Ahora, a llorarle a Mauri

Comercio e industria son dos de los sectores más afectados por el modelo de Cambiemos.

Los empresarios sufren los efectos de las medidas que tanto pidieron.

Dentro de los verdaderos misterios de nuestra tierra está la conciencia de los dirigentes de la empresa nacional, específicamente la generación que mantuvo la batuta durante los últimos 40 años, sin soltarla. Sus cámaras y asociaciones, sus referentes, sus encuentros y sus celebraciones expresaron hasta mediados de este año una alineación férrea y bovina con el gobierno, en lo que constituyó el tercer suicidio del sector desde 1976 a la fecha. Apoyaron a Martínez de Hoz, apoyaron a Cavallo, apoyaron a Macri y por tercera vez la misma generación de industriales y comerciantes –tanto los pequeños como los grandes– se hundió en la ruina y el quebranto.

Y se dan el lujo de mostrarse decepcionados, hasta asombrados.

Las cifras son tan contundentes que aburre redundar en datos. Vale indicar cuatro variables que pueden pintar todo el panorama.

  •  El comercio minorista bajó sus ventas en 33 de los 36 meses de la era Cambiemos, medido por una entidad super oficialista, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa, que hasta comienzos de año hablaba de “optimismo”. Las ventas medidas por cantidades están por debajo de 2009.
  •  En noviembre pasado el 89% de los comercios santafesinos tuvo caída de ventas.
  • Nunca durante la era Cambiemos el uso de las máquinas industriales superó al 70% de lo que hay instalado. A veces fue apenas del 60%, como en la crisis de 2002. Esto además significa que no hay razón alguna para invertir en fierros nuevos.
  • En 2018 se llegó al récord de pérdida de trabajo registrado industrial. En verdad, cayó casi continuamente desde 2015. Unos 107 mil obreros en blanco de la industria perdieron su laburo. Hay menos laburantes en el sector que en 2009.

Los principales compradores de las manufacturas argentinas en los comercios argentinos son los asalariados argentinos, cuyo poder adquisitivo –si no forman parte de la creciente legión de desocupados– se derrumbó en 2018 tanto que se puede decir, siempre siguiendo datos del Indec, que dejaron de cobrar el equivalente a dos sueldos (y un poco más). El efecto no sólo impacta en el bienestar de quien deja de comprarse ropa porque no le alcanza para el colectivo o quien se pasa de la Coca Cola a la Secco, sino que resulta en el cierre de comercios, la caída vertical de ventas en supermercados y, más temprano o tarde, la bajada de persianas en las industrias.

Las cadenas de pago crujen. La crisis del sector privado sin captación de renta o mando monopólico fue empujada por la apertura importadora y acelerada por la suba de las tasas de interés, que encareció desde el crédito al cobro de cheques. Pero su causa profunda es el vacío de los bolsillos de los trabajadores.

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