Foto: Virginia Benedetto.

«Me fui al Kurdistán porque es la revolución de esta época, con las mujeres a la cabeza, y es necesario contarla», dice Virginia Benedetto, fotógrafa rosarina, sobre su muestra fotográfica Şoreşa Jinê que se puede visitar en la Legislatura, una narración en imágenes de la revolución del pueblo kurdo.

El Kurdistán es una nación que tiene más de 40 millones de habitantes, preexistente a la creación de los estados-nación actuales. Los kurdos están distribuidos en cuatro países diferentes: Turquía, Siria, Irak e Irán. El Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) tiene a uno de sus principales referentes, Abdullah Öcalan, preso desde 1999 en Turquía. La condena afirma que cumple pena por terrorismo, pero mientras tanto el Estado turco lleva adelante un etnocidio contra el pueblo kurdo. Hoy hay siete mil personas en huelga de hambre, en reclamo por la libertad de Öcalan. Una de las que adoptó la medida es la diputada (en el parlamento turco) Leyla Güven, quien en marzo fue visitada en Turquía por Norita Cortiñas.

Virginia Benedetto estuvo viajando durante un mes por el Kurdistán y dialogó con Pausa sobre su experiencia en el territorio de la revolución que tiene como protagonistas a las mujeres.

 

—¿Qué es lo que tiene saber un lector santafesino que conoce muy poco del Kurdistán?

—El Kurdistán no es un país, es un lugar, una región en la que habita el pueblo kurdo. No es que ellos lo ocupan, sino que ocuparon su territorio. Los kurdos sufrieron dos divisiones muy grandes en su pueblo: la primera fue entre el Imperio Otomano y el Imperio Persa, y la segunda fue para formar la República de Turquía. Entonces, cuando esto sucede, dividen a Kurdistán en cuatro partes, en lo que hoy conocemos como Irán, Irak, Siria y Turquía. Pero el pueblo es preexistente. ¿Qué pasó? Turquía, con la formación de su Estado, tuvo una política de asimilación. Lo que hizo fue que los kurdos que vivían en esa región tengan que adaptarse a la cultura turca y no puedan más hablar su idioma, ni conocer sobre su historia, ni practicar su cultura, ni sus religiones. Todo esto les es negado. En realidad, la política principal que tiene Turquía contra el pueblo kurdo es un etnocidio. Es la eliminación de cualquier vestigio cultural de ellos. ¿Por qué? De alguna manera el pueblo kurdo es la vanguardia de los otros pueblos. Y en Turquía viven 20 millones de kurdos. ¿A qué le tiene miedo Turquía? A que los otros pueblos que viven ahí, porque habitan esa región yazidíes, armenios, árabes, se plieguen o empiecen a vivir de la misma manera que propone el confederalismo democrático, que es el modo de organización social que propone el Kurdistán y que iría en detrimento del modo de construcción del Estado turco. Porque el confederalismo democrático tiene algunas líneas particulares: una es el protagonismo de las mujeres. A esto lo trae Abdullah Öcalan, el lider kurdo que está preso en una cárcel de Turquía. Este régimen del confederalismo democrático propone el protagonismo de las mujeres porque se considera que la opresión de la mujer fue el primer modo de opresión que sirvió para que después todos los otros modos se repliquen. Entonces necesariamente la mujer, que es el sujeto oprimido, debe ser transformadora de esa sociedad en la que vive. Después por otro lado, la línea del confederalismo democrático trabaja la cuestión de la autodefensa. Ella no es únicamente pensada en términos de la lucha armada, la que nosotros vemos con el tema de los fusiles y demás. La lucha armada tiene que ver con un contexto de guerra en el que viven y para el cual no tienen otra opción. Una cuestión defensiva nunca es ofensiva. Por otro lado, lo que consideran como autodefensa es la autoorganización de la sociedad en los diferentes estamentos: en la salud, en la educación, en la cultura, en la diplomacia, en la prensa. La autoorganización de la sociedad es un concepto que va mucho más allá de la lucha armada.

