Vacunalos, no seas como la Fabbiani

La Organización Mundial de la Salud lo advierte directamente: desde que apareció la ola de los antivacunas, los casos de sarampión se cuadriplicaron. ¿De dónde sale esa creencia?

La historia de las vacunas es uno de los ejemplos más exitosos de la medicina moderna. Desde hace más de 200 años hasta hoy, han contribuido con la reducción constante de la mortalidad y morbilidad. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), todos los años se salvan entre dos y tres millones de vidas en todo el planeta debido a su aplicación.

La inmunización a través de las vacunas es una de las formas más efectivas de prevenir enfermedades. La vacunación sistemática y constante en gran parte de los países del mundo ha permitido erradicar durante la década de 1990 enfermedades como la poliomielitis o el polio salvaje. En el mismo sentido, el último caso de sarampión autóctono en el continente americano fue notificado en 2002 y para 2007 se había conseguido reducirlo en un 91% en África.

Sin embargo, a partir del año pasado comenzó a expandirse nuevamente esta enfermedad. Según registros de la OMS, el número de casos de sarampión a nivel mundial casi se cuadruplicó en el primer trimestre del 2019 en comparación con el mismo período del año pasado, con 112.163 contagios. Por eso, el organismo inició campañas informativas que alertan sobre los riesgos de esta enfermedad que afecta especialmente a los niños.

Si bien pueden existir falencias o dificultades de los sistemas sanitarios de cada país, los organismos oficiales atribuyen el rebrote de enfermedades prevenibles a los movimientos anti-vacunas. Estos sectores lograron expandirse y hacerse oír gracias a internet y las redes sociales. ¿Cómo afecta a la salud pública este combo letal que combina fake news, creencias religiosas, naturalismo y falsos argumentos?

Dos siglos de éxito

En 1796 el científico inglés Edward Jenner notó que las mujeres que se dedicaban a ordeñar vacas y habían sido afectadas por la viruela bovina luego resultaban estar más protegidas de la viruela que afecta a los humanos. Por eso Jenner hizo un experimento: raspó el bazo de un niño de ocho años con una pequeña cantidad de viruela y logró que el niño se inmunizara de esta mortal infección. Así comenzó la era de las vacunas.

Con el transcurso de los años se fueron  creando nuevas vacunas para contrarrestar otras enfermedades y se fueron aplicando en muchísimos países. Hasta que en 1974 se instauró una política a nivel global: la Asamblea Mundial de la Salud estableció el Programa Ampliado de Inmunización (PAI), para combatir seis enfermedades prioritarias: tuberculosis, poliomielitis, difteria, tos ferina o pertusis, tétanos y sarampión. La instauración de estos programas tuvo réditos en los años siguientes: en 1994 se declaró la erradicación de la transmisión del poliovirus salvaje autóctono del hemisferio occidental; en 2002 se registró el último caso de sarampión autóctono en América; en 2010 se logró casi la erradicación total del sarampión; y en el 2015 los países de nuestra región lograron eliminar la rubéola y el síndrome de rubéola congénita.

La gran mayoría de los especialistas en medicina coinciden en que los programas de vacunación han demostrado ser una de las acciones de mayor costo-efectividad e impacto social en la mejoría de la salud pública. Más de la mitad de los logros en reducción de mortalidad infantil es atribuible a las vacunas.

Esto se debe al compromiso político de las naciones en mantener y ampliar los planes de inmunización para toda la población. Además, la OMS coordina entre 196 países un Reglamento Sanitario Internacional, que permite detectar y notificar asuntos de salud pública y unificar criterios a adoptar en aeropuertos, puertos y fronteras terrestres para delimitar la propagación de riesgos sanitarios.

De anti-vacunas y rebrotes

La discusión en torno a la importancia de la vacunación volvió a estar en el centro de la escena a partir de la consolidación en los últimos años de grupos anti-vacunas. Fundamentalmente en Estados Unidos se conformaron movimientos que instan a las personas a que no vacunen a sus hijos. Se componen por sectores heterogéneos: algunas están vinculados a grupos religiosos y otros a una filosofía naturalista que pregona un tipo de vida basada en la libertad y pureza corporal.

Aquellos que retrasan o rechazan la vacunación de sus hijos lo hacen por varias razones: creencias religiosas o filosóficas, por razones de seguridad o, quizás, por falta de información. El movimiento anti-vacuna se inició en 1998 a partir de la publicación de una investigación del médico británico Andrew Wakefield en la revista especializada The Lancet. Allí Wakefield contó que examinó a doce niños autistas y que, según él, había conexión entre la aplicación de la vacuna triple vírica –que protege contra el sarampión– y ese trastorno. El artículo fue refutado por la comunidad médica debido al tamaño pequeño de la muestra, pero consiguió rebote mediático en Inglaterra. Desde entonces el temor o rechazo a las vacunas comenzó a expandirse.

