Un acto de la campaña de Capital Federal, organizado por La Cámpora y Los Irrompibles, se convirtió en un acto de alcance nacional por el pronunciamiento de CFK ayer por la mañana. Estuvimos en Ferro, con un reporte sobre los primeros ecos políticos en las voces de los protagonistas.

Por Javier Gatti. Fotos de Verónica Villanueva.

«Para obtener la sorpresa no es necesario que el adversario no conozca nada hasta que se produzca la decisión. No: es suficiente que cuando él la conozca, ya no esté en tiempo de reaccionar convenientemente y neutralizar la acción de esa sorpresa.» (Perón, Manual de Conducción Política)

Leopoldo Moreau, quinto y penúltimo orador en el microestadio a cielo abierto de Ferro Carril Oeste, puso la cosas en su lugar sobre el cambio de naturaleza del acto convocado por La Cámpora y Los Irrompibles: «entre tantas cosas que le debemos a Cristina, tenemos que sumar una más. Con su decisión de hoy temprano convirtió un acto más en la campaña de Unidad Ciudadana en Capital Federal en el evento político más importante del fin de semana y transmitido por cadena nacional». Risas y aplausos de las 2000 personas que colmaron el lugar y de la primera línea de la platea de invitados frente al escenario, donde descollaron Carlos Tomada, Victoria Donda y los tres jefes históricos de la orga predilecta de la precandidata a vicepresidenta: Mariano Recalde, Andrés Larroque y Wado De Pedro. El cancionero de la multitud rápidamente bajó del chart el hit de la Feria del Libro «Cristina Presidenta» y se concentró en la consabidas «Vamos a volver» y «Mauricio Macri LPQTP». Entre loas repetidas al corrimiento o renunciamiento de Cristina, fue Máximo el único en recordar a viva voz y sobre el cierre del acto que «el candidato no es el proyecto» –desafortunado slogan promovido por La Cámpora en 2015– sino Alberto Fernández, porque en este caso, el orden los Fernández altera el tablero pre electoral aunque pueda no afectar el producto.

Sol tenue, primavera otoñal con promesa de lluvia en la ciudad donde Cambiemos domina ampliamente en casi todas las comunas desde 2007, que representa el modelo realizado de una gestión neoliberal con urbanización villera y micro emprendimientos gastronómicos de inmigrantes pobres para turistas ricos, algo que analistas políticos de indudable vocación progresista –como Alejandro Bercovich y Martín Rodríguez– destacan elogiosamente en el formato de sugestivas publinotas.

El periodismo acreditado, que nos incluye como free lancers y reporteros de Pausa (único medio santafesino presente entre los tradicionales tanques porteños) ingresa lentamente por García Lorca 350 y se encuentra con algunos de los invitados especiales esparcidos en el parque: Carlos Heller y Juan Carlos Junio por el PSOL y Nuevo Encuentro, Mariano Recalde, Victoria Donda, Jorge Dorio y Hernán Brienza por el dispositivo cultural kirchnerista residual, Victoria Montenegro, Eduardo Valdés (armador original del grupo Calafate junto a Alberto Fernández), el radical ambientalista Santiago Mascheroni intentando ser reconocido por todos los medios –éramos de los pocos que podíamos llamarlo por su nombre de pila– y un silencioso y contemplativo Carlos Parrilli.

La coreografía del microestadio contemplaba tres zonas que se colmaron rápidamente: la platea frente a un escenario con un atril central y bancos donde se sentarían los oradores, la general y el gallinero repleto de militantes de Los Irrompibles, el Movimiento Nacional Alfonsinista, La Cámpora y Nuevo Encuentro y la zona mixta donde se agolparon periodistas y fotógrafos. La presencia de Máximo Kirchner interpretando lo que su madre (“la compañera Cristina” para él) había anunciado por las redes sociales en el amanecer de un día agitado, era casi todo lo que importaba a la multitud presente y se lo hicieron saber al subir al escenario junto a Leandro Santoro, Leopoldo Moreau, Graciana Peñafort, Malvina Tosco, Sergio Palazzo y Damián Rilo.

Y el orden fue respetado hasta que Leandro Santoro se corrió del centro de gravedad que tenía en el armado original del acto y puso las cosas en su lugar interpretando la ansiedad de la militancia: “Yo creo que todos vinimos a escuchar a Máximo pero quisiera escuchar en este momento al dirigente sindical más lúcido del país, mi amigo Sergio Palazzo”.

