Orgullo internacional: la historia de Alejandra “Locomotora” Oliveras en la vida y en el ring. Desde sus comienzos hasta su sexto título: su infancia, sus desafíos, su enfrentamiento con el machismo del mundo del box y más.

Este 11 de mayo de 2019 la pentacampeona mundial de boxeo Alejandra “Locomotora” Oliveras ganó su sexto título ante la mexicana Leslie “Explosiva” Morales, en el Complejo 11 de Julio de Las Heras, Santa Cruz. Morales aguantó el ritmo de “Locomotora” hasta el octavo round, en esa vuelta perdió por nocaut técnico, producto de un corte en el ojo izquierdo, lo que motivó al juez a detener la pelea y dársela por ganada a la representante argentina.

Más allá del valor del triunfo, lo más importante de la contienda es que quedará guardada en la historia como la primera pelea femenina a 12 rounds de tres minutos. Fue el choque de la igualdad, donde una argentina y una mexicana le demostraron al mundo que las mujeres pueden boxear con la misma reglamentación que los hombres, y así dejar atrás las peleas de 10 rounds de dos minutos.

Con ese objetivo, Alejandra Oliveras se preparó en su gimnasio de Santo Tomé, con la palabra igualdad como combustible. Como si fuese una francotiradora, Locomotora siempre tiene objetivos claros, puntuales, difíciles. Difíciles como empezar a entrenar en silencio para defenderse de una pareja violenta. Tenía 15 años, criaba a su primer hijo y recibía trompadas en el cuadrilátero de su casa. Bajo un deseo forzado, Alejandra aprendió a pegar, se desprendió de un mal nacido y  sin saberlo, empezaba a parir su pasión de por vida.

Vida de locomotora

Ya es de noche en Santo Tomé, barrio El Tanque aloja a 14 mujeres y a pibes de unos 12 años que entrenan al ritmo de la música, de esas que suenan “pila pila” en los gimnasios. Un profe da indicaciones y las llena de energía. De fondo, un par de gigantografías con la imagen de Alejandra Oliveras en acción. Cemento, chapa, un cuadrilátero, muchas bolsas colgando y buena vibra. De repente aparece con un ramo de flores que le habían obsequiado en la intendencia de Santo Tomé. Saluda amablemente, se acercan varias chicas para abrazarla y felicitarla por el título.

Ahora sí, Alejandra busca dos sillas, las acomoda en la puerta del gimnasio y comienza la charla con Pausa.

Nació en Jujuy, en un pueblito que se llama El Carmen, pero cuando tenía un año su familia se trasladó al sur de Córdoba. Se instalaron en el campo, en un pueblo chico que se llama Alejandro Roca (entre Río Cuarto y La Carlota), ahí se crió junto a sus siete hermanos, ahí comenzó a masticar bronca, maltrato, discriminación y desigualdad.

—¿Cuándo decidiste que el boxeo sea tu objetivo de vida?

—Hace 19 años, en mi primera pelea, cuando sonó la campana y se me vino la boxeadora. Cuando vino a pegarme sentí el grito de la gente, la adrenalina y eso de saber que te quieren golpear y una se tiene que defender y golpear también. Esa sensación que tuve no la comparo con ninguna otra, ahí dije voy a luchar por esto, es lo que me gusta. La pelea fue en Alejandro Roca, pero todo surgió como un juego. Trabajaba en una radio, me habían contratado para leer noticias y un día leo que Tyson (siempre fui fanática) había salido de la cárcel. Termino de dar la noticia y digo, al pedo nomás porque en ese pueblo no había ni un gimnasio, que me encantaría ser boxeadora. Mi sueño era sentir una vez en mi vida lo que sentía Tyson arriba de un ring. Apareció un entrenador que, de casualidad, estaba en ese momento en el pueblo. Al escuchar la radio se acercó y dijo: “¿Quién es la que dijo que quiere pelear? ¿Sos vos?”. Al mes armó un festival y me hizo pelear. Ese fue mi debut. Tenía miedo de haber metido la pata, tenía miedo de que me peguen feo, y lo hablé con mi papá, y me dijo: “Si tu sueño es ser Tyson una noche, hacelo, cumplí tu sueño, te vas a arrepentir toda tu vida de no haberlo intentado”. Ahí sentí que tenía que intentarlo. Pensaba ser Tyson sólo una noche, pero cuando sonó la campana me explotó el corazón y me enamoré del boxeo.

