El opio de las aulas

El otro día bromeaba diciéndole a unos amigos que hubo una época en la que los profesores daban clases mirando a los estudiantes para preguntarles cosas y no al pizarrón para poder leer el Power Point. Esto sucedió después de un seminario de posgrado en el que me pasé cuatro horas escuchando a una persona leyendo diapositivas sin parar, con escasos comentarios que no agregaban demasiado.

Creo convencido que la tecnología puede potenciar las facultades cognitivas de docentes y estudiantes dentro del aula. Por lo tanto, el problema no es el Power Point en sí como herramienta. El problema son ciertos usos abusivos de la tecnología que pueden obstaculizar el desarrollo de dichas facultades. En principio, porque dificultan el diálogo, fundamento básico de cualquier relación pedagógica.

Por definición, en un vínculo pedagógico hay alguien (o algo) que supuestamente enseña y alguien que supuestamente aprende. En el medio hay de todo: la relación no es directa y pueden pasar cosas que impidan que uno enseñe u otro aprenda. O ambas. Pero desde ya que si no hay dos no hay relación pedagógica. O sea, el discurso imperante en un aula debe ser interrogativo. Debe interpelar al otro de manera crítica: debe plantear preguntas más que respuestas. Si no es así, ¿cómo pensamos? El docente debe exponer y explicar también, pero no solo eso. No se trata solo de presentar el mundo, se trata también de transformarlo. De otro modo, educar no tiene sentido.

Por ello, cuando el Power Point se transforma en un vómito de datos o información citada que el profesor se limita a leer, lo que prima no es la relación del docente con los estudiantes, sino del docente consigo mismo: el discurso es expositivo. Es un monólogo. Si a ello le sumamos el hecho de estar pendiente más del Power o de que no se apague el proyector que del auditorio, la pregunta que me surge es: ¿para quién es la clase? ¿A quién le está hablando? ¿A sí mismo? La clase se transformaría en una confirmación de la propia enciclopedia. Quien funciona así, ¿pone en riesgo en algún momento lo que sabe? Dudoso. ¿Será este el famoso “onanismo intelectual” del que tanto escuché en la facultad?

Y si como docentes no planteamos preguntas o dudas en los estudiantes, ¿por qué pretendemos que ellos motu proprio lo hagan? Si yo me paso cuatro horas escuchando a alguien que se supone con un saber y conocimientos mejores a los míos y que no hace una sola pregunta, ¿por qué voy a hacerla yo cuando esté en ese lugar? La pregunta que subyacería a este tipo de usos de la tecnología en el aula es: ¿qué tipo de enseñanza y de aprendizaje pregonan? ¿A qué enseña el Power Point? ¿Y qué se aprende con él? O, mejor, ¿a qué se aprende con él? ¿A repetir?

Como me interesa mucho más el aprendizaje que la enseñanza, me pregunto qué tipo de estudiantes se construyen a partir de estos usos tecnológicos dentro del aula. ¿Qué reacción del otro lado pueden generar predominantemente? ¿Qué prácticas se reproducen? ¿Qué tipos de lecturas? ¿Cómo estimula la producción de conocimientos?

No estoy muy seguro de las respuestas a esas preguntas, pero sí puedo sospechar, por el tipo de discursos que priman en estas placas digitales (expositivos y esquemáticos), que estimulan lecturas más de orden consumistas y, por lo tanto, los estudiantes se comportan como tales: consumidores, es decir, sujetos compulsivos. Obviamente no hay relación causal o determinante entre el uso de los Power Points y este tipo de prácticas por parte de los estudiantes. Pero sí me animaría a decir que su abuso genera condiciones que avalan más este tipo de estudiantes que otros. ¿Qué es un estudiante o lector consumista? Uno que traga sin masticar. El famoso “traga”. El que le saca fotos al Power Point. El que se queda con la imagen instantánea del resumen o apunte de otro. El que lee titulares y copetes y no entra a la nota para leerla completa. El que repite la palabra del otro de manera automática. Incluso, si le saca fotos a la pared, siquiera estimula el hacer apuntes propios.

Por otro lado, y no menos importante, estar sentado durante un lapso prolongado de tiempo frente a una persona que solo se dedica a leer una diapositiva, el pizarrón o un libro, es aburrido. Y donde uno se aburre es muy difícil que aprenda.

En conclusión, como me dijo un amigo: “Si el Power Point y el profesor dicen lo mismo, uno sobra”. La pregunta es cuál. Quiero creer que esa respuesta sí la sé. Pero tampoco estoy seguro.

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