Un mano a mano inédito con Alberto Fernández, en 2017, prefigura mucho de lo que se puede esperar del candidato que es ficha puesta para las presidenciales del 27 de octubre. Qué dice sobre el peronismo y la conformación de un frente. Qué dice de CFK. Cómo recuerda a Néstor Kirchner. Cómo se negocia la deuda, y más. 

A casi dos semanas de las primarias de octubre, en default desde marzo de 2018 pero declarado hace algunas semanas y con algunas de las variables estampadas contra el cielo pero “controladas”, ya hay quienes –salvando lo que se pueda de la peor gestión desde el retorno de la democracia, por ser benignos- hablan del mérito del gobierno de “no suicidarse” para descartar helicópteros y otras salidas simbólicamente fuleras y llegar a un traspaso del que nadie –ni Macri y su bizarra caravana de despedida- tiene la menor duda. Con el presidente asegurando que para estar mejor había que estar peor y psicopateando a los indecisos (exactamente igual que en 2015 pero con cuatro años de devastación social y económica a la vista de todes) y las primeras operaciones y pistas sobre el gabinete de Alberto Fernández, se escribe nota sobre lo que realmente importa desde hace rato: cómo se conduce la enorme diversidad de un Frente que ha centrifugado casi todo lo disponible por fuera de Cambiemos y la izquierda trotskista y acaba de incorporar a un fenómeno como Florencio Randazzo. La clave no es un secreto para nadie, la clave es Alberto, el mismo que concediera la entrevista inédita que reproducimos en esta nota y el que cambió para seguir siendo el mismo.

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Hace poco más de dos años accedíamos a una nota extensa y exclusiva con el hoy candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, quien funge como presidente en ciernes mientras Macri recorre el país prometiendo al voleo con la misma irresponsabilidad conque lo hizo hasta ahora, revelando que lo suyo es estar en campaña permanente, lejos del “novedoso modelo de gestión de derecha que había llegado para quedarse” preconizado por José Natanson, Reynaldo Sietecase, Martín Rodríguez y otras plumas ocurrentes y reflexivas por el estilo. En esa nota se habló del peronismo entre otros temas, ese rompedero de cabezas para intelectuales y periodistas argentinos y extranjeros, que suele correr permanentemente el arco a los analistas académicos, pues se muestra y reinventa en acto, tornando relativo todo marco teórico y haciendo mucho más interesante analizar no qué es sino cómo funciona.

Primero fue la pregunta sobre las posibilidades de una coalición frentista capaz de incluir a todo el peronismo posible y otras expresiones por derecha e izquierda:

–Una coalición frentista que sea capaz de conjurar la mayor cantidad de las variables hoy existentes del peronismo, ¿debería evitar el uso sectorial del legado de Perón? ¿Debería tal vez encontrar un núcleo de coincidencias básicas, cantar una que sepamos todos y animarse a una transversalidad importante que incluya opciones por fuera, no peronistas, como la del 45, o la del 2003? ¿Te imaginás eso? ¿Cuál sería la amplitud, quiénes los protagonistas de ese frentismo posible hoy?

El Alberto de marzo de 2017, que por entonces discutía estos temas acaloradamente con Sergio Massa, decía exactamente esto:

–Hay dos problemas para la transversalidad del presente, primero que hace falta un liderazgo muy fuerte. Perón generaba esa convocatoria donde metía a radicales como Quijano, socialistas, conservadores, tipos como Solano Lima y aún más a la derecha. Pero él era Perón, eso que nace uno por siglo si nace. El gran problema que tiene hoy el peronismo cuando convoca es que fagocita a sus invitados. Yo quiero hacer un acuerdo con vos, firmamos un acuerdo y vos sos del Partido Verde. Pero al tercer día te exijo que te hagas peronista con liturgia y todo y si no la vas a pasar mal. El peronismo tiene esa lógica de atrapar a todos y uniformarlos en su propia estructura y eso conspira contra cualquier intento de apertura para un movimiento histórico más amplio.