—¿A qué edad?

—A los 22 años, ya era mamá y ya era grande para empezar con el boxeo. En México empiezan a los 9, 10 años a entrenar, acá a los 12, 13 años.

—Parece que las palabras que te dijo tu papá las pones en práctica.

—Yo le hice caso a mi viejo y no a mi vieja, mi mamá me decía que no me dedique al boxeo, me decía que me pegaban mucho, pero le decía que esto es una pasión, que el boxeo es lo que me gusta con el alma. Pero hay que ser inteligentes y tomar los consejos, las palabras de los padres. Yo tomé las de mi papá y hasta el día de hoy las aplico en mi vida, como también lo hago con las de mi mamá en otros aspectos.

—¿Cuánto te sirve recordar el pueblo para avanzar en tu vida?

—Más que recordar el pueblo, recuerdo a mis hermanos, porque todo lo que viví en el pueblo fue muy triste, me discriminaban por ser pobre, a mí y a mis hermanos, iba a la escuela y me decía la bolsera, porque yo cosía y enganchaba bolsas en el campo, manejaba tractores y a veces volvía a la escuela llena de tierra. No me dejaban reunir con las chicas porque ellas iban de punta en blanco. No es que iba sucia, yo venía de trabajar y me iba de alpargata, era la única de alpargata en toda la escuela.

La cara ya se había transformado, la seriedad y los ojos inyectados en bronca lo decían todo. “Fueron muy crueles conmigo, con mi familia, tengo muy malos recuerdos de lo que viví ahí. En la escuela primaria tenía todo 10, era la mejor, pero no me daban la bandera. La maestra me hacía pasar al frente y decía: ‘¿A ustedes les parece que esta puede ser abanderada?’, sólo por mi vestimenta. No tiene nada que ver la pobreza con la inteligencia, me castigaron por ser pobre. Fueron crueles las maestras, mis compañeras y compañeros del grado”.

Alejandro Roca es una espina en el alma y, como un cross a la mandíbula, la campeona tira: “Nunca más volví a ese pueblo, nunca lo nombro, nunca digo dónde me crié. Tengo los peores recuerdos de la gente y del pueblo, me da mucha bronca y tristeza. Me afloran recuerdos malos de la primaria, de la secundaria, cuando quedé embarazada en mi adolescencia. Lo bueno que recuerdo es la familia unida, trabajando en el campo, cagándonos de frío a las cuatro de la mañana porque había que trillar maní arriba de un tractor que no tenía cabina. Todos unidos, mis hermanas y hermanos ayudando a mi papá, y mi mamá que venía con los sándwiches de mortadela. Unidos para comer, porque si no trabajábamos no comíamos, unidos para progresar”.

La memoria domina la escena y activa otro recuerdo: “Teníamos una cama de dos plazas donde dormíamos las tres hermanas, ahí dormimos juntas hasta mis 14 años. No veíamos en la pobreza un sufrimiento, veíamos un desafío. Desde siempre yo pensaba que en mi vida iba a tener mi auto, mi casa propia, con una cama calentita y todo lo que yo quisiera, y hoy puedo decir que se cumplió. Mi sueño no era tener un avión privado, mi sueño siempre es tener lo que me hace feliz, y lo tengo”.     

—¿Cuándo te fuiste del pueblo?

