Cuando uno no consigue una cierta empatía (destreza básica de la comunicación interpersonal) con su interlocutor/a suele recurrir a dialogar sobre el tiempo. No me refiero al abordaje filosófico del tiempo como devenir intuido, el principio del Yo igual a Yo; la pura autoconciencia. Ni tampoco a esa cronología vana de medidas regulares o fuerza incontrastable del existir, como diría mi amigo polaco. No, eso no se puede hablar con nadie, salvo que abone una suma determinada una vez por semana y que se lo cubra la obra social en el mejor de los casos.

Cuando uno no sabe de qué hablar termina hablando del tiempo. Uno se encuentra con un desconocido y le dice “Que frío, ¿no?”. Y remata la charla diciendo: “El tiempo está cada vez más raro”.

Nos escudamos en lo más banal para evitar otros temas. Lo mismo sucede, si queremos eludir los comentarios de un conductor de transporte público sobre la Selección de Fútbol Femenino. Antes que desate el improperio preferimos profundizar relatos sobre las temperaturas y la ola polar, la humedad y los días que no vemos el sol. Lo hermoso de ver nieve en lugares donde no debe nevar, lo insólito de ver a gente cagándose de frio para tirarse bolas de nieve, y encima soportar que digan sonrientes que es un regalo de Dios. Todo regalo de Dios se recibe sonriente. 

De manera desafortunada, en estos días el mal tiempo es tema. La ropa así lo evidencia. Sin embargo, yo podría iniciar esta columna con una mirada casi mística diciéndoles que en cada uno de nosotros está escrita la razón de nuestros actos; un código que contiene la esencia de nuestro destino; ese código tiene, a mi juicio, el cariz de un descubrimiento o de varios. En este último tiempo descubrí que la locura con el paso del  tiempo se convierte en coherencia y que los porrones no se frizan y que de ninguna manera se puede hacer dieta en invierno.

Usted estará pensando en este preciso momento que yo me estoy alimentando con un pionono relleno de ácido lisérgico y que me fumé un gorila por el orto. Pero no, lamentablemente no. Mi única intención es encontrar algún pensamiento para alcanzar cierta paz interior luego de escuchar tantos discursos litúrgicos, tanta caradurez, tantos sermones disfrazados de argumentos.

Como dijo un viejo sabio “Creer ciegamente en los libros antiguos es amar demasiado viejos errores”. Se aproxima el invierno, para algunos la mejor estación del año. Para qué voy a tener frío si no tengo campera.

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