Una crónica desde Paraná sobre cómo se vivieron los 15 días de paro de colectivos. Olores, calidad del servicio, precios, piernas torneadas, nalgas turgentes, bicicletas oxidadas, fulbito en la peatonal y más. 

Por Belisario Ruiz

Viajar en colectivo en Paraná nunca fue fácil pero a partir de 2018 todo empeoró. Se otorga una nueva concesión a una UTE (unión transitoria de empresas) que son Ersa + Mariano Moreno, las mismas empresas de antes pero unidas. No cambió nada sólo los recorridos, lo cual produjo tres efectos: la necesidad de hacer combinaciones, garitas donde no para ningún colectivo pero que son muy útiles para cubrirse de la lluvia o el sol y la falta de garitas y señalización en las paradas de los nuevos recorridos. Para este segundo caso, la Municipalidad implementó (en algunas zonas) una ingeniosa y austera solución: una señalética estilo “hip-hop”, grafiteada en el pavimento.

Otro efecto de los cambios de recorrido es el de las frecuencias (tiempo que separa la partida de una unidad de la llegada de la otra). Desde la concesionaria  se habían prometido frecuencias de 15 minutos pero nunca se cumplieron, incluso en algunas zonas de la ciudad las demoras eran de hasta 90 minutos. Si calculamos 2 viajes por día, 5 días a la semana, nos da un total de 15 horas a la semana, y 66 horas al mes que un trabajador utiliza para esperar el colectivo, y a eso hay que sumarle el tiempo que pasamos en el colectivo, lo que nos da casi el equivalente a un trabajo de medio tiempo o cursar dos materias en la universidad. Pero seamos conservadores y calculemos la mitad de espera más el tiempo de viaje en 35 horas mensuales. Da más de una hora por día que le podríamos dedicar al deporte y transformarnos en un Adonis o simplemente no hacer nada y ser felices.

Ah, la App que te indica cuándo viene el cole, no anda.

Una vez arriba del colectivo está el tema del estado de las unidades, mecánico, edilicio e higiénico. Pero no nos pongamos exquisitos, si la mecánica nos permite llegar donde vamos qué vamos a decir del estado de los asientos y otros detalles en lo que se fijan los que no tienen problemas. Pero la higiene es  más difícil de ignorar, he llegado a pensar en comprarme un mameluco, un overall para ponerme antes de subir y quitarme al bajar. Y está el tema de los olores también, ¿A quién pertenece el olor del colectivo: es de los pasajeros, del colectivero, del propio colectivo? ¿Es el todo que muchas veces supera la suma de las partes? Y a veces las partes no están limpias porque la jornada laboral es larga, muy larga. Si cuando te subís a un cole en Paraná, no sentís una especie de “trompadita” que te arruga la nariz, el del olor sos vos.

Por suerte, el 5 de agosto esto cambió… para peor. Como vienen siendo los cambios en este país desde hace un tiempo. Porque cuando uno mezcla empresarios inescrupulosos con un estado ausente el resultado es un coctel explosivo que salpica a los trabajadores. UN PARO TOTAL de colectivos por 15, sí, 15 días con sus respectivas noches que se suman a los paros de abril y julio. Un paro que se levantó anteayer y que mantuvo inmovilizada a Paraná que recuperó el ritmo en el tránsito de una ciudad que conocí de niño. Se ve menos gente en la calle, sobre todo en el centro. Parece ficción, como si Thanos hubiese eliminado parte de la población paranaense con el Guante del Infinito. Si hasta daban ganas de jugar un picadito en la peatonal armando una cancha que vaya desde el local que está vacío hasta el que tiene el cartel de “Liquidación por cierre”. “No importa lo mal que estén las cosas, siempre pueden empeorar” resume bastante la gestión Cambiemos en Paraná.

El conflicto arranca en 2019 con la quita del subsidio al transporte por parte de Nación que luego propone que si la provincia se hace cargo del 50% de los subsidios, ellos ponen un 17% quedando un 33% que debía pasar a tarifa. El aumento salió por decreto del ejecutivo municipal pero algunos dijeron que el decreto es nulo, que rige, que no rige, se analiza su legalidad, aparece publicado pero no se implementa, y qué se yo qué idas y vueltas. Finalmente el intendente Sergio Varisco manda un proyecto de ordenanza al Concejo Deliberante que es aprobado. Empieza a regir la tarifa de $22,80, sin ningún tipo de mejora en el servicio, por supuesto. Cuando la tarifa se implementa, la UTE aduce que por la inflación y la suba en los combustibles el aumento es insuficiente y presenta proyecto preventivo de crisis porque, entre otras cosas, quería echar gente, pero es rechazado por la Secretaría de Trabajo. La UTE para mostrar que está en crisis decide no pagar junio, julio ni aguinaldo y los trabajadores deciden el paro. Durante el paro pasan las PASO, se dispara el dólar, los choferes instalaron una carpa en la plaza 1° de mayo pero lo mejor de todo es que el colectivo aumentó a $30, mientras no había colectivos. Lo que se podría definir como un aumento invisible en el país del crecimiento invisible. Y para colmo sale el presidente diciendo que es culpa nuestra por votar mal, por creer que podíamos ir a trabajar en cole.

Los paranaenses rápidamente nos dimos cuenta de que el conflicto no se iba a resolver fácilmente. Eso nos dejaba cinco opciones: no ir a trabajar que es la más linda pero menos redituable. Caminar, que nos cobra en tiempo pero nos paga en salud. Compartir autos o remises. Viajar en tren, cuyos destinos son muy restringidos y por supuesto no da abasto. Y la bicicleta. De golpe te das cuenta que esa KARINA color rosa y óxido que antaño fue de la tía Norma, con las ruedas desinfladas y resecas, las llantas torcidas y con una familia de arañas viviendo en el piñón, que eso es tu único medio de llegar al trabajo, que la necesitas. Y Paraná no es como santa fe, plano. En Paraná necesitas una bicicleta con 235 cambios para no llegar acalambrado entero. Con esa bici que ya ni veías cuando mirabas por la ventana del patio, llegás al trabajo pero llegás más transpirado que mula en aeropuerto porque aunque esté fresco la humedad es altísima, siempre. También está el hecho de andar en bici por barrios complicados en horarios donde todavía es de noche pero no me quiero extender y que ustedes piensen que me gusta quejarme.

Y como a todo hay que verle la cara positiva, porque si sucede conviene y toda esa gilada, les cuento que lo bueno es que el conflicto ya se resolvió y que a los paranaenses nadie nos podrá quitar las piernas torneadas, los glúteos turgentes y la salud cardiovascular que conseguimos en estos días de caminata. Lo malo es que el conflicto se resolvió con un adelanto de subsidio de la provincia. O sea que le están prestando plata quien sabe a qué tasa de interés a una empresa dice que “el servicio es inviable” y que parece que en septiembre no va a poder pagar agosto.

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