Yo estuve presa en un lugar donde había 15 pibas de los montos, 15 del PRT y nosotras, del OCPO, éramos tres. Esto, hasta el momento en que la mayoría fue trasladada a Buenos Aires, en septiembre del 76. A partir de ahí, caía cualquiera: madres que habían ido a preguntar por sus hijes, hermanas que nada que ver. Como decíamos “el nivel político” bajó drásticamente, y yo, de ser un perejil, pasé a ser, diríamos, como una referente, porque, frente a la avalancha de presas políticas sin militancia alguna, conocía por lo menos el funcionamiento de las orgas tal como nos habíamos organizado en los meses que llevaba allá adentro, hasta el traslado.

Había amistad y respeto entre nosotras. Sin dudas, con las chicas del PRT, con quien compartíamos una visión, diríamos de izquierda marxista, respecto de las cosas. En cambio, con las pibas montos, pasaban cosas, a veces raras. Una vez, caminando con Diana por el corredor, veníamos de hacer gimnasia, de pronto me dice: “Turca, ya no somos enemigos”. Esa frase me pegó: “¿Cómo, fuimos enemigos hasta ahora?”. Compartíamos básicamente todas las actividades ahí adentro. Yo daba clases de casi cualquier cosa y ella iba: literatura, marxismo, hasta di clases de francés, del que sólo sabía los colores, suponete.  Y ella y yo, las dos estudiantes de Letras, nos reíamos por las mismas cosas, hablábamos de escritores y obras, inclusive me enseñó, dos días, porque yo era muy tronco, a tocar la guitarra. Y viene y me dice eso y agrega: “Es que la conducción reivindica el marxismo, ahora”, dice.

Otra monto era Silvia. Hacía teatro, era alegre y movediza, pese a que el marido le había dicho al hijo de ambos que ella estaba muerta. En una conversación, me dice que ella nunca había sido peronista, pero que, en un momento de su vida vio claramente que ella estaba “En la vereda de enfrente”. Vi, decía, con claridad meridiana, que yo estaba en un lado, y el pueblo, en otra.

A mí ese relato no me hizo ni fu ni fa. Entré a la universidad siendo de la “izquierda marxista”, estudié Marx, leí a Lenin y al librito rojo de Mao, no era peronista, aunque sí tenía amigues que lo eran, pero nada de ver al pueblo en otra vereda ni nada de eso.

El momento fue cuando lo vi a Néstor ordenar que descuelguen el cuadro de Videla. Éste fue un acontecimiento tremendo para mí. Nadie me lo contó, no fue un relato sobre veredas. Hasta ese día, yo suponía que los gobiernos burgueses que se sucedían, tenían todos esa cosa de obedecer las órdenes del imperio, como decíamos. Ninguno se había propuesto como alternativa; y ahora veía a un tipo, un presidente argentino, realizar un gesto inédito en la historia. Esto, más el elevar el tema de los juicios a los dictadores y los derechos humanos en general, a política de Estado, fue algo que yo tenía que reunir con mis propias ideas, ideítas, que había sostenido toda mi vida.

Así que, pensé, es posible la voluntad política independiente, aunque sea en parte. Así que esto es también el peronismo, ese lobo negro de la historia argentina. 

¿Y cómo comprender que Menem también era peronista? That is the question. 

Como sea, fueron los doce años más felices de mi vida, en relación con la política. El ser humano es un animal político, dice Hannah Arendt, que traduce de este modo una frase de Aristóteles que siempre había sido leída de otro modo, como “animal social”. El ser humano, por vivir en la polis y contribuir, de un modo u otro, a la gestión de la ciudad en que vive, está atañido directamente con lo político y la política, lo sepa o no lo sepa. Ésa es la razón de la meritocracia neoliberal: que nos olvidemos que formamos parte de un grupo, de una comunidad, afectada por nosotres tanto como somos afectades por el conjunto. Ellos nos quieren aislados y solos para poder abusar mejor de nosotres.

Yo, como marxista, y a la luz de las ideas leninistas plasmadas en Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, soy kirchnerista. Y por eso ese domingo fue tan feliz.

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