“Es un problema de la sociedad en la que vivimos”, decía Carlos Tévez cuando salía con Gago para hablar con algunos periodistas en la puerta de los vestuarios. Esa frase la repetían como loros santiagueños los comunicadores en todos los canales de televisión. Un minuto después, en la misma entrevista, el ex jugador del pueblo lanzaba una chicana para ponerse como ejemplo, sin saberlo, de la declaración que terminaba de dar. “Cuando pasó lo que pasó en la cancha de Boca (gas pimienta) los jugadores de River decían que ningún futbolista de Boca se acercó para solidarizarse, ahora pasa todo esto y ellos tampoco se acercaron para ver cómo estábamos”.

Tévez es la política, los periodistas, los hinchas. Tévez somos  todas y todos. Acá no le cabe (entera) la frase cervecera santafesina: “Así somos, así nos gusta”. Rápidamente la sociedad se expresa en las redes sociales y gana por goleada la palabra vergüenza. Y aparece el moralismo medio pelo repitiendo: “Esto lo está viendo el mundo”. Mientras tanto, Trump es ese “mundo”. Y así se multiplican nuestras moralinas argentas, esas que se encuentran en las redes sociales, como vidriera de la vida y del todo.

Acá, allá y en todas partes

Y así pasaba un sábado a la tarde más del fútbol argentino, aunque esta vez tenía categoría internacional. Sábado a la tarde, día y horario del Ascenso en este país. Ese Ascenso que muchos relacionan con la barbarie del conurbano bonaerense, con la cancha de Laferrere, Los Andes, El Porvenir, Talleres de Remedios de Escalada y la lista es interminable. Ese Ascenso de barro, faso, merca y chupi barato de los barras, parece que se trasladó a la elegante avenida Del Libertador, donde viven los pudientes y civilizados porteños. En La Matanza, donde malviven Almirante Brown y Laferrere, o en el Nuñez de River Plate, puede pasar todo lo que ya vivimos. Y una vez en Santa Fe se jugó un clásico a puertas cerradas, por las dudas, y hace poco en Rosario tampoco se pudo jugar, por las dudas. Entonces un gobierno te manda a Sarandí, a otra provincia, para jugar uno de los clásicos más importantes de la historia. Los jugadores solos, a puertas cerradas, un jueves a las tres de la tarde. Puede pasar eso, y más también.

Estamos jodidos y lo sabemos. Una votación de impares puede terminar 38 a 38 en la AFA y todo sigue como si nada hubiese pasado. Estamos jodidos y lo sabemos, un presidente te puede cagar a palos por docente, te puede hacer pagar todas las deudas por pobre, te puede hacer morir de hambre por la herencia y a vos, medio pelo moralista ese presidente “te puede”.

Estamos jodidos y lo sabemos. En este país, donde el fútbol es poder y hasta te da un sillón presidencial, Macri puede hacer chistes del tema con el ruso Putin y la alemana Merkel. Le puede saltar la térmica pidiendo que haya visitantes para “la gran final”, y al rato, cuando el impulso se diluye, la prensa amarilla amiga lo olvida.

Sabemos que todo es un papelón, todo, pero ni siquiera eso nos preocupa. Somos esos borrachos que ni saben en qué fiesta están y ya no hay nadie que se acerque a decir: “paren de tomar que esto va a terminar mal, muy mal”.

Mientras tanto, a las 19.14, cuando faltaba un minuto para que se cumpla la hora indicada para que comience la final (segunda postergación de Conmebol), escucho a un periodista de Fox que dice: “minuto a minuto la información cambia, podría no jugarse”.

Y al rato sale la noticia: “Partido suspendido”. Afuera del Monumental, donde convive Nuñez con Belgrano, donde el macrismo gana elecciones de taquito, la policía se cruza con los hinchas y les da palos y más palos, como ya es una costumbre en estos tiempos de cambio. Y otro periodista en la tele me recuerda, por si el fútbol produce amnesia, que en pocos días van a venir unos tipos pesados, que se hacen llamar G-20. ¿Qué cosa tan mala puede pasar?

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