Vacunarse para el bien común

Foto: Silvana Boemo.

Romina Libster, investigadora adjunta del CONICET, habló de vacunación en términos de “acto solidario”, ya que protege tanto a quien recibe la vacuna, como a miembros de la comunidad que no estén inmunizados.

“No sólo protege a quien la recibe directamente, sino también a aquellos miembros de la comunidad que, por distintas razones, pueden no estar inmunizados contra determinados patógenos”, esta fue, quizás, la idea saliente entre las distintas que postuló Libster, que se desempeña principalmente en la Fundación para la Investigación en Infectología Infantil (INFANT).

Sin ir más lejos, cuando en 2009 se desató la pandemia de gripe A (H1N1), ella trabajó en equipo con otros médicos e investigadores en el estudio de los grupos de riesgo de enfermedad severa a los que debía priorizarse para ser vacunados. Este trabajo permitió que al otro año no se registrara caso alguno de internación por infección de este virus.

En la época de apogeo de las fake news, en la que se les da demasiada importancia a tierraplanistas y conspiranoides antivacunas, la especialista en el estudio del impacto de enfermedades inmunoprevibles asociadas a la mortalidad infantil, dijo:

“Después del agua potable son la intervención que más ha logrado disminuir la mortalidad en el mundo entero. Salvan entre 2 y 3 millones de vidas todos los años. Son, sin duda, uno de los grandes logros de la salud pública del siglo XX. No tenemos vacunas para todas las enfermedades infecciosas, pero sí para muchas que son potencialmente mortales y devastadoras. Hoy en día, por sólo poner un ejemplo, ya hay muchos lugares en el mundo que están libres de poliomielitis, pero antes de la aparición de la vacuna fallecían miles de personas todos los años y otros quedaban con graves secuelas a causa de esta enfermedad”.

Romina Libster (foto de Verónica Tello).

La neumonía bacteriana, la meningitis, el sarampión y la tos convulsa son apenas algunas de las patologías que se lograron controlar a través de las amplias coberturas de vacunación. La ecuación es simplísima: a medida que más gente se vacuna, menores son los índices de infección y mortalidad. En cierto punto, se alcanzaría lo que se conoce como “inmunidad colectiva”:

—Es el beneficio indirecto que tienen personas dentro de una comunidad que no están vacunadas por el solo hecho de estar rodeadas de personas que sí lo están. Al disminuir la trasmisión y la diseminación del patógeno infeccioso, se genera una especie de escudo protector haciendo que estas personas susceptibles tengan menos chance de encontrarse con él y enfermarse. En toda comunidad hay personas que no pueden o no tienen indicación para recibir una determinada vacuna, sea por que no alcanzaron la edad suficiente  (por ejemplo, la del sarampión se recibe recién al año de vida) sea porque se encuentran con las defensas bajas por un tratamiento o una enfermedad o por alguna alergia especifica. Mas aun, también hay personas en las que una vacuna no alcanzó la respuesta esperada (hay que tener en cuenta que no son siempre 100% efectivas) haciéndolas susceptibles de enfermarse sin saberlo. En este contexto, las personas que se vacunan no sólo se están protegiendo a sí mismas sino también a todos aquellos que no pueden vacunarse. Es mas, mis vecinos vacunados tal vez me están protegiendo a mí que sí me vacuné pero no generé las defensas esperadas o yo los esté protegiendo a ellos sin saberlo. De este modo, vacunarse se transforma también en un acto solidario- contesta la investigadora, entrevistada por Miguel Faigón.

Entre otras cuestiones, Libster esbozó una teoría del por qué reaparecen brotes de enfermedades que se consideraban ya controladas refiriendo que “las vacunas son víctimas de su propio éxito”, lo que contraería que las generaciones más jóvenes no dimensionen de la manera debida aquellas patologías que no llegaron a conocer: “Cuando no hay peligro inminente la gente tiende a bajar la guardia. Es fundamental la concientización de que los niveles de vacunación tienen que ser altos todo el tiempo, justamente para que las enfermedades eliminadas no se vuelvan a introducir”.

En este sentido, también se pronunció sobre la acción de los grupos antivacunas:

—Entre las personas que no se vacunan o no llevan a vacunar a sus hijos, muchos lo hacen tal vez porque desconocen sus beneficios tanto individuales como comunitarios, otros porque tal vez se encuentran confundidos por las contradictorias informaciones disponibles al respecto. Internet y las redes sociales son un medio de comunicación a través del cual muchas opiniones no sustentadas por evidencia pueden tomar rápidamente un carácter masivo. Esto se suma a lo ocurrido con un trabajo publicado en 1998 en una de las revistas más importantes en medicina a nivel mundial  [se refiere al artículo Ileal-lymphoid-nodular hyperplasia, non-specific colitis, and pervasive developmental disorder in children publicado el médico británico The Lancet en febrero de 1998] en el que se afirmaba que la vacuna triple viral (que es la que se administra para prevenir contra el sarampión, paperas y rubeola) estaba asociada al autismo. Por este artículo muchos padres en el mundo dejaron de vacunar a sus hijos. Sin embargo, desde aquel momento, además de los muchos estudios que ya se habían hecho, se han realizado decenas de investigaciones en todo el mundo y ninguna encontró una asociación entre el autismo y la triple viral a nivel poblacional. No sólo eso, sino que además una investigación encontró que este artículo era fraudulento, e incluso la revista se retractó por haberlo publicado, pero el daño ya estaba hecho. Todavía hoy, por desconocimiento, hay mucha gente que asocia a las vacunas con el autismo.

Como último argumento pro vacunación, Libster se expidió respecto de los efectos adversos de vacunarse  (alerta de spoiler: los beneficios de hacerlo son mucho mayores a cualquier eventualidad que se pueda padecer):

—Todas las vacunas, como cualquier medicamento, tienen posibles eventos adversos. En el caso de las vacunas, la mayoría de estos eventos son leves y transitorios, como dolor e hinchazón en el lugar que fue aplicada la vacuna o alguna febrícula, pero los beneficios que ofrecen son muy superiores a cualquier perjuicio circunstancial que pueda aparecer. Es importante subrayar que para que una vacuna llegue al brazo de una persona tienen que haber pasado muchos años de investigación y que para ser aprobada tiene que cumplir requerimientos de seguridad muy rigurosos y ser evaluada por varios comités de especialistas y autoridades regulatorias que miran todo esto con lupa.

Fuente: Conicet.

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