba del 40%, para hacerse de los pesos en circulación y ponerlos a girar en las Leliqs. Dentro de esos depositantes también están quienes especulan con grandísimos volúmenes.

El congelamiento monetario no es tal, o es lo de menos: lo que hay es una tasa de interés que demuele cualquier incentivo a la producción real y, de paso, a la compra de dólares. En lugar de emitir moneda, el Banco Central prefiere emitir deuda, y encima con tasas delirantes. Ni siquiera les da el pinet para llamarse ortodoxos.

Ya se vio qué pasó cuando el Banco Central tuvo que salir a desarmar la bola de Lebacs: devaluación, salto de la inflación y pérdida de reservas. ¿No te parece rarito que tu plazo fijo te de más guita que tu aumento por paritaria? ¿Qué va a pasar cuando la bola de Leliqs se haga más grande todavía que la de las Lebacs, en una velocidad muy superior, y los bancos vayan a pedir dinero contante y no papelitos? ¿Con qué dinero operan los bancos para jugar a la timba? ¿A quiénes van a rescatar al fin de la jornada?

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