El bancario habló de renunciamiento y generosidad y señaló con dureza a los que reclaman gestos de autocrítica y grandeza, que piden dejar de lado los personalismos y las candidaturas egoístas pero que «serían incapaces de hacer lo que hoy hizo Cristina, que resignó una candidatura cuando estaba en condiciones de ganar en primera vuelta» dejando en claro su estatura como dirigente política y que el enemigo es Macri y solamente Macri. Hizo punta también –en un acto convocado por radicales nacionales y populares– en el llamamiento a los radicales que habían acompañado la integración de Cambiemos a volver al redil, a recuperar «identidad y densidad ideológica». Luego Moreau haría el mismo llamamiento señalando que la unidad del radicalismo es tan importante como la del peronismo para enfrentar a Macri (a quien definió como un collar de melones para el presente y futuro radical) y Santoro recordaría que así como tuvieron que «irse del radicalismo para seguir siendo radicales», hoy era el momento de volver a confluir con fuerzas de indudable vocación de trabajo por las mayorías populares del país.

El clima era de fiesta, Cristina era y no era candidata pero había sido la gestora de una nueva jugada a fondo con –al menos– cuatros efectos inmediatos: eclipsó la victoria provisoria de las operaciones sobre la Corte Suprema que lograron sentarla en el banquillo de acusados el martes venidero, condenó a la irrelevancia política absoluta al peronismo forzadamente opositor (la electoral ya la tenían asegurada) que tardó unas seis horas en balbucear las primeras obviedades, obligó a Macri y Marquitos Peña a repetir las fórmulas de amianto con que pretenden desgastar a Cristina y al populismo en general («siguen siendo el pasado», «no nos cambia nada y feliz día de la escarapela») y convirtió a los diarios en papel salidos hacía pocas horas en letra muerta, en material apto para envolver papas con la tinta aún fresca.

Graciana Peñafort se acodó en el atril y se dirigió al público como si estuviese en una mateada multitudinaria, sin arengas a voz de cuello, sonriendo o lagrimeando, ironizando a media voz. «Antes cuando me invitaban sabía que era para hablar de la ley de medios. Ahora es porque en la era de Macri y en actos y manifestaciones, siempre viene bien tener un abogado por si la policía reprime o hay detenidos». Preguntó a la multitud «¿Quién no se infartó esta mañana? Pero la mejor parte es que los macristas deben estar mucho peor». Aseguró que «ser abogada penalista durante este gobierno fue una tragedia» y se emocionó al recordar al fallecido Héctor Timerman como una «víctima de un sistema de justicia lamentable y corrupto, que nunca nos dejó constituir pruebas» que hubiesen probado la inocencia del ex canciller que falleció acusado de traidor a la patria. «La realidad es eso que pasa afuera de la Corte, de los medios y de Casa Rosada y la realidad es que muchos compañeros en estos cuatro años la han pasado muy mal». «Tenemos que luchar por un país con la mejor calidad de justicia, con  verdaderas pruebas, con buenos jueces, justicia como la que le dimos nosotros a Etchecolatz, no la justicia macrista que condena por decreto. Porque a diferencia de ellos nosotros creemos en la presunción de inocencia, no buscamos venganza ni promovemos la impunidad”.

Leandro Santoro, el esgrimista verbal televisivo más agudo y con mejores reflejos del campo nacional y popular, admitió que la noticia lo sorprendió «en un canal de televisión» y que el gesto de Cristina no tenía antecedentes en la historia argentina. «Cristina no es un cuadro político más, sino una estadista que hizo el gesto de solidaridad política más grande de la historia argentina, que fue demostrar que primero está la patria, después los dirigentes y por último el movimiento». Radical no gorila pero radical al fin, pifió el orden de las prioridades esbozadas por Perón y se rió inmediatamente de un furcio que Moreau le facturó «por hacerse el peronista» ante la carcajada de todos los asistentes. Se animó a asegurar que el anuncio de la fórmula Fernández & Fernández fue «el golpe de gracia para el neoliberalismo y sus días están contados». Y por fin señaló desde el escenario las banderas que ondeaban mezcladas y donde predominaban las caras de  Alfonsín (el político, no el mejor imitador de su padre), Néstor y Cristina Kirchner y Eva Perón para decir que «cuando veo esta confluencia sé que hemos logrado la difícil tarea de reunir fuerzas políticas que siempre debieron militar unidas».