—¿Se puede hacer una analogía con el genocidio de América durante la conquista, aunque sean procesos culturales distintos?

—Sí. Son pueblos que son preexistentes a la formación de los estados y cuando esos estados surgen, los oprimen. Adaptarse al modo de vida que imponen los estados-nación rompería con su identidad cultural. Si el mapuche se adapta al modo de vida capitalista, del modo en que nosotros vivimos, empieza a perder su identidad mapuche. Porque ser mapuche, yo entiendo, que tiene que ver con una concepción del universo, con un modo de relacionarse con los otros y con la naturaleza que el capitalismo liquida. Entonces, adaptarse al sistema capitalista elimina su identidad cultural.

—¿Hacés un correlato con la lucha de las mujeres de Argentina con la de Kurdistán?

—Yo creo que hay un correlato en que la lucha es contra el patriarcado y que el patriarcado es un sistema que no depende únicamente de un gobierno, de un Estado, sino que es un sistema a nivel mundial y que necesariamente la lucha contra eso tiene que ser global. Y que en todo caso las mujeres desde cada una de sus particularidades desde los pueblos que habitan, tienen que darse esa tarea de poder romper con la naturalización de prácticas patriarcales y poder generar una salida. El tema es que las kurdas proponen una salida, que es el confederalismo democrático, que es una salida para derrocar al patriarcado y que a su vez permitiría la paz en Medio Oriente. Por supuesto que a los estados-nación no les conviene el confederalismo democrático. Los turcos piensan que los otros pueblos también se van sumar a esta línea y nos van a disputar el sentido, el lugar del Estado y demás. Pero, por otro lado, también tenés las potencias internacionales, a las que de ninguna manera les convendría que estos pueblos definan su vida autónomamente.

—En realidad a ningún estado-nación le conviene la paz en Medio Oriente…

—Sí, totalmente. Hay muchos intereses económicos en juego y que nada tienen que ver con el modo de vida que propone el pueblo kurdo, que es también la posibilidad de una forma  de vida diferente para los otros pueblos. En este sentido, no es que los otros pueblos tienen que adaptarse a la forma de vivir de los kurdos, sino que cada nación podría vivir de acuerdo a su idiosincrasia.

—¿Cómo piensan la revolución las milicias kurdas?

—Es una revolución del pueblo, para todos. Una de las cosas que se plantea es la destrucción del patriarcado. Y eso surgió de las compañeras, adentro del partido del PKK, cuestionando el machismo de sus compañeros. Ellas y ellos lo piensan como un paso para la destrucción del sistema. Por eso, va más allá y no queda únicamente en la destrucción del patriarcado. Pero bueno, primero hay que empezar con esto, para poder después destruir el capitalismo. Porque es el patriarcado el que sostiene a ese otro sistema.

—¿Cómo convivía esta ideología revolucionaria, sea cual sea el concepto que le pongamos, con las religiones?          