Definiciones claves que representan a un Alberto que resiste archivos incluso de la época en la que no hablaba con Cristina y la criticaba sin dejar de reconocer que “Cristina hoy es la dirigente política más importante de la Argentina, le guste o no le guste a quien sea. Vapuleada por los medios, perseguida por los jueces, cuestionada por mucha gente y aun así sigue arrastrando 30 o 35 puntos de intención de voto solita. Con toda la estructura del peronismo mirándola de reojo. Negar eso es una zoncera de las peores”.

Hoy es el candidato de un Frente que tiene a casi todo el peronismo adentro y distintas expresiones menores de izquierda, centro y derecha (el que reclamó la mismísima Cristina en el cierre del Foro de CLACSO a fines del año pasado y generara tantas urticarias), que garantiza a cada paso que con el peronismo como espina dorsal se respetará la independencia y representación de todos y cada uno de los adherentes y que se imagina no un acuerdo de coyuntura antimacrista sino una experiencia movimientista capaz de perdurar. Ese líder potente y capaz de sostener algo enorme, capaz de revertir el ciclo de devastación de Cambiemos y que cruja sin romperse hoy debe ser él, por ocurrencia de Cristina y porque supo adquirir un perfil lo suficientemente alto y a salvo de cualquier eclipse, del que muchos dudaban inicialmente.

Por maledicente y rebuscado que parezca el revoleo de archivos de la corpo mediática –que sigue aguantando los trapos del macrismo hasta que cambie el color de la pauta– el paso a paso de la consolidación actual de Alberto no es mucho más que una confirmación de sus convicciones políticas de siempre Sobre las inconveniencias del personalismo exacerbado o autócrata, en la entrevista que traemos a colación en esta nota Alberto decía: “El tema es que no existan liderazgos personales tan fuertes, cuando los liderazgos personalistas no imperan las construcciones son más colectivas y saludables que personales. Eso hay que trabajarlo en el presente y para el futuro”.

Pues bien, ese futuro es hoy, como es indiscutible que hoy carga con la doble condición de candidato que diseña y anuncia un combo de medidas reparadoras, múltiples y racionales y cuasi presidente que ya negocia con los poderes que nos prestan el país para vivir como argentinos las condiciones para asegurar la gobernabilidad del primer tramo de gestión.

El gran problema que tiene hoy el peronismo cuando convoca es que fagocita a sus invitados. Yo quiero hacer un acuerdo con vos, firmamos un acuerdo y vos sos del Partido Verde. Pero al tercer día te exijo que te hagas peronista con liturgia y todo y si no la vas a pasar mal. El peronismo tiene esa lógica de atrapar a todos y uniformarlos en su propia estructura y eso conspira contra cualquier intento de apertura para un movimiento histórico más amplio.

Alberto admira profundamente a Néstor Kirchner, no es ninguna novedad, lo dice a cada paso y exhibe una condición de la que el pingüino fundacional hizo gala en campaña y en el ejercicio del poder, pero que genera muchas dudas en el trotskismo racional y el kichnerismo de paladar negro; ese que se referencia más en Cristina y se emociona posteando frases y videos del que “descolgando un cuadro” formó a miles, pero no lo ha relevado sinceramente (porque lo dicho: no es leer sino observar cómo funciona). Néstor tenía la costumbre de –ante problemas claves de la gestión- consultar opiniones diversas, muy diversas. Escuchaba a todos y luego tomaba decisiones cuyos soportes más potentes eran exigir mayores esfuerzos a los más ricos, beneficiar a los que menos tienen y hacer uso de un poderoso sentido común. El plan que arrimó Carlos Melconián fue más una operación que otra cosa, pero lo de Martín Redrado es una realidad consistente.

Insert y flash back

Corte al 24 de enero de 2010; última nota televisiva de Néstor Kirchner en el 678 conducido por María Julia Oliván. Barone le reprocha el nombramiento de Redrado como director del Banco Central, a lo que Néstor contesta: “en ese momento estábamos renegociando la deuda privada, tratando de hacer una quita histórica de 70.000 millones de dólares, Barone… ¿a quién querés que ponga? ¿A Kunkel? Veníamos de un default que nos había cerrado las puertas del mundo financiero y ya a mí los sectores concentrados me miraban con desconfianza. Por eso fue Redrado”. Pero el que decía qué hacer y cómo ejecutarlo (incluso proveyendo los argumentos) no eran ni Redrado, ni Guillermo Nielsen, ni Roberto Lavagna. Era Néstor.

