Desde los años en la B, cantando sobre los tablones, a la primera y más. La historia de un colonista que, también, es la de todos los colonistas.

Cuando era chico mis deseos llegaban hasta la tabla de posiciones. Soñaba con verlo a Colón  entre los primeros puestos en las últimas fechas, me ilusionaba con poder llegar con chances de subir a Primera una o dos fechas antes de que termine el torneo. Y cuando se acercaban esos partidos me tenía que conformar con que entre al octogonal, si es que entraba.

Ese torneo reducido estaba hecho para sufrir, cuando me ilusionaba con verlo en la final siempre se cruzaba un Lanús, Chaco For Ever, Banfield, Mandiyú, Belgrano o Central Córdoba de Rosario. No había tele, sólo era cuestión de entregarse al relato de Porta y de imaginarme que estábamos cerca del gol. Después llegó Walter Saavedra y me hizo explotar el corazón, en las buenas y en las malas también.

En los ochenta jugaba en el patio, solo, hacía rebotar la pelota en la pared, cabeceaba y gritaba el gol. Lo relataba y siempre era igual, “desborda el “Negro” López, manda el centro, cabezazo, Parodi, goool, goool, goool de Colón, Waltergol Parodiii”. Sí, el “Negro” Héctor López, el “Caña” Belén, “Frutilla” Carmona, “Caroso” Mir y algunos más fueron parte de mis ilusiones, de mis juegos imaginarios de un relato de radio, de mis sueños con regresos a Primera.

Para mí la palabra Primera aludía a un vocablo que descubrí en la escuela secundaria: utopía.  Mis recuerdos del Sabalero en Primera son muy borrosos, y en esas imágenes en blanco y negro aparece un Colón – River de fines de los setenta, con un chori en el entretiempo en la vieja tribuna redonda, la de madera, obvio.

Colón, mi infancia, adolescencia y parte de mi juventud fue el ascenso, fútbol áspero, defensores pesados, ex jugadores de Primera que venían a tirar sus últimos cartuchos a la B, canchas con grandes manchones de tierra, barro para regalar en días lluviosos y mucho conurbano bonaerense.

Colón, a través de los periodistas de la radio, me enseñó que Buenos Aires es una ciudad enorme y el Gran Buenos Aires es un conjunto de ciudades que están separadas por avenidas en muy mal estado. Aprendí que en La Matanza convive Almirante Brown con Laferrere, que Tigre es el capo de la zona norte, que el oeste es de Morón y que ese sur del conurbano es Lomas de Zamora que siempre acompañará a Los Andes, es Talleres y su Remedios de Escalada, El Porvenir de Gerli, el Arsenal de los Grondona y Sarandí, es el andar Gasolero en Temperley, es Banfield, Lanús y los andenes del tren Roca.

Colón, como ese tren del Roca que nace y muere en Constitución, me surcó todo, me marcó para toda la vida, me metió en un vagón de ilusiones que me trajo hasta Asunción. Pasé por el 89, me la banqué de pie, masticando bronca en plena adolescencia; vendí una bicicleta y viajé a Chaco, vendí no se qué cosa, me ayudó mi tía y me subí al colectivo que sacaba el Beto Pecorari para abrazarme a la angustia del Chateau. La Ruta 19, la negrada movilizada como nunca antes en la historia, Adolfino Cañete, los penales, los paraguayos y la reputa madre que los parió. Todo eso fue mi pesadilla durante dos años, pero llegó “Chupete” Marini en Tucumán y descubrí que otra vez me podía ilusionar. Y hubo un 95 eterno con ese 3 a 1 a San Martín de Tucumán.

Y hubo un día que volvió el fútbol de Primera División, un lunes a la noche contra Deportivo Español. Llegué temprano, todavía se jugaba la Reserva, la cancha ya era otra, aunque era la misma con maderas en Rodríguez Peña, pero era otra, no sé cómo explicarlo, sería mi ansiedad o mis ganas de verla de otra manera porque estábamos en la misma categoría que el Boca de Maradona o el River de Francescoli.

