La filosofía va más allá de Merlí

Juan Denis es una sensación santafesina en las redes, con sus videos de filosofía en Youtube que comenzaron como un recurso didáctico y hoy son vistos por miles de personas.

El contexto actual tiene la rara particularidad de que la filosofía está de moda: los libros de pensamiento filosófico o las series como Merlí le dieron impulso a las problemáticas históricas que dinamizaron la reflexión humana. En ese marco, los videos de internet dedicados a explicar frases, conceptos e ideas filosóficas se multiplican.

Juan Denis es un profesor de filosofía al que su hija le enseñó a ser youtuber. Estudió en el Instituto Fray Francisco de Paula Castañeda y actualmente es docente en distintas escuelas de la ciudad. Hace dos años creó un canal de YouTube con el objetivo de compartir videos con sus alumnos. “A mí me gusta dar clases en la escuela, porque ahí contactas con los adolescentes. Pero la situación del aula es compleja: si no empatizas con los pibes, si no te quieren escuchar, es complicado”.

Sin embargo, este espacio denominado Filosofía en Minutos, que surgió como una necesidad pedagógica, hoy tiene 16 mil suscriptores de todo el continente. Sus videos dedicados a contar la historia de la filosofía con una manzana, la muerte de Sócrates, el poder en Maquiavelo y Foucault, el existencialismo o la libertad tienen miles de reproducciones. “Yo empecé a hacer los videos para mis estudiantes. Pero ya no es así. Hoy le estoy hablando a otro público: estoy pensando en hacer contenidos para gente de toda América Latina”.

Denis cosecha miles de seguidores en Instagram haciendo preguntas existenciales. Pausa dialogó con él para conocer su experiencia en las redes, su opinión sobre la educación, la deconstrucción, el feminismo y el neoliberalismo.

 

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—¿Cómo surgió la idea de hacer Filosofía en Minutos?

—Fue en mayo de 2017. Estábamos en una reunión plenaria de docentes y el debate principal era qué hacer con los teléfonos celulares en el aula. Salí de esa reunión y pensé: dejó de dar clases o empiezo a hacer algo para resolver esta situación. Yo estaba harto de la apatía del aula. Entonces se me ocurrió grabar la misma clase que hago en el aula y subirla a YouTube. Cuando creé el canal le puse ese nombre, que se me ocurrió espontáneamente. Después me di cuenta de que ese video lo veía más gente que mis propios alumnos. Así que pensé en subir más videos. Para eso empecé a aprender a usar programas de edición de videos y de creación de animaciones. El segundo video que publiqué fue sobre la muerte de Sócrates. Y ese tuvo muchísima repercusión. Entonces empecé a hablar sobre el tema con mi hija que tenía seis años en ese momento. Ella me contó cómo actúan los youtubers y me explicó como tenía que hablar en los videos.

—¿Tu hija te enseñó cómo hacer los videos?

—Claro, me hizo una especie de coucheo. Yo no sabía nada sobre la lógica de internet. Recuerdo que me filmé con una cámara hablando de filosofía mientras ella me enseñaba a hablar como los youtubers que sigue. O sea, ella me explicó cómo tenía que hablar y expresarme en las redes. Y así seguí haciendo videos. Hasta que en febrero del año pasado publiqué un video donde critico la serie Merlí. Lo hice por catarsis, en el parque de la locomotora, un día que salí a caminar. Y ese video explotó. Me empezaron a comentar personas de otros países. Justo hablé de un tema de moda y el video tuvo miles de reproducciones. A partir de ahí empecé a hacer videos con más edición, con logo propio, con animaciones.

—Hay una frase que dice que “si el docente y el libro dicen lo mismo, uno de los dos sobra”. Siguiendo esa línea, ¿qué pasa cuando el docente y el tutorial de YouTube dicen lo mismo?

—Hoy un video de YouTube es mucho más eficaz que cualquier docente que vos puedas tener. Sin embargo, para mí hoy el docente, ese ser humano, es mucho más importante que hace 20 años atrás. Porque antes el que encarnaba el conocimiento era el maestro. Ese docente era el que explicaba los contenidos de una materia. O sino la alternativa era ir a la biblioteca a buscar un libro. Pero hoy sucede otra cosa: los alumnos tienen acceso tecnológico a tutoriales o libros. Entonces, la pregunta que surge es: ¿qué hago yo en el aula si en internet lo explican mejor? Mi respuesta es que los docentes tienen que despertar pasión. Porque una computadora no lo puede hacer. El docente tiene que evolucionar de ser un expositor a ser un apasionado. Se trata de despertar pasión e inspiración. Desde ese lugar, el celular ya no es un enemigo en el aula, es un aliado.