Prueba al canto y a la mano. Cuando le pido anécdotas inéditas o muy representativas de Néstor Kirchner, Alberto desgrana una de las tres que iba a relatar con detalle y admiración: “Si vos querés que te resuma en una anécdota como aplicaba el sentido común en la economía te cuento cuando Lavagna vino con la propuesta para salir del conflicto con los holdouts, para pagarles y salir de dafault en que estábamos. El que le exigió una quita del 75% fue Néstor y Lavagna con Guillermo Nielsen (que es un gran amigo mío), sentados en Olivos frente a una gran pantalla, se daba vuelta sobre mí y me decía ‘Lo que está pidiendo Kirchner es imposible, decíselo’. ¡¿Pero qué le ibas a decir a un tipo emperrado en sacarles el 75%, que tal como quiso los mandó a pelear con un escarbadientes y lo consiguieron?! A partir de ahí la Argentina se niveló porque una deuda que representaba el 150% del PBI pasó a representar el 57%, fue mucho más manejable. Cuando Lavagna le dijo abiertamente ‘Mirá Néstor, no sé si va a ser posible una quita de esta naturaleza’, Néstor le contestaba muy brutalmente ‘Mirá, vos explicales que a los muertos no les va a cobrar nadie, así que es mejor que nos dejen sobrevivir que algo van a cobrar’. Esto que parecía un discurso muy chabacano terminó siendo muy lógico y el que hizo un trabajo enorme con ese discurso fue Guillermo Nielsen, que era el que tenía que dar la cara ante los acreedores para traducirles eso, y salió muy bien”.

El candidato es Alberto

En síntesis, lo escribí y lo dije en Radio Nacional en plena década ganada pero no gustó. Vamos de nuevo. En tiempos de intensidad progresista, cuando se suponía que el kirchnerismo era una etapa superior del peronismo con todo el derecho de tirar al partido, a los intendentes y gobernadores (porque Unidos y Organizados era como Los Sin Tierra) y a los Moyano por el volquete del pasado, escribíamos que no era prudente ni conveniente angostar la base de sustentación de un proyecto político que –encima– desafiaba poderes superiores y se proponía una gran transformación. Que había que cortarla con el etapismo y las elucubraciones sesudas de la batalla cultural (que por supuesto existía y existe), que el problema no era tener a Gerardo Martínez, Daniel Funes de Rioja, Jorge Alemán y Hebe de Bonafini en el mismo proyecto político sino quién lo conduce, si ése que lo conduce sabe adónde quiere ir y cuándo y cómo va a requerir de cada uno para lograr lo que se propone.

Hace pocos días, en el 124 aniversario del natalicio de Juan Domingo Perón, Alberto eligió la sede del PJ para recibir las conclusiones de sus equipos técnicos y decir “no quiero un partido que duerma mientras yo gobierne”. Y el archivo una vez más le hace honor a quien admite que Perón y cualquiera que tenga una trayectoria extensa tiene derecho a cambiar de opinión e incluso a tener contradicciones. Lejos de Cristina y de los compromisos asumidos por estos días, se imponía una pregunta acerca de un escenario perfectamente posible por entonces:

–Hagamos futurología, supongamos que Cristina revalida su potencia electoral como cabeza de lista en la boleta de senadores de la provincia de Buenos Aires. Tal vez esté contestado de antemano pero ¿tiene derecho a reclamar que el peronismo (y con él por supuesto el partido) se encolumne tras de ella y hacer uso de su parte de la sucesión no hecha?

–Yo creo que el peronismo tiene que debatir lo que es, insisto en este punto. No podemos seguir aceptando la lógica del verticalismo o el oportunismo que habilita que el que gana tiene derecho a someter a todos a su lógica. Yo quisiera que en el futuro haya un candidato o candidata a presidente del peronismo que gane y garantice la institucionalización del rol del partido en la democracia, aún para frenar al presidente cuando el presidente se extralimita o desvía.

