A dos años de salir a la luz, Juana Molina vuelve a Santa Fe para presentar su último trabajo. Antes, dialogó con Pausa. La loopera, el no rock, su disco fundamental y más.

Por Pilmayquén Belgradi

Cuando hablamos de Juana Molina, excentricidad e innovación son palabras que, a grandes rasgos, definen su impronta artística.  Las bases de su proyecto sonoro están conformadas por el detallismo y la necesidad de reinventarse constantemente, lo que ha dado lugar a una sucesión de discos que han marcado un hito en la escena nacional e internacional. Juana, entre guitarras, looperas y un sinfín de texturas que caracterizan la sonoridad de sus composiciones, se ha consagrado como la artista de la escena local con mayor trascendencia internacional.

Halo (2017), otra de sus hazañas musicales, aún genera repercusiones a dos años de su lanzamiento. Y es que este set brinda una propuesta que coquetea con lo electrónico y se adentra en un universo de ritmos acústicos y percusivos, donde lo lírico acompaña a lo melódico y  en donde la voz es un instrumento más. De pulso acelerado e irregular que por momentos sorprende con pasajes instrumentales o armonías más bien sombrías, la obra de Juana Molina reúne una multiplicidad de elementos que la caratulan como una propuesta de una exquisitez única y particular.

–¿Construís tu música con una intención por detrás? Con esto me refiero a si existe un mensaje por detrás o el fin es simplemente compartir tu música.

–Sí, es más bien eso. Transmitir mi música al público. En realidad, ni siquiera es transmitir, sino que es hacer. Es hacer que luego se transmite. Pero el objetivo primordial es hacerlo, aunque eso después quede ahí para siempre metido en un disco rígido. Inclusive me pasa con canciones que no salieron nunca, que yo creo que ya están y ya existen, sin embargo están ahí guardadas hace años. Canciones recontra terminadas, ¿viste?, pero bueno… ahí quedaron.

–En algún momento  ¿Pensas publicar un disco con estas canciones, a modo de “Lado B”?

–No sé muy bien qué hacer con estas canciones. Están ahí y siempre terminan quedando fuera de todo lo que se hace.

–Entonces, tu intención es más musical y el contenido de las letras son solo un par de ideas acumuladas…

–Tampoco tan poco ¿eh? A mí me cuesta muchísimo hacer las letras, es un trabajo extra aparte del musical. En el caso del último disco, lo retrasó un año más, porque estaba en un mundo demasiado abstracto y me costaba muchísimo poder hacer que letra y música se encontraran. Me parecía que todas las letras eran invasivas. Siempre siento que las canciones están flotando en el cielo y que la letra las baja de un hondazo a la tierra y las encasilla. O sea, las pone en un lugar con mucha más precisión que cuando no tienen la letra. Eso puede ser bueno y malo. En cuanto a la libertad de la canción es malo, y en cuanto a lo que puede llegar a recibir la gente o alguien que lo escucha y le pasa algo con esa letra, en ese caso es mejor. Por esto, no es que son un par de ideas solamente. Lo más difícil es encontrarle algo a la canción, como para que yo sepa de qué va. Una vez que yo sé de qué va la canción, ahí es cuestión de ponerse a escribir. La cuestión es cuando el tema no aparece y nada le queda a la canción, y es como una cosa amorfa en cuanto al sentido intelectual de algo.

–Luego de haber publicado siete álbumes, en donde sólo el primero y el último fueron grabados en estudio, y de contar con más de 20 años de trayectoria, ¿Cómo es la relación con cada uno de ellos? ¿Crees que reflejan el camino recorrido?

–Definitivamente reflejan el camino recorrido. Eso es inexorable. Yo considero que mi hijo pródigo es Segundo (2000), porque ahí es cuando encontré mi propia voz, o que encontré mi manera de hacer las cosas. Ya había esbozado muchos años antes, pero no me parecía la manera. Me parecía que lo que yo hacía no tenía la forma que tenía que tener y, de lo que no me di cuenta, es que esa era la gracia. Ese disco surge de una primera pincelada, es como una pintura. Donde salieron canciones completamente fuera de cualquier registro, completamente atemporales. Es el caso de “Medlong”, que es un tema que no lo podes poner en ninguno de mis discos o en todos si querés. A mí me parece que es, por lejos, el más experimental. Fue el primer disco que hice sin pensar, y eso ya cambia todo.

–Compartiste escenario y te codeaste con personalidades como Damon Albarn, David Byrne y sin ir más lejos, el año pasado teloneaste el show de Depeche Mode ¿Cómo viviste esta experiencia?

–Son cosas que nos pasan a algunos músicos que no tenemos mucha relevancia mundial. Como que las cosas que te definen es con quien estuviste. Eso ya te da una chapa que, aparentemente, sola no puedo sacar. Igual, siempre es muy halagüeño que venga alguien que vos admiras y que te de su reconocimiento, como fue el caso de Damon Albarn. El caso de David Byrne más, porque me llevó de gira con él 6 semanas y eso fue muy importante, además que conocí su comportamiento como compañero. Él tiene una generosidad poco vista.

–¿Cómo fue la recepción de tu música fuera del país? En Japón, por ejemplo.

–Es que ahí fue que empezó todo. Ahí fue que comencé a trabajar. No sé por qué fue en Japón, pero todo comenzó ahí. Ahí es cuando entre a un sello inglés –Dominó Records– gracias a un músico del mismo sello que me había escuchado y mostró mi material. Después de eso, me empecé a mover en circuitos internacionales con gran naturalidad y, obviamente, con las dificultades de estar del otro lado del mundo. La distancia es la primera de las dificultades que existieron siempre.

–¿Cómo fueron tus primeros años en el ambiente de la música, siendo una de las pocas mujeres que hacia rock?

–Es que justamente lo que yo hago no es rock. Yo llegaba con ese set tan particular, que luego se divulgó, se puso de moda y ahora no hay nadie que no tenga una loopera. Pero, en ese momento que nadie tenía loopera, yo llegaba a cualquier escenario y, cuando estaba probando sonido, me decían “eso está mal”. En festivales, si yo tenía 40 minutos para probar sonido, era media hora discutiendo con la gente de sonido.

–Además, siendo mujer y  con este set tan particular, habrá sido algo complejo estar dando órdenes y explicándote…

–Yo nunca tuve el problema de sentirme que yo era mujer. No digo que no haya existido la misoginia o un montón de problemas, pero yo no los padecí. En todo caso, yo nunca sentí que haya sido por eso. Quizás ahora me doy cuenta de que era porque eran unos machistas o lo que sea. Pero yo nunca lo viví así. Lo vivía como algo personal que yo tenía que resolver con esa gente.

–En relación a las mujeres artistas que han comenzado a “copar” los diferentes espacios culturales en el país, ¿Crees que en estos últimos años, tienen una mayor presencia  sobre el escenario?

–Sí, muchísimo. En el mundo, no sólo en Argentina. Desde hace bastante que las mujeres han comenzado a visualizarse mucho más.

Juana Molina se presenta el próximo viernes 12 de Julio a las 21:00, en Tribus Club de Arte República de Siria 3572.

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