Trinche Carlovich: el fútbol que idealizamos

Gambetas y fantasía, mito, material de la ficción y más, en la historia de un 5 rosarino.

Jorge Valdano, el eterno delantero de la ciudad de Las Parejas, dice: “su leyenda es un lugar común en Rosario”, y habla de los habitantes de Rosario como “una exagerada manera de ser argentino”. En esa ciudad, donde la bohemia siempre tiene reservada una mesa, nació un 19 de abril de 1946 Tomás Felipe Carlovich, el séptimo y último hijo de un inmigrante de la ex Yugoslavia, Mario, y una rosarina de nombre Elvira. Con el correr de la vida ya nadie lo llamaría por su nombre, simplemente sería El Trinche.  

El fútbol, como las ciudades, está lleno de mitos, de verdades exageradas y de otras verdades ocultadas. De verdades exageradas se construyen mitos y leyendas, y los relatos se multiplican en cientos de voces y las historias se repiten, se divulgan como la reproducción del gol de Maradona a los ingleses, se hacen libros y tantas notas periodísticas como gambetas tiró El Trinche.

Dice la historia de los bares y las canchas de tierra de Rosario que el gran Roberto Fontanarrosa lo enfrentó en campeonatos amateurs, lo vio jugar en la reserva de Rosario Central y trazó de él un retrato: “El Trinche era un fenómeno, hacía cosas que nadie esperaba. Era habilísimo y le pegaba a la pelota, además de fuerte, con una variedad de golpes fabulosa. Anticipó cosas que después se le vieron al Bichi Borghi. Era un atorrante, iban a buscarlo para que entrenara. Coincido con los que dicen que fue uno de los mejores jugadores argentinos”.

Las palabras de Fontanarrosa son suficientes para poner a Carlovich en el poster gigante de los rosarinos. Como escapado de un cuento escrito por el Negro, la figura de El Trinche encarna la figura de un tipo que está en extinción, el talentoso, el bohemio, el que prefiere el barrio antes que las luces céntricas, el crack que tuvo todo para triunfar, el solitario, el enigmático, el que dejan que cuenten cosas que a esta altura del campeonato, ya no le importa aseverar o desmentir.

A jugar

El niño Tomás Carlovich tuvo una infancia austera, su contexto social se encuadraba en los márgenes del histórico barrio de Belgrano. Con la de trapo, la Pulpo o alguna de cuero, Carlovich siempre anduvo con su juguete en los pies. Y un día llegó a Central y debutó en el Canalla ante Peñarol en un partido amistoso en Montevideo. De manera oficial se produjo el debut un 3 de agosto de 1969, en el reclasificatorio para el campeonato Nacional que se jugó en el segundo semestre de ese año. Ingresó en reemplazo de Alberto Gómez en el segundo tiempo del partido contra Atlanta, que terminó igualado sin goles. Luego, el 30 de agosto, por la cuarta fecha del Nacional, jugó los 90 minutos ante Los Andes (también terminó 0-0), en la cancha de Banfield.

El técnico de ese entonces, Miguel Ignomiriello, no lo tenía entre sus preferidos. El Trinche se encontró con un entrenador que tenía como ejes la disciplina del entrenamiento y el rigor físico para el juego, dos características opuestas a ese “5” bigotón.

Así fue como, según el propio Carlovich, llegó a Flandria, donde estaría durante cuatro meses.

Central Córdoba

En 1970 se sumó al club que lo lanzaría a esa fama mitológica: Central Córdoba. Con el Charrúa consiguió el título y el ascenso a Primera B. El día de su debut la rompió ante Sarmiento de Junín, pases, caños y dos goles en su haber.

Todo lo que fue y pudo haber sido es una de las grandes columnas para sostener la leyenda del Trinche, así lo demuestra su carrera inconstante. En Central Córdoba estuvo en cuatro períodos: 1972-1974, 1978, 1980-1983 y 1986, jugando nueve temporadas, y sumando 28 goles en 236 partidos.

En 1976 pasó a Independiente Rivadavia de Mendoza, donde disputó la Liga provincial. No duró mucho porque la leyenda cuenta que Carlovich extrañaba Rosario. Entonces, cuando podía, huía. Una vez, por caso, se hizo expulsar en un primer tiempo de un partido para llegar a tomar el micro que lo iba a trasladar a su ciudad natal.

Las fotos de época lo inmortalizan en Mendoza y es una postal de su carrera futbolística. El Trinche luce una camiseta con botones, algunos desabrochados, el pecho un poco al descubierto, las medias bajas, sin canilleras, unos rulos largos, una barba de días. La imagen del “antisistema” en un fútbol que ya se corría por los gruesos billetes. En Independiente Rivadavia le decían El Gitano, un apodo que mutó a Rey después de una victoria por 5 a 1 en un clásico provincial.

Su paso Sabalero

En Colón no tuvo suerte. El 10 de abril de 1977 se puso la camiseta rojinegra por primera vez, en Parque de los Patricios, en el partido en el que su equipo empató 1-1 con Huracán. Se lesionó y apenas pudo jugar seis minutos en el primer tiempo y fue reemplazado por Ángel Leroyer.

En su segunda experiencia con los sabaleros no le fue mejor. El 14 de agosto de 1977, Vélez jugó de local en la cancha de Ferro y se impuso por 2 a 0. Apenas jugó 33 minutos y tuvo que dejar la cancha por otra dolencia física. Lo reemplazó Martín Rico.