Él puede garantizar esto, pero el que tiene que aportarle más y mejores ideas y contarle las costillas cuando detecte olvidos o agachadas es el partido; si su conducción se llena de alcahuetes y “sialbertistas” (algo que suele sobrar en los alrededores de cualquier liderazgo, incluso en la caída) no habrá mucho que hacer, será lo mismo de casi siempre, la dinámica y la soledad de la primera magistratura rara vez le permiten a quien conduce todo el andamiaje ser su propio control de gestión.

De todas maneras, uno de los mejores alumnos de Néstor Kirchner sabe que opera sobre tierra prácticamente arrasada y cuenta con la complicidad de los propios y la tolerancia de quienes –aún prefiriendo a Macri o a cualquiera de la Alianza Neoliberal que representa sus intereses, pero no sirve para gobernar- entienden claramente la gravedad del momento actual. Corte de nuevo, pero esta vez a su departamento en Puerto Madero, Dylan se echa frente a la guitarra firmada por Litto Nebbia, ya sobre el cierre de las dos horas y media de nota Alberto se entusiasma y cuenta otra jugosa anécdota sobre el “modo Néstor” de resolver conflictos complejos. “Tengo una del Kirchner pragmático que también era imponente” dice y recuerda: “El otro día recordábamos una anécdota con Ginés, a propósito de un conflicto salarial con los médicos del Hospital Garraham. Ellos querían un aumento y Néstor se había juntado con los de ATE, con Pablo Micheli, que lo había convencido de que era una locura no aumentarles, que era un hospital pediátrico y los chicos estaban por encima de todo, que los médicos que estaban en ATE, lo había sensibilizado mucho. Entonces Néstor le pregunta: ‘¿De cuántos médicos estamos hablando?’, ‘300’, responde Micheli. Se da vuelta y dice ‘Tanto quilombo por 300 médicos, ¿me están jodiendo?’. Entonces lo llama a Ginés y le dice ‘Vos me estás haciendo tener un quilombo bárbaro con ATE por 300 tipos, ¿por qué no le damos el aumento?’. Ginés se planta y le contesta que no se los dábamos porque no les correspondía y que si se los dábamos íbamos a tener el verdadero quilombo pues 19.000 médicos más iban a venir con el mismo reclamo. Entonces Néstor se recalienta y levanta la voz para decirle que él, Ginés, estaba con los gordos y quería joder a ATE, que por eso rompía las pelotas. Ginés lo corta diciéndole que no le iba a permitir semejante acusación y le dio una explicación muy sensata de porqué no correspondía ese aumento, muy entendible además en términos fiscales. ‘Es un delirio si concedés eso’, le dice, ‘el día que se los des van a venir todos a pedir lo que no tenemos cómo pagar’, se lo explicó hasta en cifras, con detalle. Kirchner se quedó callado un momento y, nunca me olvido, llamó a su secretario y le dijo ‘Ubicalo a Micheli’. El secretario le acerca el teléfono, Néstor lo agarra y sin preámbulo le dice ‘Pablo, andate a la puta que te parió, ¡no tenés una mierda en el Garraham!’. Corta y le dice parco a Ginés: ‘¿Ahora estamos bien?’. Espectacular, eso era Kirchner, un tipo que sabía imponer, pero también escuchar y equilibrarlo todo”.

No podemos seguir aceptando la lógica del verticalismo o el oportunismo que habilita que el que gana tiene derecho a someter a todos a su lógica. Yo quisiera que en el futuro haya un candidato o candidata a presidente del peronismo que gane y garantice la institucionalización del rol del partido en la democracia, aún para frenar al presidente cuando el presidente se extralimita o desvía.