Asimismo, se sucedieron varias investigaciones que intentaron confirmar o refutar las conclusiones de Wakefield. Sin embargo, ningún otro equipo científico obtuvo los mismos resultados. De hecho, en marzo pasado se publicó en la revista Annals of Internal Medicine un nuevo y extenso estudio que no encontró ninguna relación entre la vacuna contra el sarampión y el autismo. Los investigadores hicieron un seguimiento a 657.461 niños daneses nacidos entre 1999 y 2010 y concluyeron que “la vacuna SRP no aumenta el riesgo de sufrir autismo, no detona el autismo en niños susceptibles, ni se relaciona con el aumento de casos de autismo después de la aplicación de la vacuna”.

Pero parecería que estas investigaciones no alcanzan. En contraposición, los movimientos anti-vacunas difunden sus argumentaciones en de internet y redes sociales. Se puede decir que, en parte, sus campañas han surtido efecto: varios países comienzan a mostrar preocupación debido a que perciben que enfermedades erradicadas o cuya incidencia era mínima ahora están resurgiendo. Y estos casos se registran en personas que rechazan la vacunación.

Por ejemplo, el sarampión, que llegó a estar cerca de eliminarse, recientemente comenzó una escalada: en el primer trimestre del 2019 se cuadruplicó el número de casos de sarampión en todo el mundo, comparado con el mismo período del año pasado. Esta noticia prendió las luces amarillas en la OMS, que preparó nuevas campañas informativas para alertar sobre los riesgos de la enfermedad que afecta a los más chicos.

La viralización de fake news apunta a desautorizar 200 años de investigación científico-técnica sobre la inmunización. De modo que el pasado el 4 de marzo, el presidente de la Academia Estadounidense de Pediatría, Kyle E. Yasuda, les escribió a los directores de Google y Facebook para pedirles “una solicitud urgente para trabajar juntos a fin de combatir la peligrosa desinformación relacionada con las vacunas difundida en internet”.

Un acto solidario

El hecho de vacunarse (o no) no es solamente de una decisión individual sino también una obligación y un acto solidario. Los especialistas aseguran que no puede ponerse a los valores de pureza o libertad por encima de la salud de toda la comunidad. Incluso resulta dudoso el argumento de que no es necesario aplicarse vacunas porque los demás sí están vacunados: dejar descansar la inmunidad propia en la inmunidad colectiva es un acto egoísta.

Según la investigadora de Conicet, Daniela Hozbor, que trabaja en el área de Vacunología del Instituto de Biotecnología y Biología Molecular de La Plata, “los efectos benéficos de las vacunas se pueden observar solo si un muy alto porcentaje (mayor al 90%) de la población en riesgo –y/o la fuente de contagio de los más vulnerables–  está vacunada. Una vacuna no sólo protege al individuo sino también a la comunidad, ya que al no enfermarse el individuo la posibilidad de trasmisión de la enfermedad desaparece. Es por ello que vacunarse es un acto solidario sobre el que no debe haber discusión”.

A vacunarse

El Ministerio de Salud de la provincia lanzó la campaña de vacunación antigripal destinada a grupos de riesgo de la comunidad santafesina. La ministra, Andrea Uboldi, destacó que “como todos los años comenzamos en otoño-invierno con la vacunación destinada a evitar las complicaciones, internación y casos fatales por gripe”.

La campaña está orientada hacia los grupos de riesgo: las personas embarazadas en cualquier momento de su gestación, los niños de entre 6 meses y 2 años, las personas con patologías crónicas pulmonares, cardíacas, renales, trastornos en las defensas y los mayores de 65 años.

Además, la ministra indicó: “esta vacuna no previene el resfrío. La gente siempre tiene esa percepción de que todos los cuadros respiratorios pueden ser protegidos por esta vacuna y ese es un concepto erróneo. Las alergias, los cuadros gripales banales y los resfríos no se previenen por esta vacuna, sino que estamos hablando de gripe con fiebre bien alta, de inicio brusco acompañada de dolores musculares y de tos”.

La protección se obtiene generalmente en 2 a 3 semanas. La duración de la inmunidad después de la vacunación es de 6 a 12 meses. Es importante que los que pertenecen a grupos de riesgo concurran a vacunarse para evitar las complicaciones por gripe. La provisión de dosis está garantizada en todos los efectores.

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