Las armas y yo

Cuando era chico mi abuelo era fiscal. Una madrugada, entraron unos tipos a la fiscalía, supuestamente, a robar unos expedientes. Se tirotearon con uno de mis tíos que también trabajaba ahí y con dos policías viejos, que custodiaban ese edificio en ruinas. Unos días después pude ver las marcas de los tiros en las paredes, una bala había atravesado una puerta y agujereado el respaldo de la silla del tata, bien en el centro. Después de eso le dieron una pistola, que nunca hubiera podido usar, estaba en un cajón y nos dejaba verla.

Un día de enero del 89 le dispararon en el pecho a mi primo mayor, cuando tenía trece años y estaba sentado en la vereda, en la puerta de su casa. La versión oficial fue que la policía perseguía unos delincuentes. Se salvó de milagro, años después se recibió de médico. Ese mismo día o el día siguiente fue el copamiento de La Tablada, mi papá, impactado, me contó su historia en el ERP.

Poco tiempo después de empezar la secundaria, me encontré con un ex compañero de la primaria y me mostró, orgulloso, las marcas de un balazo en la mano y otro en la pierna. Antes de despedirse me ofreció su ayuda si alguna vez tenía problemas con alguien.

Por ese tiempo más o menos, mi mencionado tío, me llevó a un tiro federal y me enseñó las cosas básicas del uso de una 9 milímetros. Me impresionó lo fácil que es hacer puntería en una silueta inmóvil.

Una vez me apuntaron con un 38 en Barranquitas, me pidieron plata, tenía dos pesos en el bolsillo, el ladrón no los quiso pero se llevó un gamulán que no era mío y todavía lo lamento. Mientras me lo desabrochaba lentamente, como esperando que algo cambiara de golpe, me avisó que si no me apuraba me iba a meter un tiro en la panza.

Antes o después de eso, fui a visitar a la mujer que me cuidaba cuando era chico, hacía poco que había enviudado, estaba sola y triste. En la puerta de su casa, vi, entre su basura apilada en el canastito, una Bersa calibre 22 y una caja con balas. Había sido de Tito, su marido, quien, antes de ser colectivero, había sido vigilante, hasta que lo echaron después de que le robaran el arma reglamentaria. Sabía que conservaba el silbato (por eso conocía la historia) pero no que tuviera una pistola. Me la guardé. Parecía de juguete.

Una vez la probé, en el patio de casa, una tarde que estaba solo. Fuera de eso, el único uso que tuvo no fue bélico sino artístico, cierta vez la presté para una instalación en una muestra y ahí estuvo expuesta, en una caja de vidrío junto a muchos otros objetos, entre los que creo recordar una muñeca de plástico sin cabeza. Una mañana escuché que el Renar compraba armas con o sin papeles. Vivía a pocas cuadras, en menos de quince minutos estaba frente a un mostrador de oficina, sacando la 22 del bolsillo, ofreciendo su empuñadura y viendo cómo le doblaban el caño para siempre. Salí despejado, con unos cuantos pesos y la alegría de llegar a fin de mes.

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