Yendo a un mitín carnívoro, el jefe de este periódico ante mi preocupación por la falta de temas para la columna me informa: “De las 16 páginas del Anuario, 14 son de calamidades, como decís vos, Lic”. Las restantes, estoy seguro, son la contratapa y la publicidad a página entera del Quini 6.

Entonces, me pregunté qué carajos hacía: ¿agrego más calamidad, onda tiro pronósticos económicos catastróficos basados en nada, cosa de confirmarle el prejuicio al/la lector/a, y a sabiendas de que son los posteos más compartidos? ¿Los/as preparo para lo que viene, resumiendo un poco lo que ya saben que van a leer en las siguientes páginas? Eso no iba a ser bien visto por el staff del periódico, supuse. ¿Hablo de cosas lindas? Me van a acusar de descomprometido social y no sé qué más de todo eso.

Pensé, pensé y pensé… hasta que pincharon el barril y me desconcentré. Pero después volví a pensar en qué hacer y se me vino a la mente la solución ferpecta: hablar mal de muchos/as de los/as lectores/as.

Seguramente, la mayoría va a pasar las fiestas en familia, ¿no? Y seguramente, además, la mayoría de ustedes no cree en las fiestas, ni en Dios, ni en el patriarcado, ni en la familia occidental, ni en las vacunas y ni en el 4G de Personal. Sin embargo, para el 24 y el 31, somos Los Benvenutto, porque al final… ¡lo primero es el vitel toné!

Sí, son unos/as truchos/as. Y yo también. No importa la excusa, siempre terminamos sentados/as en una mesa en la que el 80% de las personas nos cae mal. Hasta yo me caigo mal en esa mesa. Estamos whatsappeando desde que llegamos hasta que nos vamos, o tuiteando las frases fachas u homofóbicas célebres en cualquiera de estas fiestas para ver quién ganó la apuesta de más barbaridades posteables.

Casi todos/as nos quejamos de tener que pasar las fiestas en familia. Llega el 24 o el 31 y el hit de “y ahora embolarme hasta que se hace la 1 y que alguien se vaya para ver si me acerca a lo de fulanite”. Pasan los años, pasan los políticos, pasan los panelistas de Estudio Fútbol pero esa frase queda. La vengo diciendo desde que tengo 15 años; edad que no coincide para nada con la que dejé de creer en Papá Noel.

Por otro lado, uno/a siempre dice querer “pasar unas fiestas en paz y en familia”. Sepan que pasar unas fiestas en familia y en paz atenta contra el principio de no contradicción de la lógica. Es imposible lograrlo. Y yo creo que la mayoría de las personas lo sabe pero lo tolera. Como con la muerte: uno sabe que va a morir, pero sin embargo sigue viviendo como si no lo supiera. Pasar las fiestas en familia es como la muerte. Bueno, quizás exagero, pero siempre lo hice. No se van a quejar justo ahora porque hablo mal de la familia. También están los/las que quieren pasarla con los/as seres queridos/as y sin embargo terminan yendo a brindar con la familia. Inexplicable.

Supongamos que al final la cosa termina saliendo bien y reina la paz. ¿Cuál es el precio por ello? ¿Callarse la boca cuando el tío Rodolfo hace un chiste a lo Cacho Castaña? ¿O cuando la tía Claudia le desea cáncer a la yegua que ze dobó todo? Como sea, termina la joda, cada cual para su casa y en el camino la conclusión general es: “Che, al final la pasamos bien”. Tener que remarcarlo en voz alta ya me hace sospechar de lo que entienden por “pasarla bien”.

¿Pero saben quiénes son los y las que más me molestan? Los y las que la militan desde el 3 de enero con que “Este año nos organizamos y pasamos al menos una de las fiestas con amigos y amigas porque con la familia es un espanto”. Y todos/as los/as giles que les creemos re manija con que por fin vamos a poder pasar una fiesta como queremos, y cuando llega diciembre resulta que se empieza a organizar la cosa y te salen con que “Yi ni pidi pirqui li pisi in Rinquin cin mi fimilii” (traduzco para mis viejes que no usan redes: “Te cagué de nuevo como el año pasado”). Sí, con la misma gente que hace once meses les hizo pasar el peor año nuevo de su vida, que fue idéntico al anterior y así en una regresión al infinito. O sea que prefieren ir a confirmarse el prejuicio con una señora que si se la cruza en Facebook la bloquea y la trata de vieja facha y que encima te regala medias. ¡¿Cómo le vas a regalar medias a alguien para Navidad?! Solo mi abuela puede hacer eso. ¿Medias? ¿En serio? Se nota mucho que las compraste de a tres pares a un vendedor ambulante en la peatonal un día que llovió y te tuviste que cambiar las que llevabas puestas. Regalar medias es como regalar una lámpara de sal en una ciudad litoraleña donde la humedad no baja nunca del 104%: perverso.

Bueno, culpa de esa gente yo ahora tengo que ir a pasar las fiestas con mi familia. A menos que lean esta columna antes de Navidad, y entonces este año el vitel toné me lo tenga que morfar solo en mi casa mirando Crónica y “El programa de Lavecchia”, que son lo mejor que tienen las fiestas.

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