Una de las reglas de la percepción es el salto. Cada cosa que miramos tiene un eco, nos dispara a otra cosa. Tomemos, por ejemplo, la cara de un hombre o una mujer que observamos en el banco o en la sala de espera de un consultorio. En esa cara hay algo nuevo. El ojo la recorre como a un paisaje, pero de inmediato se superponen a esa cara otras caras del pasado. La forma de la nariz o de las cejas, la boca o los ojos nos llevan a otras personas, y esas personas nos llevan a una calle, al living de una casa a la que no volvimos, a una tarde que habíamos borrado.

El 24 de agosto de 1957, Julio Ramón Ribeyro anotó en su diario: “Es maravilloso el mecanismo de la vida interior, ese proceso inagotable e irrepetible de la asociación de ideas. Todo empezó en una caja de cerillas belgas que miré y que me hizo recordar a las cerillas españolas. La caja de cerillas españolas se circundó inmediatamente de multitud de objetos. Vi botellas de coñac, el colegio Guadalupe, antiguos camaradas, mujeres que me importaron y que ahora me parecen personajes de sueño o de lecturas. Luego vino París, el París de mis once días, a cual más diferente, más digna de ser amada; Munich y mis largos días de anacoretismo forzoso; Varsovia, donde fui nunca sabré cómo; Londres, con Perucho, con Romualdo, otra época, otro mundo”.

Saco los ojos de la pantalla y enfoco lo que tengo cerca: un vaso de vidrio. Es un vaso común, pero yo sé que es el único que sobrevivió de un juego de seis, y es el que siempre uso, porque es más grande que los otros. Cuando lo miro veo un vaso pero veo también otras cosas.

Es idéntico a los vasos que compramos en una época en mi casa, hace más de una década. Los trajimos desde un hipermercado y los usamos todo el verano. En esos vasos tomábamos gaseosa con hielo, frente al televisor o en la vereda, cuando bajaba el sol. Alguna de esas noches habré vuelto tarde y habré tomado agua helada en uno de esos vasos. Los padres ya estaban muertos, los hermanos habíamos levantado una casa como pudimos. En ese verano, como en otros, íbamos a la plaza a ver pasar gente, los mosquitos nos asesinaban, los ventiladores zumbaban en las piezas en las que caíamos anestesiados. Detrás de ese vaso de vidrio hay grillos grillos grillos taladrando la oscuridad de esa ciudad discreta en la que nací. En una época los grillos eran sagrados, no había que tocarlos. Pero desde hace unos años se volvieron una plaga y la gente empezó a matarlos sin remordimiento, a pisotazos, a chancletazos. Cuando era bastante chico, una noche no pudimos dormir por culpa de un grillo. Sonaba en toda la casa como una trompeta. Nos levantamos a buscarlo, entre todos. Esa escena quedó intacta y se repite como una película. Mi papá en slip, mi mamá con los pelos revueltos, mi hermano en cuero, mi hermana en bombacha con una remera vieja, toda una familia dormida buscando un bichito debajo de los muebles o en los rincones. Vuelvo de ese viaje y el vaso sigue ahí, duro, concreto, transparente.

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