Y un día lo vi volver a Diego en la Bombonera, justo contra Colón. Lo vi a Charly cantar, a Diego abrazarse en vivo y en directo con las pequeñas Dalma y Gianina, sentí que el mito de la Bombonera era real, que se movía de verdad. Ese día bajé los escalones enfurecido, podríamos haber empatado, pero nos robaron el partido sobre la hora. Yo esa tarde noche estuve ahí, el mismo día que Toresani se le plantó a D10S, y eternizó la esquina porteña de Segurola y Habana.

Colón superó la prueba de fuego y se quedó en Primera. La página negra de la historia sabalera ya estaba enterrada, de repente la negrada ya estaba en Chile, jugando por primera vez en su historia un partido internacional por los puntos, por la vieja Copa Conmebol. Había que pellizcarse, había que gritar fuerte ese gol del Loco Gorostidi en el estadio Nacional, había que estremecer la cordillera. Subcampeonato, mano a mano con Independiente y llegó la Libertadores. Todo era fantasía y realidad. Y después hubo más copas, hubo Libertadores y Sudamericanas. Los clásicos ganados, muchos, el 4 a 0 y se fueron, el “No se olviden de Agoglia”, Migliónico sobre la hora, el estadio nuevo, los goles del Bichi, la estabilidad absoluta en Primera, la Copa América 2011 y nuevamente la noche.

Del club modelo al club fundido. Lerche, el vaciamiento, los socios y su pueblada, el Loco Osella y el descenso en Rosario. La vuelta fue rapidísima y la consagración de Alario también.

Y un día volvió el Bicho Godano vestido de presidente, ese gringo que mi tío tanto defendía diciendo que tenía un huevo rojo y el otro negro. Treinta años más tarde, afuera de la cancha, apagando incendios, me demostró que mi tío tenía razón. Godano habrá sido un “5” muy limitado, pero quién duda de su hombría sabalera.

Godano para mí es el símbolo de una época de mierda, y al mismo tiempo de mi marcación a fuego de estos colores. Desde hace varios días extraño mucho a mi tío, su seriedad, su cara de culo, sus cigarrillos negros marca Imparciales, su vaso de agua natural, su diario El Litoral en la punta de la mesa y su Colón que le brotaba por cada poro de su piel.

Me cago en la muerte y en ese destino que no se puede esquivar. Hoy, después de tantos años de imaginar cómo serían los días previos a una final, quiero llamarlo a mi tío Gringo y contarle que hubo gente que se vacunó por todos lados, que hubo días de colas para tener la entrada en la mano, que vendieron cualquier cosa para viajar, que fueron 39.226 sabaleros y sabaleras que hicieron estallar las aduanas paraguayas, que en Asunción no alcanzó para hospedar a tanta gente, que provocamos el máximo éxodo internacional de una hinchada de fútbol, que los diarios guaraníes sólo hablaban de la fiesta sabalera, que no se podía estar de tanta ansiedad, que en Santa Fe no se habló de otra cosa más que del partido del 9 de noviembre, que una Pulga nos hizo picar de felicidad y de tristeza, que la palabra más escuchada durante un mes fue Paraguay.

Viste tío, pensamos tanto ese día, lo soñamos tanto, y ahora que ya pasó, sólo me queda por decirte que la estrella podrá seguir esperando y que nadie, nadie, podrá olvidar que desatamos la tormenta de pasión más grande de Sudamérica.

Te vi en esos globos que se arremolinaron en el cielo paraguayo, sé que te fuiste por barrio Obrero empapado de orgullo, con la satisfacción de saber que el amor por estos colores supera cualquier ensayo sociológico. Gracias tío por bajar, que esos globos rojos y negros te lleven bien alto, tanto como este nuevo hito del pueblo sabalero.

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