La frasecita

Creo que siempre escribo sobre lo mismo: esa sustitución asombrosa que hace que una cosa traiga a otra cosa; un lugar resucita una cara perdida, un olor nos arrastra a otra época, una imagen nos lleva a un día específico de nuestra historia. En el primer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust, Charles Swann escucha en un concierto una música que lo cautiva. Se enamora de esa melodía y trata, en esos tiempos sin Shazam o SoundHound, de rastrearla, inútilmente. Hasta que un día, en otro concierto, vuelve a encontrarla: “apenas unos minutos después de que el piano hubiera comenzado a tocar (…) reconoció −secreta, susurrante y fragmentada− la frase aérea y fragante que le había gustado y ésta era tan particular, tenía un encanto tan individual e insustituible, que fue para Swann como si se hubiera encontrado en el salón de un amigo a una persona a la que hubiese admirado en la calle y hubiera perdido la esperanza de volver a ver”. No se va sin antes saber el nombre de lo que escuchó: la Sonata para piano y violín de Vinteuil. Esa frasecita “danzante, pastoral, intercalada, episódica, perteneciente a otro mundo”, es el soundtrack de la historia de amor de Swann con una cocotte, Odette de Crécy: “el pianista tocaba, para ellos dos, la frasecita de Vinteuil, que era como el himno nacional de su amor”, y en el futuro esa música le hará pensar a Swann en su historia de amor que el tiempo, como siempre, modificó.

Hace unos meses fui a una fiesta electrónica en la que había diez mil personas a mi alrededor. De pronto, en el medio de la música sintética que llenaba la caverna de ese galpón gigante, escuché una frasecita familiar, una música que ya había escuchado antes. Era la canción que el músico Angelo Badalamenti compuso para la banda sonora de la serie de David Lynch, Twin Peaks. Pero en mi cabeza esa música no tenía nada que ver con Lynch. La reconocí al instante. Era la música de una novela que miré con devoción: Celeste siempre Celeste, 180 capítulos emitidos por Telefé entre 1993 y 1994. La novela, de una trama tan compleja como ridícula, giraba en torno a dos hermanas gemelas, una rubia y otra morocha, una buena y la otra mala, las dos interpretadas por Andrea del Boca. Los personajes vivían en Buenos Aires pero se trataban de tú y se gritaban: “Cállate”. La música de Badalamenti empezaba a escucharse cada vez que aparecía la hermana perversa, Clara: una Andrea del Boca cruel, con mucho maquillaje, vestida con ropa sexy y con una peluca inverosímil de color negro. En el barrio todos queríamos ser Clara y no Celeste, esa hermana insulsa y buena que sufría sin parar, como una mártir. Lo que encontré esa noche cuando volví a escuchar esa música fue el pasado. Un chico de doce años que veía esa novela en el televisor de una casa clavada en el interior del país, y que atravesaba su educación sentimental guiado por las mujeres de su familia pero también por esas dos mujeres irreales que aparecían todos los días en una pantalla.

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