Alberto toma todo lo que se comprometa con su liderazgo y se deje conducir sin importar los casi 20 puntos de diferencia con Macri ni la cantidad de votos que arrimen. Quiere a todo el peronismo adentro, incluso al inconducible –para Cristina– de Randazzo, un extraño peronista que si no se le aseguran puestos expectables (ejecutivos casi exclusivamente) se retira del juego y en sus caprichos protagónicos no tiene un gran aprecio por el clásico apotegma de “primero la patria, después el movimiento y por último los hombres”. Puede que otro trato –el de Alberto– colabore a reconducirlo como cuadro orgánico del Frente de Todos y veamos al Randazzo que entusiasmó al kirchnerismo antes de la jugada (otra e incomprendida) de Cristina de cerrar la fórmula y ofrecerle la provincia de Buenos Aires. Por lo pronto se muestra igual a sí mismo, acaba de llegar, puso el cuerpo en un acto y ya pide lugares en la Aduana y la AFIP.

–¿Cómo ves la integración de nombres y estructuras que fueron descartados o relegados en el segundo tramo de Cristina?

–Yo soy de los que creen que no podemos seguir regalándole al gobierno de Macri organizaciones y compañeros, dándoles la ventaja de nuestras divisiones internas.

Lo dijo y lo dice, lo pensaba y lo piensa. Así como pasea a Dylan igual que siempre, mientras evalúa las dudas y chicanas de quienes nunca entendieron al peronismo cabalmente, ni lo quieren por su conformación policlasista (o lo que es lo mismo por evitar la lucha de clases como dinámica de transformación revolucionaria).

Insert para el debate

John William Cooke en Apuntes para la militancia observa que el movimiento debe ser policlasista en su composición para evitar el aislamiento de la clase trabajadora, pero no en su ideología y sus acciones concretas, que siempre deben considerar el bienestar del sujeto social peronista por excelencia.

Alberto no utiliza los términos revolución –digamos que tampoco Jorge Alemán, lamentando su falta de espesor y vigencia– o emancipación para definir su horizonte utópico, pero tiene claro adónde situarse: “Yo soy de los que piensan que la política es, básicamente, el arte de administrar la realidad; y esto es lo que hace cada uno, los conservadores la miran y no la cambian, los revolucionarios enfrentan la realidad que quieren cambiar y tiran casi todo lo disponible por la ventana, los reformistas la cambian utilizando los elementos con los que cuentan y con las reglas establecidas. Pero todos operan sobre la realidad, con los elementos disponibles en la realidad, cuando dejás de ver la realidad dejás de hacer política… Harás otra cosa, pero política no harás”.

Lo leyó, lo militó desde los 14 años en la UES Lealtad y como funcionario de dos gobiernos hegemonizados por el peronismo en su juventud y adultez, lo analizó desde el llano y por eso lo afirma con aplomo, sin dudar. Alberto es peronista, invita sin obligar ni someter y es genuinamente frentista. Mientras diciembre se acerca con una parsimonia exasperante, Juntos por el Cambio cumple casi cuatro años en campaña permanente y todes barajan gabinetes y medidas probables, él sabe que el desafío es tan enorme como sus convicciones. Lo que viene es transformar la realidad traccionando la gran heterogeneidad del Frente de Todos y –más que poner el ojo el prontuario de tal o cual o en la aparente contradicción de algunos planteos– la clave es Alberto. Confiar en Alberto, acompañarlo, incluso defenderlo o como él mismo pide, prepararse para corregirlo –o enfrentarlo como ya preconizan algunos movimientos sociales identificados con la izquierda trotskista– cuando la misma realidad que pretende cambiar lo aparte de sus promesas de campaña o su capacidad de conducción sea incapaz de conjurar las disidencias internas.

La pregunta de salida en aquella nota no buscaba el título ni mucho menos, era simplemente una pregunta abierta para un dirigente que entendía la potencia de Cristina pero aún no se había reconciliado con ella. Pero contesta el principal cuestionamiento a su perfil y mejora todas las que ensayó desde que Cristina lo ungió como candidato a presidente:

–¿Y si Cristina te llamara?

–No tengo ningún problema en hablar con ella, pero hablar, no para obedecerle. Son dos cosas completamente distintas. Yo ya no obedezco a nadie, yo hago lo que yo creo.

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