—Los kurdos que habitan en esta zona de fronteras, viven esta ideología del confederalismo democrático, que les permite la libertad de creencia. Turquía, propone otra cuestión mucho más rígida, de una sola religión y en consecuencia, un estado-nación muy fuerte. Por supuesto que hay confrontaciones porque son formas completamente diferentes de concebir la sociedad. Son antagónicas. Pero bueno, lo que puedo decirte de la revolución del confederalismo democrático es que está traducida en el pueblo. Esa ideología que surgió en la montaña, se pudo trasladar al resto de la población que fueron liberando las milicias kurdistanas. En este sentido, en el viaje conocí a una mujer costurera de Shengal, que es donde vive el pueblo yazidí, que pasó 74 genocidios. Sí 74… el último del ISIS en donde miles de mujeres fueron esclavizadas sexualmente, las cambiaban todos los días en el mercado negro por un cigarrillo. Los niños eran vendidos o asesinados. Los hombres asesinados. Cuando yo la conocí, no hablaba nada, me miraba con cara de como diciendo «¿Qué hace esta acá?». Entonces le empecé a hablar de a poco, le conté que nosotros también padecimos genocidios, le conté de los desaparecidos, de los niños apropiados. Luego de eso, me cuenta su historia: el ISIS mató a sus cuatro hijos y fue esclava. A su vez, anteriormente, ella había vivido una vida de opresión porque el padre no la dejaba salir, se casó con el marido que le dijeron que tenía que casarse —cosa que ya no existe a partir de la revolución kurda, ya no están permitidos los matrimonios arreglados—. Porque antes se casaba la nena de 7 años con el tipo de 70. Entonces esta mujer me dice, «Desde que yo conocí al movimiento de mujeres, sé que ningún hombre me tiene que decir cómo tengo que vivir». Cuando me dijo eso, pude entender cómo esa revolución está en el pueblo. Que una mujer que vivió una vida terrible de opresión, que pasó el genocidio de ISIS, diga eso me hace pensar que hay un triunfo de la revolución y que esa ideología de la montaña se incorporó al resto de la sociedad, no quedó únicamente relegada a las milicias. Entonces la revolución es del pueblo, de todos. De hombres, de mujeres, de niños.

—¿Qué te trajiste de Kurdistán?

—Yo me volví con la certeza que nada puede con la convicción de un pueblo. Si un pueblo tiene determinación, si está decidido a resistir, porque ellos sufren masacres, bombardeos, genocidios, nada puede con él. A pesar de los ataques que sufren constantemente, siguen insistiendo en su paradigma, en la forma de vida que pretenden. Y nada puede contra la voluntad del pueblo. Ningún estado, ni grupo terrorista como puede ser el ISIS que es lo peor que existe en el terrorismo. La voluntad del pueblo siempre es más fuerte. El tema es poder ubicar eso: la fortaleza, el lugar que tiene el pueblo. Poder comprender cuál es el lugar que ocupamos socialmente. La posibilidad de transformación que tenemos, si sabemos cuál es nuestro lugar.

—¿Dónde creés que reside la voluntad del pueblo kurdo?

—En su convicción y en el conocimiento de su historia. Viste cuando uno trata de explicarle a alguien, cuando habla del capitalismo, y dice «Mirá que esto no siempre fue así, esto es muy reciente para los años de historia social”.  ¿Pero qué pasa? Como hay una negación de la historia, no podemos pensar más allá de lo que el sistema nos presenta. Bueno, conocer la historia es lo que nos permite la transformación de nuestro presente y de nuestro futuro. Y yo creo que los kurdos son conscientes, han aprendido, han estudiado, han incorporado la historia de miles de años que tienen. Y eso se plasma en la realidad que construyen.

—¿Cómo llegaste a ir para allá?

—Yo admiré el proceso de la revolución cubana, desde mi adolescencia en adelante. Y yo quería conocer una revolución. Por mi edad, no pude conocer la revolución de 1959. Y dije: esta es la revolución de este siglo. ¡Y además las mujeres tienen protagonismo! Mi trabajo, por supuesto que tiene que ver con las mujeres porque no se puede separar, pero yo lo pensé en un pueblo revolucionario. Y dije, bueno, no pude vivir la del 59, esta es la de este siglo, tengo que ir y tengo que conocer. Entonces empecé a generar vínculos, contactos para poder ir. Lo que me movilizó fue querer conocer una revolución y la vi. La vi en las milicias, la vi en las montañas —Virginia se toma una pausa, mientras algunas lágrimas le bajan suavemente por sus mejillas— y la vi en el pueblo. Me emociona porque es una revolución, algo que a nosotros nos han negado tanto. Cuando yo estaba en las montañas, veía a los 30 mil compañeros y compañeras desaparecidos. Es increíble ver los lazos de solidaridad, de convivencia, de poder pensar más allá del propio ombligo de cada uno, de poder pensar en otros lugares del mundo. Yo tengo una amiga que murió en Kurdistán y cuando fui a su despedida que se hizo acá en Argentina, en Buenos Aires, una de las compañeras kurdas empezó hablando de Rafael Nahuel y de Santiago Maldonado. Y yo pensaba en cómo alguien en un contexto de guerra, de las características de donde ellas viven, pueden pensar más allá de ellos y de lo que les sucede como kurdos. Me pareció de una grandeza extraordinaria y pienso que pueden tenerla porque son revolucionarios. Yo conocí revolucionarias y revolucionarios.