—Me fui cuando me hice boxeadora, buscando un entrenador de boxeo, porque en el pueblo no había. A los 22 años me fui a Río Cuarto. Me hice instructora de aerobic, le llené el gimnasio a una mujer y encontré un entrenador de boxeo a 80 kilómetros (en Adela María), iba y venía en moto para ir a entrenar.

Nocaut para el campeonato

Del 2002 al 2005 fue amateur. “Mi experiencia fue hermosa, pasé por muchas cosas, una vez viajé 900 kilómetros, gané y sólo me llevé 140 pesos. Y desde el 2005 empieza mi carrera profesional y nueve meses después se me presenta la oportunidad de pelear –en México– por el título del mundo contra Jackie Nava, la campeona. Es la pelea que más recuerdo, que más me pega en el corazón, porque estaba sola, en otro país, frente a miles de personas que me hacían fuck you, me gritaban ‘Viva México’ y demás. Pero la noqueé”.

Desde esa pelea, cuando alguien habla de “La Locomotora”, saben que hablan de Alejandra Oliveras. A partir de la corona  mundial que consiguió en México la historia profesional ya es un capítulo conocido para el deporte argentino.

—¿Con el profesionalismo sentiste más las desigualdades de género?

—Mis títulos mundiales no salieron en la tapa de ningún diario. ¿Y por qué? Por ser mujer. Si fuera un hombre, saldría en todas las tapas y noticieros. Si fuese hombre sería millonaria, multimillonaria. Tengo seis títulos mundiales, uno más que Mayweather y en los mismos pesos que él.

Alejandra se enciende más que nunca, y cuenta: “Cuando empecé había tres o cuatro mujeres profesionales, no había camarín de mujeres, por lo tanto usaba el de los hombres, y ahí me tenía que cambiar, y lo hacía con un montón de tipos cambiándose, en bolas, que por ahí se tocaban para hacerse ver”.

Los golpes bajos continúan en su relato, y dice: “Hubo discriminación en las bolsas, yo veía lo que ganaba una mujer y lo comparaba con los hombres y no lo podía creer. Yo ganaba por nocaut y el tipo por puntos, y además era un paquete, entonces preguntaba por qué me pagaban tan poco, y me respondían porque el boxeo femenino recién empieza y porque el boxeo es cosa de hombres. Me decían que hacía un trabajo de hombres. ¿Quién puede decir que es un trabajo de hombre y qué es un trabajo de mujer?”.

—¿Cambió algo?

—El 11 de mayo pasado cambiamos la historia con la pelea de la igualdad. Algún día, cuando pregunten quién fue la primera mujer que ganó una pelea a 12 rounds, van a decir que fue Alejandra Oliveras, “La Locomotora”, una argentina que luchó desde el principio hasta el final por la mujer, por su género, por el deporte, por la igualdad.

La discriminación por género es una constante en la carrera de Oliveras: “En amateur gané el campeonato argentino, para representar al país en el mundo, pero a la hora de llamar a las chicas para la Selección Argentina, a mi no me llamaron. Lloraba y llamaba a la FAB (Federación Argentina de Boxeo), le preguntaba por qué no me habían citado, si yo había ganado el campeonato argentino”.

—¿Qué te respondieron?   

—Que no les gustaba mi boxeo, decían que yo me transformaba en una carnicera cuando me subía al ring, que la mujer no tiene que pelear así. Imaginate lo que son estos tipos. Me provocó un dolor muy grande, esta gente te cambia el curso de tu vida, por qué un tipo con tanto poder y dinero te saca así, por qué tanta injusticia. Fue ahí cuando me dije que no iba a parar y ahí me hice profesional.

—¿Esa dirigencia cambió?

—No, son los mismos, encima estos desgraciados no se mueren más. Se ve que Dios no quiere llevarlos para que reciban el castigo en vida, de verdad yo pienso que todo lo malo que haces en la vida, lo pagas en esta misma vida. Por todo esto y más me fui de la FAB y desde hace un tiempo estoy en la WPC (World Pugilism Commission), una entidad que es paralela, que tiene la misma validez, pero es mejor, porque es una entidad donde no se filtra mi bolsa, la cobro yo directamente. En la WPC me dieron la posibilidad de pelear 12 rounds de tres minutos.