Merlí, el profesor fetiche

—¿Por qué decís que no te gusta el estereotipo de profesor que muestra la serie Merlí?

—Hay tres cosas trágicas. Primero, hay muchos docentes que son mejores que Merlí y nadie los conoce. Segundo, a mi no me gustan los docentes que maltratan a los alumnos como una forma de empatizar. Tercero, me molesta que se arme un fetiche de la serie, onda la Guerra de las Galaxias. Eso es lo más antifilosófico que puede haber. De repente, se critica a alguien que habla mal de la serie.

—Ese fetichismo acrítico no es filosófico…

—Claro. A mí lo que más me gustó de la serie fue el entramado de relaciones humanas. Eso me atrajo mucho más que la filosofía. Porque con esa fetichización de Merlí, hubiese sido lo mismo si era profesor de matemática o biología. Ese profesor se volvió una especie de fetiche, que se manifiesta en frases como “si yo hubiese tenido un profesor como Merlí, me gustaría la filosofía”. Eso es falso. Porque si vos hubieses tenido un profesor así, no lo ibas a identificar. Porque el acto de estar en el aula es molesto: ese personaje te hubiese chocado. Y además eso tiene una consecuencia muy grave, que se trata de pensar que si a los estudiantes no les gusta la filosofía es por culpa del profesor. Como si el docente tuviese la responsabilidad de todo lo que pasa en el aula. Nunca se cuestiona que el Estado pone dos horas de la materia filosofía durante los cinco años de la escuela secundaria o que hoy se mire más televisión que leer libros.

—O pensar que los problemas educativos se resuelven con docentes copados que hagan chistes. Además Merlí tenía muy pocos alumnos…

—Exacto. ¿Un solo curso tiene nomas? Además, imagínate esto: si yo edito un video con las diez  mejores jugadas que hice jugando al fútbol, yo sería Juan Román Riquelme. De igual modo, en Merlí te muestran 30 segundos de la clase. ¡Cualquier profe es bueno si lo editas en 30 segundos! A mí me parece que se arma un fetiche peligroso. Obvio que un profesor no va a ser Merlí, porque no tiene la edición ni la actuación. Ni tampoco tiene motivo para serlo.

«si yo hubiese tenido un profesor como Merlí, me gustaría la filosofía”. Eso es falso. Porque si vos hubieses tenido un profesor así, no lo ibas a identificar. Porque el acto de estar en el aula es molesto: ese personaje te hubiese chocado.

—Igualmente, esa serie puso de moda la filosofía.

—Sí, en eso hay que ser agradecido. Merlí y Darío Sztajnszrajber facilitaron todo. Yo tengo alumnas que me hablan de Platón o Schopenhauer como si nada. Hace diez años era impensado. Hoy un tipo como Darío llena una plaza hablando de filosofía. Él puso de moda la filosofía. Por eso yo con Filosofía en Minutos tuve suerte. Yo tengo 11 mil personas que me siguen en Instagram porque también están participando de una moda. Quizás en algún momento pase de moda, ahí veremos qué queda.

 La actualidad de la filosofía

—¿Y en esta época de moda de la filosofía cuáles son los temas trascendentales? ¿Los históricos, el ser, la vida, la muerte; o los actuales, como la ecología, el feminismo, el veganismo?

—Junto con la filosofía, también se pusieron de moda otros temas, que no son nuestros temas clásicos. Por ejemplo, la deconstrucción. Cuando estudié el profesorado de filosofía, ningún docente nombró la palabra “deconstrucción”. Sin embargo, en la actualidad ese concepto de [Jaques] Derrida se une con el movimiento feminista, entonces yo no puedo ignorar esa palabra.

—¿Cuánto de la noción de deconstrucción que hace Derrida hay efectivamente en su puesta en práctica?

