La imaginación al poder

Foto: Mauricio Centurión

“Decir, como intuyó Parménides, es decir lo que no es”.
Steiner, G. “La poesía del pensamiento”.

Empecé por tener una danza de ideas –si la palabra no es un atrevimiento– sueltas. Mazza me manda un texto de Vila-Matas sobre una antología de Wilcock que menciona a escritores felices. Habíamos hablado por teléfono de un libro que tiene pensado, donde incluiría el término “escribiente” como una forma de suavizar, quizá irónicamente, la cuestión “escritor”.

Por otra parte yo había escrito algo sobre los finales felices de las películas, a propósito de Tarantino. Nada, una tontería, sólo que me di cuenta de que por algo mi libro preferido, si tengo alguno, es el Tristram Shandy, libro de la felicidad y de la risa casi por definición. A su vez, Sterne amaba el Quijote.

“Sustituir, dice Wilcock, a las horribles (por incomprensibles o intolerantes) personas que componen la vida literaria por seres imaginados, comprensibles y comprensivos, y por lo tanto agradables, es un privilegio sólo de los grandes autores felices, tan distintos de los mediocres que sufren casi como si no fueran escritores, obligados a reproducir defectuosamente a los seres que ya conocen. La clave para vivir mejor estaría pues en la alegría de la escritura cuando ésta va a ligada al ejercicio de la libertad, o a esa variante de la libertad que Cervantes descubrió en la locura”. Vila-Matas, El delito de escribir.

De aquí a la cuestión de la imaginación hubo un solo paso, como quien dice.

El concepto más cercano a mí es el de “imaginario”, parte de los tres registros de Lacan, que hace nudo borromeo, perdón a los psicoanalistas por mencionar sin saber mucho del tema, con los conceptos de simbólico y real.

“… ese ‘cierre’ precario de la significación cuyo emergente superficial es el significante, se opera sólo gracias a que éste es soportado –en última instancia– por el registro imaginario, que define su destino para fijar un significado. En esa imbricación reside la eficacia de la representación que es, desde el vamos, una presencia no plenificada pero cuyos vacíos son “compensados”, “completados”, decimos nosotros, por la imaginación». Muñoz, Carina, Notas sobre el valor semiótico de la imaginación.

A su vez, este tema martillea sobre la cuestión de la incompletud que la imaginación sutura: recuerdo entonces un texto de Steiner sobre Wittgenstein y Heráclito en La poesía del pensamiento que dice: “Ambos pensadores no dejan ni un instante de ser conscientes de lo que hay más allá de la expresión verbal racional, de las afirmaciones del misticismo y del silencio, que a un tiempo revocan y validan la legitimidad de la palabra. El autor del Tractatus, no menos que Heráclito, desconfiaba… de la completitud sistemática”.

Entonces Carina explica que el significado no se produce con una relación uno a uno entre las palabras y las cosas (entre lo simbólico y lo real) porque esa relación es “imaginada”. “…la imaginación no sólo no es lo otro de la significación, sino su condición de posibilidad”.

Todo esto sólo para decir que el discurso macrista, psicópata, según Jorge Aleman en El discurso de #Macri es el discurso del #psicópata (porque niega y tergiversa lo que percibimos por experiencia propia, porque pone a la víctima en el lugar del culpable, porque se desentiende de toda responsabilidad de sus actos, porque dice “es por tu bien” cuando lastima y destruye, y con esto, confunde todo el tiempo) opera en los sujetos cuando éstos, impedidos inevitablemente de atar las palabras y las cosas, declinan cerrar el significado de ese discurso porque se da lugar al dispositivo que Carina Muñoz designa como imaginación. Lo dice así: “La semiosis y en ella, la imaginación, es el lugar por donde y desde donde el sujeto establece relaciones y produce su propio relato” (Muñoz, Carina. Notas sobre el valor semiótico de la imaginación). Un relato en donde los millonarios viven nuestra vida, que tiene, aunque sólo se trate de un 30%, un tenaz abrochamiento en la conciencia de tantos, sin residuo.

Y se aglomeran en torno de una alegría chillona, fingida y enferma, con globos y bailecitos, que no se opone a la decisión de vivir en una base militar que los prevenga de eventuales excesos del pueblo ofendido y humillado.

Lo que vendrá no está pensado para que este descalabro se dé vuelta 180 grados, puesto que no se propone una decisiva distribución de la riqueza. Pero tenemos derecho a la celebración del fin de lo que para tantos es una pesadilla, para poner, en su lugar, alegrías como poder darle comida nutritiva a nuestros hijos todos los días, poder comprar medicamentos, salir a la calle sin temer la represión. Quizá se trate de alegrías mínimas para algunos, pero, sin dudas, harto significativas para tantos.

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