—¿Qué es lo peor del boxeo?

—Lo peor que tiene el boxeo es la prostitución de títulos mundiales. Si tenés buen culo, sos linda y andas con algún promotor o presidente de alguna entidad, te van a dar la oportunidad de algún título mundial. Me han pagado bolsas arriba de la cama de un hotel donde paraba el promotor, “Si queres cobrar venite al hotel, estoy en mi habitación”, me decían. Llegaba y la plata estaba arriba de la cama. Piensan que la mujer en el boxeo está para prostituirse. A esos tipos les tuve que decir que soy boxeadora, no puta, esta es mi profesión –dijo señalando el gimnasio a su espalda.

—¿Y lo bueno?

—Lo bueno del boxeo es el deporte en sí y el cariño de la gente, de las mujeres, todo un país me quiere, me respetan y valoran la lucha, y el amor de la gente que me conoce no tiene precio. El boxeo tapó todos mis dolores, las puñaladas de mi vida. Si no fuera por esta mafia que maneja el monopolio del boxeo todo sería muy bueno, cuando estos vieron una mujer que peleaba por la igualdad me quisieron borrar, y siendo campeona del mundo estuve dos años sin poder pelear, no querían que aparezca en la televisión porque yo pedía que paguen una bolsa digna. La FAB dio la orden de que yo no peleara nunca más.

Un maestro en el camino

“Llegué a Santa Fe en 2010, vine a una pelea donde mi rival no se presentó y justo le hacían un homenaje a Amílcar Brusa. Ahí lo conocí a Brusa y cuando le pregunté por el boxeo femenino me dijo que la mujer está para otra cosa, él tampoco creía en la mujer boxeadora, pero me dijo que me llegara hasta el gimnasio para ver cómo entrenaba. Llegué a su gimnasio, entrené y al tercer día me llama y me dice: ‘¿Vos queres ser campeona?’, ‘Sí’, le digo, ‘Yo te hago campeona, porque tenés las condiciones de un hombre, y en Estados Unidos, por tu boxeo, la vas a romper”.

—¿Qué sentiste cuando Brusa te dijo eso?

—Como que Dios te diga que sos la elegida. Yo le decía “Usted para mí es Dios”. Era una persona muy justa, muy buena, cuando un boxeador perdía una pelea él le daba plata para que no se fuera a la casa con las manos vacías y le pudiera dar de comer a sus hijos. Peleaba por la bolsa del boxeador, no te sacaba un peso y los entrenaba todos los días.

—Y te quedaste…

—Sí, me quedé, pero le dije que no tenía plata para quedarme, para vivir, para alquilar una casa. Yo tenía mis hijos en Córdoba. Me dijo que no me haga problema, “Te vas a quedar en mi casa, te voy a adoptar como a Monzón, pero vas a seguir mis reglas, a las 9 de la noche a dormir, a las 4 de la mañana a correr y a no faltar nunca al gimnasio”.

La emoción y admiración brotaba en cada palabra de la pupila recordando al maestro. “Ganamos nueve peleas y un título del mundo, fue la última pelea que hizo Brusa, porque al mes y medio murió de una neumonía a los 89 años. En mi brazo izquierdo tengo tatuado los laureles, en reconocimiento a Brusa, el mejor de todos. Al lado del tatuaje de mi mamá”.

—¿Tu futuro?

—Ahora quiero formar campeonas y campeones del mundo en Santo Tomé y Santa Fe, porque en esta tierra están los campeones, esta es la gente que yo quiero y elegí para vivir, siento que todas estas personas son mi familia, me siento muy querida por esta ciudad y por esta provincia.

—¿Te retiraste?

—No, si se presenta otra pelea voy a pelear por la bolsa, no solamente por la igualdad.

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