—Yo creo que mucho más de lo que Derrida hubiese imaginado. Según el autor, la deconstrucción es una lectura; es un método de análisis de lenguaje. Porque Derrida entiende la realidad como texto. Un objeto es la palabra que lo denomina. Por ejemplo, esta mesa no es una mesa, es una palabra llamada mesa. El ser humano nombra y conceptualiza los objetos. No hay un objeto en sí mismo, hay una lectura del sujeto. Entonces Derrida dice que tenemos que cambiar, deconstruir, la lectura que hacemos de esta mesa. Fijate que este enfoque viene de la lingüística, de la gramática. Por su parte, el movimiento feminista no plantea solo la igualdad de derechos o la legalización del aborto, sino que también quieren cambiar el lenguaje. Plantean que el genérico ya no es “las” y “los”. Es decir, están redefiniendo el lenguaje. Esa es una forma de cambiar la realidad.

—Cambiar el lenguaje para cambiar la realidad…

—Bueno, queda para el debate filosófico si el lenguaje es anterior a la realidad o viceversa. Algunos piensan justamente que el lenguaje es anterior a la realidad. Pero yo creo que no. A mí me parece que si realmente cambia la realidad de las mujeres, seguramente las futuras generaciones van a reclamar por un lenguaje que se adecue a esa situación de igualdad.

—Por otra parte, otro de los temas clásicos de la filosofía es la verdad. ¿Cómo sería pensar la verdad, o lo verdadero, en un contexto lleno de fake news, trolls, posverdad?

—Yo en ese sentido soy un foucaultiano tradicional. La verdad es el poder. Lamentablemente. Pero la verdad es poder en cualquier ámbito: la familia, la escuela, la música. Hoy las fake news te dicen: yo puedo crear verdad. Pero el poder siempre valida la verdad. La verdad es lo normal, diría Michel Foucault. Eso significa que, supongamos, cuando alguien instaló la idea de que un bar es el mejor de la ciudad, normalizó esa idea, la instauró. Entonces el rol de la filosofía es cuestionar lo normal, la verdad, lo inclaudicable. Se trata de atacar a esa unión verdad-poder que imponen los medios y los políticos. O lo mismo sucede con la música: por ejemplo, casi todas las bandas de rock que escucha un santafesino son de Buenos Aires. Entonces yo me pregunto: ¿serán tan buenas todas esas bandas? ¿o será que algunas pocas sí lo son pero al resto las escuchamos sólo porque son de Buenos Aires? Es decir, sin caer en localismos, me animo a pensar que quizás en Santa Fe hay bandas que son superiores a muchas de Buenos Aires, pero sin embargo la gente escucha esas bandas por una cuestión de poder. Entonces, allá se instaura el poder de la normalidad.

 Esas viejas ideas nuevas

—En uno de tus videos comparas las primeras ideas liberales con los planteos de algunos economistas que se hacen llamar libertarios. Incluso esos economistas se autodefinen como anarcocapitalistas. ¿No te parece que eso es un oxímoron?

—El primer liberalismo proviene del protestantismo. Comenzó como una ideología religiosa: creían que Dios los bendecía si trabajaban mucho. Después todo eso se fue modificando con el paso de los años. Sin embargo, lo que a mí me asombra es cómo se venden ideas tan antiguas como novedosas. Porque la idea de un Estado completamente pequeño ya tiene más de 40 años.

—Margaret Thatcher y Ronald Reagan lo planteaban en la década del 70…

—La idea del libre juego del mercado es muy antigua. Pero quedó demostrado en los hechos que el Estado también es importante. A mí me asombra cómo algunos proponen, como dice Silvio Rodríguez, pasado en copa nueva. Entonces habría que preguntarse si podemos encontrar un camino en el cual el Estado exista para ayudar a los que menos tienen. Para mi es insostenible la no existencia de un Estado.

—A esta altura resulta difícil creer que esta ideología neoliberal o libertaria pueda resolver los problemas de pobreza estructural por ejemplo…

—Es difícil, porque la pobreza estructural deriva de la concentración de la riqueza. Y eso no se resuelve eliminando el Banco Central, como propone Javier Milei. El economista premio Nobel Joseph Stiglitz demostró que el 80% de las personas que nacieron pobres mueren pobres. Y cuando yo les pregunto a mis alumnos porque creen que pasa eso, me responden que son pobres porque quieren. ¿Entonces cuál es el problema? El problema es que la derecha es el sentido común. Vos hablas con un carnicero o un taxista y te presentan como normal, como sentido común, una opinión de derecha. Te dicen “hay que matarlos a todos” y lo plantean como sentido común, no como una ideológica.

 

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