—¿Qué sentís acerca de lo que fue este proceso de estar en Kurdistán y hacer este trabajo fotográfico?

—Hay muchos sentimientos que se entrecruzan porque la realidad de la guerra es algo que no tiene dimensión. Los ojos no te alcanzan para dimensionar eso. Es terrible el avasallamiento que te genera la guerra. La violencia que cuentan esos pueblos que la han vivido. Pero por otro lado, la vida en la montaña es maravillosa. Más allá del riesgo de ataque que hay todo el tiempo, la convivencia, la forma de relacionarse, es lo que seguramente nosotros pretendemos que la vida sea. Y entonces están todo el tiempo esos sentimientos jugando. Y también hay un montón de cosas que recién ahora estoy procesando y me va llevar mucho tiempo para poder procesarlas.

—¿Creés que el ISIS y los estados-nación de medio oriente le tienen miedo a las kurdas?

—Las odian. Y en un punto sí porque para ellos, si una mujer los mata no van al paraíso. Muchas veces se consideró que esa era la razón por la que se habían organizado las milicias de mujeres. Pero en realidad se conforman porque ellas dan una discusión hacia el interior del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), donde empiezan a cuestionar el machismo de sus propios compañeros. A partir de eso empiezan a pensar este modo de organización, donde un cargo que es ocupado por un hombre, también tiene que ser ocupado por una mujer. Y su vez sumaron un porotito más, haciendo que las mujeres tengan un doble poder. Vos tenés milicias mixtas y milicias de mujeres. Si las milicias mixtas deciden algo y las milicias de las mujeres dicen que no, se veta. Los espacios de mujeres solas, tienen posibilidad de veto sobre los espacios mixtos. Por esta necesidad y este protagonismo de la mujer y esta concepción la vida y la sociedad a través de los ojos de las mujeres. En Kurdistán existe la jineoloji, que es la ciencia de la mujer: que es construir el conocimiento a través de la mirada de las mujeres. Hacer visible lo invisible. Y eso es una práctica que continuamente llevan adelante. Por otro lado, recuerdo que conocí a una mujer y su hijo (que ya era grande) que eran guerrilleros. Y yo le pregunto, después me sentí una boluda total, «¿Cómo fue esa transmisión de madre a hijo, para que los dos terminen en la milicia?». Entonces ella me corta en seco y me dice «Yo te vengo a hablar de la situación de Irán». Me cuenta de los matrimonios arreglados, que los hombres pueden matar a las mujeres sin ningún tipo de problemas. Son dueños de ellas. Tu padre te puede matar, tu hermano también. Muchas mujeres se suicidan viviendo en ese contexto. Hay muchas violaciones, crímenes de honor. Y también, en este menosprecio por la mujer, los hijos varones cuando crecen, desconocen a sus madres porque las empiezan a tratar del mismo modo que los otros hombres, con desprecio. Incluso a aquellas que los cuidaron. «Esa es mi historia, que es la historia de la mujer en Irán. Yo no quería eso para mí ni para mi hijo. Por eso huí, me escapé con él, y me uní a las milicias. Hoy puedo decir con orgullo que mi hijo es comandante, que lucha por libertad de las mujeres y que es una persona diferente a lo que estaba destinado a ser. Es un hombre que lucha junto con las mujeres por la liberación de un pueblo».

