A una semana de las elecciones, un análisis sobre qué dejaron los dos debates de los candidatos a presidente. Chicanas, una discusión pública muy corrida a la derecha y un 11 de diciembre que vendrá con una oposición furiosa, tras la primera derrota pacífica y en democracia de un modelo colonial de ajuste.

Que tienen que haber mayores cruces, que tienen que presentarse más propuestas. Que los conductores eran todos oficialistas o casi. Que al primero se lo llevó Fernández y que en el segundo Macri se recuperó. Que el orden de las intervenciones afecta el producto (y mucho). Que Espert es el que ganó porque maneja los ritmos televisivos, que Del Caño tiene mayor experiencia de discusión y picoteó bien. Que la preparación previa es fundamental. Que la política se ha vuelto un espectáculo, que ese espectáculo es soso, sin gusto a nada. Que Macri tenía un auricular, que Fernández movía el dedito y golpeaba la mesa. Que al menos uno debió realizarse antes de las primarias. Que no sirven.

Un debate tiene ganadores y perdedores, tenemos miles de años dedicados al estudio de la retórica para intentar comprender cómo funciona la esgrima de las ideas. También sabemos que las cosas se miran con el lente que cada uno posee. Seguro que no deben faltar quienes crean que Gómez Centurión o Lavagna hicieron una buena performance. Esos son casos para ir al oculista.

Con canchera entonación, tampoco faltan quienes desprecian estas instancias públicas. Son preciosas, por más horrenda que sea su organización y estructura. Son imprescindibles, por más que no vuelquen en mayor medida las preferencias electorales, si bien podría ser de otro modo. Afortunadamente, la política va más allá de los publicistas de los medios y de las campañas.

No hay otro punto de encuentro en el espacio y el tiempo que convoque a quienes encarnan los proyectos de las principales fuerzas políticas nacionales. Ese valor alcanza y justifica los dos shows domingueros. La audiencia, el país, se quedó pegada al televisor para ver los lances en el Paraninfo santafesino y la Facultad de Derecho de la UBA. Son los argentinos en sus hogares quienes le dieron jerarquía a estos dos debates y al de 2015, que fue punto de partida de la estrategia de Fernández en nuestra ciudad. Acaso a los comentaristas les decepcionó lo ocurrido, a los profanos pudo aburrirles hondo, nada quita que en general se valore cómo la discusión pública ha ganado más palabras. Más palabras, más densidad, más consistencia.

Sea por morbo, por interés genuino o por simulada responsabilidad, la ciudadanía le dio importancia a los dos eventos. Vale la alegría.

Corrido a la derecha

La clave entonces es observar la discusión global, en sus límites, sus temas, su peso y su tono, lo que vuelve pueril la medición de los resultados como si lo sucedido fuera una competencia deportiva.

Y esos límites nos marcan cuán profundo es el corrimiento a la derecha del debate político argentino.

La convivencia con cavernarios es un destino que se afronta desde la niñez, que sus gruñidos lleguen a un atril es otra cosa. La moral matanegro pasó de cierta vergonzosa conversación privada al estallido público con los linchamientos para llegar finalmente al palacio de la mano de la doctrina Chocobar. En estos dos debates hubo demasiadas rancias exposiciones de clasismo conservador, de denigración de la pobreza y de las personas que la sufren, del trabajo, de los trabajadores y de sus organizaciones, de las mujeres y sus derechos, de cualquier cosa que no sea un blanco varón adulto bigotudo y, en lo posible, milico. Gómez Centurión, Espert y Macri se alternaron en estas posiciones, los dos primeros fueron los más radicalizados por antipolíticos, el presidente supo canalizar ese odio con más exactitud, acotando al antiperonismo. Una borgiana frase lo revela

Y una alusión al horizonte histórico extraviado por la anomalía peronista lo remarca

Poco importa que las cartas estén echadas de cara al 27 de octubre, las discusiones después seguirán siendo las mismas, en los mismos términos. El gobierno de Fernández y toda la sociedad va a convivir con cavernarios y macristas enfervorizados en las calles, por más que el futuro presidente quiera presentarse más allá de la grieta.

Esas son las claves de los últimos dos domingos y de lo que puede venir a partir del 10 de diciembre. En el día a día vivimos la política de formas cada vez más drásticas porque los conflictos que tiene que tramitar la democracia son cada vez más dramáticos –y lo serán mucho más, a medida que se degrade el planeta– y porque las condiciones estructurales de la discusión pública van tomando ese cariz. El electorado se grita sin riesgos en las pantallas y se alimenta y aliena con sus pares, el reducido mundo que el algoritmo de las redes ofrece a cada fragmento y preferencia. Esas pantallas forman parte de la realidad. El macrismo ayer aplaudió a Gendarmería tras el acto del Obelisco.

A toda chicana

Muy poca propuesta puede sacarse de lo debatido en las últimas dos semanas, mayor sustancia tuvo el arsenal de chicanas revoleadas por los candidatos. De cara a futuro, hubo mucha precisión en cosas irrelevantes o muy específicas y demasiada generalidad en los temas cruciales. Vamos a construir viviendas. Bárbaro. Dos millones de puestos de trabajo. Wow. Chau coparticipación. ¿Cómo?

A trazo grueso, la respuesta al cómo estuvo ausente en los grandes temas y su formulación como pregunta resultó redundante en las pequeñas cosas.

Entonces, quedaron los estiletazos. En ese punto, todos tuvieron sus puntos destacados, hasta Roberto Lavagna tiró alguna, como cuando aludió a Micky Pichetto.

Los otros candidatos se mostraron más feroces. Esas mordidas y los reflejos rápidos fueron lo más destacado. En la primera ronda Fernández estuvo mejor, en la segunda Macri lució más firme. Espert y Gómez Centurión repartieron más o menos por igual, destacándose la mofa del SíSePuede Argentinian Tour 2019.

Sin dejar de criticar al kirchnerismo, Del Caño obró más en favor de Fernández en la UBA por apuntar sus mejores dardos a Macri.

En el mano a mano, Macri pegó más y más duro que el domingo pasado…

…y Fernández devolvió las suyas, pero no agarró al presidente con la guardia baja como en Santa Fe.


Para cerrar, vamos a citar dos tuits sobre Gómez Centurión, que todavía no tuvo su espacio


Elegimos esas porque el nacionalismo católico, el conservadurismo hispanista, las tinieblas de la historia argentina ahora se presentan como incorrección cool, con influencers y youtubers propios.

El 27

Vamos a las urnas. Por primera vez en la historia de la democracia, un ciclo de ajuste, un modelo colonial de extracción financiera de la riqueza no termina por guerra e implosión (1982-83) o por estallido y muerte en las calles (1989-2001). La democracia argentina, por puro empuje, organización y contención de sus movimientos sociales, ordenando desde abajo, está logrando una salida pacífica, sin la sangre que está corriendo hoy en Ecuador o Chile, cuya valiente sacrificio no implica victoria.

Estas dos semanas de debate no hablan ya de este 27 de octubre que se acerca. Hablan del día después y, sobre todo, de las características de la oposición que se avecina. Esa, la que aplaude a la Gendarmería.

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