En una nota al diario Clarín, recuerda que “nunca” se había lesionado.  “Ahí me desgarré, primero contra Huracán, en una jugada linda: se la había pasado por encima de la cabeza a Ardiles y, cuando la fui a buscar, sentí el tirón”. Y luego cuenta que “contra Vélez, me la había dado el ‘Chiva’ Edgardo Di Meola y, al ver que un marcador venía a matarme, amagué a salir, frené y lo hice pasar de largo como colectivo lleno, pero cuando arranqué, ¡track!, el aductor. La rodilla también se me jodió, en fin, cosas que pasan, pero la gente me quería igual. Algunos no creían mi lesión, pero tenía un derrame impresionante, un moretón hasta el tobillo, una pena”.

Diego Meloni, periodista, socio, miembro de una agrupación colonista y recolector de historias sabaleras, le dijo a Pausa: “El Trinche es un personaje enigmático, sensacional, por momentos no se sabe cuánto hay de realidad y de fantasía”.  Más allá de todo lo que significa su leyenda, aseguró que tiene “los mejores recuerdos de Colón, de sus compañeros, habló maravillas de la ‘Chiva’ Di Meola y del Lalo Vega”.

Lamentablemente para Colón y el propio Carlovich, el “Vasco” Urriolabeitía no le creyó la segunda lesión (ante Vélez), el DT y el jugador discutieron y El Trinche, fiel a su estilo, tomó el bolso y se volvió a Rosario.

Punto final

El club que completa su trayectoria es Deportivo Maipú de Mendoza. Después de ahí, volvió a Central Córdoba, el patio de su casa. En 1982 volvió a ascender con el Charrúa de la C a la B. Finalizó su carrera luego de tres años de inactividad profesional en 1986, también en Central Córdoba, en un partido ante Flandria, con un gol de tiro libre.

Después de muchas notas, muchas historias contadas y personas que lo vieron jugar, hay una coincidencia: nació en una época equivocada, cuando Carlovich era futbolista, el fútbol en Argentina comenzaba a enamorarse de la parte física. Justo lo que a él nunca le gustó.

Un baile de 45 años

El gran público futbolero del país lo registró por primera vez el 17 de abril de 1974, cuando la Selección Nacional juega un amistoso ante un combinado rosarino. Dicen los que vieron ese partido que Argentina “se comió un baile infernal”, y uno de los que la sacó a bailar fue un tal Carlovich, un flaco que jugaba de “5” en Central Córdoba, el equipo de Rosario que jugaba en Primera C.

Cuenta El Trinche que “Argentina traía buenos jugadores y se preparaba para el Mundial de Alemania. No va que, minutos antes del partido, Carlos Timoteo Griguol y Juan Carlos Montes me avisan que iba a entrar de titular. Me dicen: ‘Vos vas de 5, Carlos Aimar de 8 y Mario Zanabria de 10; y arriba juegan Sergio Robles, Alfredo Obberti y Mario Alberto Kempes’. Con esos monstruos, no podías jugar mal, de ninguna manera. Tenías la obligación de jugar bien. Y esa noche nos salió todo. Enseguida nos pusimos 3 a 0, eso facilitó las cosas. Jugamos todos bien, me acuerdo más de la sensación de disfrutar el partido que de jugadas puntuales. ¿Si alguien de la Selección pidió que me sacaran, porque era baile? No creo. Salí, es cierto, a los 10 o 15 minutos del segundo tiempo, para que pudieran jugar los muchachos que estaban en el banco. Ganamos 3 a 1. Todavía se habla de esa noche”.

Grandes que agrandan

En el ya histórico programa de la televisión española, Informe Robinson, los europeos bajaron a nuestras tierras para encontrarse con el mito, con la leyenda viviente. En una búsqueda responsable, de respeto y cariño hacia el personaje, desfilan las opiniones de César Menotti, Jorge Valdano, Carlos Aimar, Aldo Pedro Poy, Darío Grandinetti y José Pekerman, entre otros.

“Se convirtió en un símbolo de un fútbol romántico que prácticamente no existe”, asegura Valdano. El actor rosarino Darío Grandinetti dice sobre Trinche: “forma parte de la iconografía de la ciudad. Típico jugador de barrio, de potrero, de calle de tierra”.

Pekerman, que lo consideró uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol argentino, manifiesta: “era el artista encerrado en una jaula”. Y César Menotti, en un torrente de elogios, asegura que “el estilo rosarino siempre fue de gambeta, de habilidad, de mucha técnica, más lento y El Trinche encarnaba todo eso, él era el portador de la genética de esa ciudad”.

Acto de fe

El Trinche tiene libros, programas especiales, cientos de notas periodísticas y hasta obras de teatro en su honor. La leyenda es eso, es el dicen que dicen, y así se agranda. Por eso Carlovich hoy ya es un acto de fe. Y no hay mucho más para argumentar. No se verán jugadas maravillosas del Trinche. Hay que creer. Nada más. Confiar en la memoria de la gente que dice que alguna vez lo vio en acción. Recuerdos que incluso para ellos empiezan a perder fidelidad por el paso del tiempo. La historia ejerce una fascinación, y pasan estas cosas. No hay registros del mítico partido de 1974, cuando supuestamente fue la figura de un combinado rosarino que le ganó 3 a 1 a la selección argentina. Ni de sus caños o sus gambetas y vuelta. Ni tan siquiera un grito de gol.

Ya lo dijo (o no) el propio Carlovich: “Acá en Rosario se han inventado un montón de cosas acerca de mí. Pero no son verdad. A los rosarinos les gusta contar cuentos. Algún caño de ida y vuelta habré hecho, pero no es para tanto”.

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