Siete cuadras en bicicleta

Salgo de la panadería con una bolsa en la mano. Hay una calma extraña, aunque sé bien el motivo: es feriado. También hay sol, ese sol más amarillo que les dice a las familias y a los solteros: salgan, aprovechen el día, mañana todo volverá a ser como antes. Me subo a mi bicicleta para recorrer las siete cuadras que hay hasta mi casa, dejo atrás la panadería llena de caras aplastadas por el ocio que solo piensan en comer para matar el tiempo libre.

El mundo no es el mismo visto desde una bicicleta, los ciclistas lo saben. Esa máquina elemental de dos ruedas nos da otra perspectiva: nos pone a otra altura, nos hace experimentar la velocidad. Pero, sobre todo, la bicicleta nos da una vista panorámica. En su autobiografía, J.G. Ballard recuerda los “heroicos viajes en bicicleta” que hacía a los ocho años por Shanghái, una de las ciudades más grandes y caóticas del planeta, donde había nacido en 1930. Ballard, que no sabe una sola palabra de chino porque vive en una colonia inglesa, maneja su bicicleta durante la invasión japonesa y observa: “La vida de Shanghái estaba principalmente en las calles, con sus mendigos enseñando sus heridas, los gángsters y carteristas, los moribundos agitando sus latas metálicas, las enigmáticas mujeres chinas con abrigos de visón hasta los tobillos que me aterraban con sus miradas, los vendedores ambulantes que freían deliciosos manjares que nunca podía comprar porque no llevaba dinero, las familias de campesinos hambrientos y los miles de estafadores y maleantes (…) Yo captaba todo aquello de un vistazo; el aire contaminado y excitante que respiraba”.

Desde mi nave la calle parece desierta. Avanzo y veo las fachadas bajas contra el cielo, el decorado de esta modesta ciudad que es, en realidad, un pueblo que evolucionó hacia una cosa rara. Cuando llego a la esquina del hospital aparece el paredón tapado de grafitis. Tres señoras con maquillaje salen a la vereda, expulsadas por una casa: tomaron el té y siguen hablando. Más adelante un chico lindo cruza la calle; me pregunto dónde vive, cómo pasará el feriado. Me imagino a su novia y la envidio. Veinte metros después hay una pareja abrazada contra la puerta de una casa. Es un abrazo particular, de reconciliación. Cuando estoy cerca hago un ruido con la boca, pero ninguno reacciona, para ellos no existo. Doblo en la calle de mi casa y veo al perro de unos vecinos, listo para ladrarme. Más adelante, un señor asoma su cabeza a la calle. Se desprendió de su televisor y sale a comprobar que el mundo sigue funcionando.

Subo a la vereda de mi cuadra a toda velocidad. Freno en mi puerta y vuelvo al mundo de los peatones. Pienso en la cantidad de tiempo que pasé sentado en una bicicleta, allá en las calles de la ciudad donde nací. Fueron años, años enteros. Los chicos que avanzaban conmigo crecieron para transformarse en padres de familia que hoy les enseñan a sus hijos a pedalear. Yo no. En cierta forma soy igual a esta ciudad: evolucioné hasta volverme una cosa rara.

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