Máximo iba a ser el orador de cierre y la presencia más convocante desde el mismo momento en que se definió su presencia en el acto, ahora las definiciones e interpretaciones de última instancia serían las suyas. Saludaba detrás del atril a la militancia que cantaba ser «soldados del pingüino» y apuraba su discurso. Antes Leopoldo Moreau, desoyendo los pedidos de Santoro por ser breve y ceder el protagonismo a Máximo, se despachó con un puñado de definiciones contundentes. «Basta de hablar de renunciamiento, Cristina no renunció a nada, sino que reabrió el camino para que reaparezca la política, ahora van a tener que hablar de política los que son la antipolítica o se van a tener que quedar mudos». Finalmente les pidió a los radicales prontos a reunirse en la Convención donde se decidirá si le presentan un interna a Cambiemos o se constituyen como fuerza para competir por fuera del frente neoliberal que «no desaprovechen el tren de la historia, si Cristina fue capaz de hacer este gesto para acumular para gobernar el país porqué no van a hacer el gesto de sumarse a este esfuerzo de sumarse a la gobernabilidad de la Argentina».

Finalmente el orador de cierre palmeó a Leopoldo y se plantó frente a una multitud rugiente que de pronto hizo un estruendoso silencio. Tardó en calentar hasta el momento en que habló por la coalición del Frente Patriótico y fustigó a los medios por encarnizarse en remarcar viejas críticas de Alberto Fernández, Pino Solanas o Victoria Donda o algunos tweets muy duros «del compañero Santoro» hacia Cristina y el kirchnerismo. «¿Porqué no ponen el mismo empeño con el archivo de las editoriales que escribieron a favor de Mauricio Macri y este proceso económico que dicen que es desastroso en vez de andar buscando las contradicciones que muchos hemos decidido dejar de lado?». Y fue más lejos al decir que «el pueblo necesita una autocrítica del periodismo que también es responsable del estado en el que está el país». Se dirigió a los sectores más agredidos por el modelo macrista y les pidió «a los pibes y las pibas que están pensando en irse del país, que no se vayan. A los comerciantes que están pensando en cerrar, que no cierren y no echen a nadie que falta poco. A los industriales que quieren otro modelo para la Argentina, que aguanten y ayuden a su pueblo. Es entre todos, atrás quedan las diferencias».

A estas alturas y con Máximo asegurando que ya cerraba, este cronista relevó, con cierta preocupación por el pasado reciente, que la enorme centralidad del gesto de Cristina había hecho que nadie levantase la candidatura de Alberto Fernández. Fue entonces que el hijo de las dos figuras políticas más importantes del peronismo en los últimos 20 años puso las cosas en su lugar para reordenar el discurso de la militancia: «el que fuera Jefe de Gabinete en los cuatro años del gobierno de Néstor, Alberto Fernández, es nuestro candidato y el que tiene la responsabilidad de conducirnos a la victoria el 27 de octubre».

Luego de la ovación final y la suelta de papelitos sobre los abrazos de los oradores, la desconcentración fue prolija y lenta, con cientos de militantes y la mayor parte de los periodistas buscando a las principales figuras del acto repartidos en las inmediaciones del microestadio. Lo que cierra son las definiciones más salientes recogidas mano a mano:

Graciana Peñafort: «A todos nos sorprendió la decisión de Cristina, al principio me costó entenderlo pero rápidamente se ven los beneficios de esta jugada. No hago futurología ni sé que estarán planeando en el entorno de Mauricio Macri, la confianza está en que este camino es el de la unidad necesaria para derrotarlos».

Mariano Recalde: «Este es un gesto para los peronistas y los argentinos que quieren una patria libre, justa y soberana, es una muestra más de la estatura política y la generosidad de Cristina. No sé si es autocrítica en acto, es una decisión inteligente, superadora. Que Massa haga lo que le parezca, esto está dirigido a construir algo superador».

Andrés Larroque: «Este gesto descomprime la situación y Alberto es un dirigente enormemente capacitado, estamos felices y muy conformes. Nosotros nunca dejamos de dialogar con Sergio Massa y estamos en contacto permanente con él, yo creo va a estar todo bien, tengo fe en eso».

Un solo comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here