Hubo antes por lo menos un gato, mi abuela contaba como anécdota que una vez habían salido con mi abuelo al cine, y al volver, Carlitos, le dijo ¿te acordás del gatito que teníamos? La abuela le pisó la cola con el sillón….No sé si la anécdota era graciosa pero sí triste, Carlitos tuvo esquizofrenia y pasó toda su vida en distintos psiquiátricos. Mis abuelos trabajaban en el psiquiátrico, ahí se habían conocido, mi abuela era jefa de enfermeras del sector infantil. Eduardito, el menor de los tres hermanos, era enfermizo y murió cuando era muy chico, creo que en brazos de mi papá, el mayor de los tres hermanos. Mi abuelo Víctor murió antes de que yo naciera, cuando mi papá estaba preso en Coronda y mi mamá en la Guardia de Infantería Reforzada. Cuando salieron de la cárcel se fueron a vivir con mi abuela Teresa que había quedado sola, en Centeno 855. Después nací yo y después fueron naciendo mis hermanos.

Tengo una imagen algo borrosa de dos patos, creo que los trajo Felisa, la mujer que me cuidaba. Los patos me daban miedo, corrían por todo el patio y yo los corría para cagarlos a patadas, sin lograrlo nunca. Felisa se reía de manera escandalosa, como siempre. Debo haber tenido unos tres o cuatro años. Los patos terminaron en una cacerola, en una casa en barrio Candioti que se llamaba “la casita”, donde vivían Marila y el Bolo, los hermanos de mi mamá que por aquel tiempo todavía eran solteros, creo que recuerdo esa noche, y esa cena, estaban también el Tata y la Ana, mis abuelos maternos (calculo que hacía muy poco él había vuelto del exilio y se habían mudado a Buenos Aires). A los detalles del menú los supe varios años después.

Tuvimos también varias tortugas en distintos momentos, a una la juntamos de la vereda, caminaba rápido, como escapando. Las tortugas se perdían en el patio, algunas aparecían después de mucho tiempo, supongo que de la mayoría nos fuimos olvidando, supongo también que tuvieron nombres que ya no recuerdo. Una comía solo cosas rojas, otra solo cosas verdes. A mí me gustaba ponérmelas en la panza acostado en el piso del patio boca arriba, cuando me caminaba me hacía unas cosquillas algo extremas y tétricas, que me contraían los músculos y me daban la misma sensación del vértigo de cuando Felisa me hamacaba hasta lo más alto en las hamacas grandes de la costanera.

Una vez apareció un tipo vendiendo loras, creo que cuando era chico era frecuente que apareciera gente vendiendo cosas raras. Fue mi primera mascota de la que tuve cabal conciencia o la primera que quise. La bauticé Felisa y la Felisa original festejó el homenaje, divertida.

No sé cuánto vivió la lora Felisa, pero su muerte fue traumática. Una tarde vi que sangraba por el vientre, mi abuela me llevó a la casa de un veterinario del barrio, mi abuela había sido por muchos años la enfermera del barrio, conocía a todos y todos la conocían y querían. Era fácil querer a mi abuela. El veterinario era gordo, con el pelo grasoso y respiraba con dificultad, estaba en piyamas o con una bata aunque no era de noche. Dictaminó que seguramente había comido revoque en el patio, que la dejáramos dos días en la jaula sin comer y que íbamos a necesitar suerte.

A contra pronóstico la lora resistió los dos días, cuando comíamos la llevábamos a otra pieza porque la pobre se desesperaba. Fuimos a algún lado esa tarde, cuando volvimos era de noche y fui directo a verla, feliz porque al otro ya podía comer. Todavía la recuerdo tirada en el piso de la jaula, por muchos años guardé en mi cajón una de sus plumas verdes.

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