Inquietud en el relleno sanitario por las condiciones de trabajo de los recicladores

Foto: Asociación Civil Dignidad y Vida Sana.

Las familias que se dedican al reciclado en el relleno sanitario cobran un jornal aproximado de 350 pesos diarios, pero desde el jueves tienen la maquinaria rota y casi no pueden trabajar. Desde la Municipalidad no les ofrecen soluciones. No cuentan con ropa de trabajo ni transporte hasta el lejano predio.

A mediados de la década del 90 se los conocía como el «sindicato de los cirujas». Lo cierto es que son recicladores urbanos, cumplen un función ambiental básica e ineludible en cualquier ciudad que se precie de ser moderna y se organizan con personería jurídica propia en la Asociación Civil Dignidad y Vida Sana. En Santa Fe, iniciaron su trabajo en el relleno sanitario de Callejón El Sable, detrás del Jardín Botánico. Hoy tienen su planta en el predio a la vera del río Salado. Allí trabajan pasando la basura por un cinta transportadora y haciendo la selección para el reciclado. Pero esta tarea ecológica fundamental se realiza en condiciones de explotación inhumanas, que se agravaron en los últimos días.

El jueves pasado se rompió la cinta que eleva la basura desde la planta baja al primer piso, donde se realizan las tareas de selección para reciclado. Esa cinta elevadora es necesaria para separar el vuelco de basura de las personas que trabajan y para llevar los residuos a una cinta transportadora desde donde los trabajadores extraen los restos reciclables y los dejan caer hacia contenedores en la plata baja.

Los trabajadores apuntan a la Municipalidad. «Ellos están debiendo una cinta anterior que compraron. Desde el jueves pasado, que se rompió la cinta, estamos trabajando como cuando estábamos en Los Caniles», dice Maricel Ortega, Tesorera de la Asociación. Los Caniles era el viejo volcadero municipal, donde la basura simplemente se tiraba y los recicladores se volcaban a caminar sobre ella.

La situación hace que los recicladores vean muy menguada su productividad, que ya de por sí no rinde demasiado dinero. Trabajan 61 familias en el galpón donde se vuelca la basura, provenientes de los barrios del noroeste, de Coronel Dorrego y también de Santo Tomé. «Por día se gana 200 a 250 pesos, trabajando. Trabajando bien, con la cinta en funcionamiento. Pero además siempre es pésima la basura que llega. No llega nada dividido. Llegan pañales, escombros, las cosas de los perros. La gente no solamente no separa, sino que los días que tiene para separar saca todo afuera, no solamente lo que tiene que sacar», cuenta Ortega.

Según cuenta la Tesorera, para el funcionamiento de toda la planta, la Municipalidad otorga un subsidio a Dignidad y Vida Sana que es equivalente al salario de dos funcionarios municipales de mediana jerarquía. «La Municipalidad nos da un subsidio de 182 mil pesos. Eso se reparte entre todos y nos da 2800 pesos a cada uno y con el resto que nos queda pagamos un seguro para cada uno de nosotros. Eso por ahora se sigue otorgando, este mes no sabemos qué va a pasar, porque dicen que no hay plata».

En suma, cada familia dedicada al reciclado junta con suerte un jornal diario de 350 pesos. Y además tienen que soportar falsas promesas. Para el Día la Madre, «ofrecieron que a 35 personas de la Asociación nos iban a dar cinco mil pesos. Nosotros entre todos decidimos que se iba a repartir entre todos iguales. Ahora nos dijeron que no, que tampoco nos iban a dar».

Esa promesa incumplida y la rotura de la cinta elevadora caldearon los ánimos entre los recicladores, a los que no se les provee ningún tipo de ropa de trabajo o transporte para llegar al predio. Cabe recordar que son seres humanos que pasan una jornada laboral completa en la basura, que en su mayoría son pobres y que tienen que atravesar dos veces cada día, como pueden y arriesgando su vida, una autopista que no tiene cruces para peatones a la altura del relleno sanitario.

«El único que nos dio borcegos, porque ellos renuevan y porque han visto cómo trabajamos una vez que fuimos a dar una charla, es la empresa Purina. Fuimos a dar una charla una vez y contamos la situación, y como ellos todos los años renuevan el calzado, nos donan el calzado que no usan más a nosotros», cuenta Ortega.

 

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