—Viste que Judith Buttler habla de que hay vidas que son aprehendibles y otras que no. Me acordé del atentado en París, que mucha gente se ponía la banderita de Francia en su foto de perfil de Facebook.

—Sin ir más lejos en el tiempo, Notre-Dame… sin muertos.

—Y sin embargo, hay víctimas a toda hora en Kurdistán, Siria, Irak o Irán y nadie se pone la bandera de ellos…

—Sí. El europeo, su vida, de ciudadano blanco, tiene mucho más valor que la de los pueblos de medio oriente. No hay dudas de eso.

—¿Qué es ser una  fotoperiodista?

—Yo pienso que todos tenemos una mirada del mundo en el que vivimos y como mi tarea, por lo menos en lo que yo considero como fotógrafa, es pensar a la fotografía como se ha pensado el documentalismo, desde una perspectiva de resistencia a los discursos dominantes, desde un lugar como la fotografía como una herramienta de lucha, que pueda visibilizar lo que está invisible. Pienso también que tenemos 150 años de fotografía, y por ende, de un modo de enciclopedia visual en donde nos han marcado qué es lo que tenemos que mirar y cómo lo tenemos que mirar. Pienso que la tarea del documentalismo y también del arte, es poder mostrar que aquello que miramos está inducido a que lo miremos. Entonces, tenemos que tratar de mirar más allá de aquello que nos ponen adelante. Pienso que el objetivo es poder desnaturalizar aquellas cosas que aparecen como obvias, como dadas. La mirada es una construcción social. Y la fotografía no es un espejo de la realidad. Es un discurso. Y hay que tener en cuenta eso a la hora de fotografiar y a la hora de mirar fotografías.

Un solo comentario

  1. Después de leer la entrevista, me surgen algunas preguntas: La revolución está en el pueblo kurdo? O la revolución está en el pueblo kurdo de la región de Rojava en el Kurdistán de Siria? (A propósito, la región con menos kurdxs de todo el Kurdistán, ya que la mayoría de kurdxs viven en los territorios de Irán y Turquía). Todas las kurdas proponen el confederalismo democrático? Todas lxs kurdxs son feministas y revolucionarixs? No, porque la realidad del Kurdistán es muy diversa, depende de cada territorio y no podemos generalizar tan alevosamente la idionsincrasia e identidad de millones de personas. Hay kurdxs de derecha y de izquierda, machistas y feministas, estatistas y autonomistas, y asi la lista es interminable. Es como visitar Argentina por primera vez, visitar solo una provincia minúscula dentro de la enorme diversidad del país, y salir a decir que todes les argentines son así y con las mismas características político ideológicas. Si bien el pueblo kurdo en su totalidad desparramado entre Irán, Siria, Turquía e Irak comparte muchísimas cosas en común (música, vestimentas, idioma, comidas, historia, etc, etc) las realidades político-economica de cada región es diferente. No es lo mismo la región autónoma kurda del norte de Irak donde prevalecen relaciones capitalistas-patriarcales con apoyo de EEUU y Europa, que la situación en las provincias kurdas de Irán ni menos que menos la región de Rojava de la que habla este artículo. Por cierto, revolución de Rojava financiada directamente por los EEUU y sus aliados en su guerra contra el gobierno sirio de Bashar al Assad. Cuestión esta última no menor, ya que estamos hablando de una región inmersa en una guerra de disputa geopolítica mundial.

    Todxs lxs kurdxs apoyan la revolución de Rojava? No. Pude visitar las provincias del Kurdistán iraní y hay un montón de kurdxs que no tienen ni idea de lo que sucede al otro lado de la frontera, no apoyan o se muestran indiferentes.

    Me parece que la nota redunda demasiado en generalizaciones, hace un recorte excesivo de la realidad kurda puediendo generar confusiones a lxs lectores.

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